Los Mayores Cuentan

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¡Qué ocurrencia! Relato de Rocío Urraca

¡Qué ocurrencia! Relato de Rocío Urraca

Recuerdo sonriendo aquella Nochebuena en casa.

Lucía, mi sobrina de tres años, miraba pensativa el nacimiento del mueble bajo, antes de la cena.

Doce figuras de porcelana de una conocida marca valenciana quedaban expuestas a su altura. Decidida, se acercó al portal y cogió al Niño Jesús.

Mi madre sudaba al pensar que si se le cayera, perdería una pieza descatalogada; pero también temblaba pensando que, consecuentemente, la niña podría hacerse daño, cambiando risas por llantos.

Todos, expectantes, esperábamos ver qué hacía con el Niño.

Mi padre le preguntó: «¿Dónde vas con la figurita? Sujétala bien. Que no se te caiga».

Ella se volvió hacia él y respondió: «Voy a buscar algo al costurero de la abuela».

Nos descuadró. Nos miramos extrañados cuando Lucía dijo en voz alta: «Yo, hay una cosa que no entiendo. Todos los mayores llevan ropa… y al Niño, ¿lo tienen desnudo?»

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Navidad. Relato de Rosario Badillo

Navidad. Relato de Rosario Badillo

La cena de Navidad es una tradición preciosa. Desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi madre preparándola un poco agobiada, a mi hermana mayor ayudándola, a mí queriendo tocarlo todo y comiéndome las típicas peladillas, me riñen y yo enfadada, a mi padre gruñendo, mi hermano de 18 años no ha llegado todavía.

 

Ha pasado el tiempo, ahora soy yo quien está preparando la cena para mi marido, mis dos hijas, un vecino muy mayor que vive solo y un matrimonio amigo con dos hijos de la edad de las mías que viven en Londres. Nos traen una caja de mantecados, champán sin alcohol para poder beber todos, mi marido poniendo en el equipo de música el Mesías de Handel, es una costumbre todos los años. Los niños están tocando las figuritas del belén, se pelean por coger cada uno un rey mago para decirles los juguetes de la carta que han escrito, pero solo son tres y los niños, cuatro. Por fin les han convencido para que se los roten. Cantamos villancicos y nos damos los regalos del amigo invisible, al que jugamos todos los años. Lo pasamos muy bien, somos felices.

 

Uy, me he dormido un poco; pero aquí no hay nadie, todo está vacío… Bueno, está la soledad.

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Clara, entre luces y sombras. Relato de Genoveva Esso

Clara, entre luces y sombras. Relato de Genoveva Esso

La familia Paradiz vive en Villanueva de la Cañada, municipio donde está enclavado el parque acuático Aquópolis.  Allí Araceli, que es probadora de toboganes, ejerce su oficio. El padre, Damián, es sexador de pollos.  En la familia son cuatro, los padres y dos hijos, Herminio de veinte años y Eulalia de diecisiete. Tres de los abuelos murieron jóvenes y la abuela Clara, hace escasos meses, falleció a los noventa.

El día de Navidad de 2024 a mediodía, Araceli se dispone a poner la mesa, pero al entrar en el comedor, ve que ya está puesta y pregunta:

—¿Has puesto la mesa, Herminio?

—Yo no, habrá sido papá.

—No, yo tampoco. Habrá sido Eulalia que está en la cocina.

No hablaron más del asunto, y una hora más tarde se sentaron a almorzar. Antes de empezar con los aperitivos, miraron la silla vacía de Clara. La extrañaban tanto, que hacían como si ella estuviera, y siempre le ponían un cubierto. Tomaron de primero marisco y antes de terminarlo, el vaso de la abuela Clara comenzó a temblar.

—¡Papá!, ¿no ves cómo se mueve el vaso de la abuela?

—Sí, hija, será mi madre, que quiere celebrar la Navidad con nosotros.

Araceli, muy escéptica, dijo:

—¡Qué decís, Damián y Eulalia!, ¿cómo va a venir la abuela de la ultratumba?

—A lo que Herminio contestó:

—Ríete, mamá, pero la abuela Clara dijo antes de morir que volvería.

Todos querían que la abuela Clara volviera, pero Araceli, sabía que no podía ser. En el dintel de la puerta entre luces y sombras surgió una figura oscura. ¿Era Clara?

La familia emocionada se fundió en un abrazo interminable.

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Una bella ermita solitaria. Relato de IBARHER

Una bella ermita solitaria. Relato de IBARHER

En un valle escondido entre las montañas, había una bella ermita. Era un lugar de oración para los habitantes de la región en busca de protección.

Dicha ermita era un edificio sencillo con paredes de piedra y un techo de tejas. Tenía una sola nave y un ábside semicircular donde se encontraba el altar.

Un día una joven llamada Celia llegó al valle en busca de refugio; había vivido en la ciudad y se sentía abrumada por el estrés y la ansiedad, y al ver la ermita se sintió atraída por su paz y serenidad.

Celia se quedó en el valle varios días, ya que se sentía conectada con la naturaleza y la historia del lugar.

Una tarde mientras estaba ensimismada oyó una voz que decía: 

—¿Qué buscas tú aquí, joven?

—Paz y serenidad —dijo Celia.

—La paz y la serenidad que buscas están dentro de ti, la ermita es solo un lugar que te ayuda a encontrarla —replicó la voz.

Cuando Celia salió de la ermita se preguntó si había sido un sueño o una visión, pero sin duda había encontrado algo especial en la ermita que la acompañaría para siempre.

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Fantasmones. Relato de María Luisa Illobre

Fantasmones. Relato de María Luisa Illobre

En un pueblo remoto se contaban historias fantásticas, y los que más disfrutaban de ellas eran las personas de más edad. Por tanto, una vez que desaparecía el sol, de cada casita solían aparecer sillas, a la espera de que algún vecino contara lo que ocurrió hace siglos.

Según Faustino, en un invierno remoto los habitantes comenzaron a oír una especie de lamento que se escuchaba en la parte baja del pueblo y siempre solo cuando la luna estaba próxima a ir menguando.  Aquello se siguió oyendo durante más de veinte días.

—Por Dios, Faustino, cuenta algo que podamos creer.

—Yo cuento lo que todos escuchábamos, también el hijo del sacristán, y tanto es así que uno de aquellos días un grupo del camino de la explanada nos dirigimos hacia allí. Íbamos cargados de garrotas y con la camisa que no nos llegaba al cuerpo. Pero no pudimos llegar a la puerta del cementerio al descubrir un bulto oscuro que cimbreándose caminaba entre las lápidas.

—Eso era la Mariana, que estaba robando las flores para la tumba de su marido.

Un coro de tonterías surgió de la concurrencia, hasta que una voz chillona se dejó oír. Era la panadera del barrio, que, en lugar de estar amasando pan para el siguiente día, prefirió contar lo ocurrido a ella.

—Pues el pasado día de ánimas, en una de las hogazas apareció una especie de lagarto verde y bien asadito, acompañado de otro pequeñito.

Carcajada general de la concurrencia, menos de Basilia, que con los brazos en jarra fue hacia la panadera, que entonces sí salió pitando, aunque Basilia no hizo mucho por alcanzarla, ya que le había pagado con un duro falso de la época de la Reconquista.

Llegaron las doce y el reloj con sus tañidos animó a la concurrencia, hasta que se oyeron las voces de don Justo diciendo que ya estaba bien y que con los gritos no le dejaban terminar su rosario, y ya no sabía por qué misterio iba.