Los Mayores Cuentan

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Farmacia. Relato de Mª Luisa Illobre

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Eran las nueve de la mañana y Pilar levantó la persiana de su farmacia. Entró Rufina.

—Buenos días, prenda. Veo que trae usted una bolsa.

—Pues mira, hija, ha venido mi prima de Tolouse y me ha traído la revista SEMANA en la que se dice que la baba de caracol es lo definitivo para las arrugas. Así que he ido al prado del Demetrio y he cogido todos estos.

—Pero Rufina, hay casos y quizá en el suyo es un poco tarde para esto.

—Oye, niña, no me vas a llamar vieja, en tal caso llámaselo a tu abuela.

Salió de la farmacia enfadadísima.

Se abrió la puerta y entró Pedro, que era un muchacho macizo del pueblo.

—Oye, “pibe,” que me han salido muchos granos en la cara. Presiento que el de la tasca nos da por copas cualquier matarratas que tiene.

—No te preocupes, que eso que te pasa es acné, que se les quita a la mayoría de los chicos. Date esta pomada al acostarte y verás como se te va curando.

—¿Y si no me acuesto?

Como no quedaba nadie, Pilar entró en la rebotica. Tenía que preparar lo de Emiliano como todos los días. Era un hombre maduro que a diario pasaba a por la fórmula que Pilar le preparaba y que le mantenía lozano a pesar de sus ochenta. Pero sonó el teléfono. Era su pareja.

—Oye, cariño, cuando cierres paso a por ti y damos un paseo hasta el jardín de la duquesa, que he descubierto unos rincones increíbles… Tengo muchas ganas de estar contigo.

—Mira, no puedo porque Emiliano tiene visita y no puede recoger ahora lo suyo. Vendrá tarde, cuando se vaya la visita.

A los diez minutos entra una señora de buen porte con un niño de cinco o seis años.

—Buenos días, dígame.

—Pues mire, vengo a la farmacia porque el niño no obra.

—¿Qué no qué?

—Mire, que el niño no caga.

—¡Ah! ¿Pero desde hace muchos días?

—Pues mire, calculo que tres o cuatro.

—Pero bueno, usted no sabe si va al baño o no…

—Mire, yo le veo salir de allí muy muy rojo, pero ya sabe usted… Los niños son así. Cuentan, cuando no tienen que contar.

Pilar fue a la estantería y volvió con una cajita.

—Mire, son unas canuletas que al cuarto de hora de ponerse una, le hará efecto.

El niño no perdía detalle de la conversación.

—Mamá, ¿pero que dice esta mujer?, ¿que me vas a meter esto por el culo? Vamos, que ni de coña me pones eso a mí…

Salieron sin nada.

Eran las nueve. Pilar se quitó la bata, bajó la persiana y echó el cierre. Hacía una noche fabulosa. Corría un vientecillo delicioso. El cielo estaba cuajado de estrellas y comenzó a andar poco a poco. ¿Y si seguía andando hasta su casa? Así lo hizo, pensando que se merecía el paseo después del día tonto que había tenido.

1 Comentario

  1. Qué relato tan divertido, ¡me ha encantado!

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