Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Cena de Nochebuena. Relato de Francisco Pérez

Cena de Nochebuena. Relato de Francisco Pérez

—Qué bien lo pasamos en la Cena de Nochebuena del año pasado, ¿verdad, Pepi?

—Y que lo digas, Alberto, mira que nos costó completar los doce que fuimos, sobre todo los viajeros que se quedaron tirados en el Ave y llegaron justitos. Yo me arreglé en la peluquería con tiempo y hasta me dieron mechas, había que estar guapa.  Empecé a servir los platos, de entrada, langostinos, y en esas que Conchita se arrancó a cantar ”Yo quiero ser marinero por la bahía” y todos saltaron a la vez: ”Pero mira cómo beben los peces en el río”.

—No os pongáis así —dijo Conchita—, yo vengo del Puerto de Santa María como los langostinos que habéis devorado.

Llegó el consomé con yema y como otros años, los primos Luis y Alfonso empezaron a nombrar los fichajes extranjeros que esta temporada habían hecho el Madrid y el Barsa, cómo se iban a comparar los unos y los otros, no había color, y el Rioja se reflejaba en sus carrillos. La cuñada Emilia invitó a todos a cantar “Hacia Belén va una burra, rin rin, yo me remendaba…” y volvió la concordia.

Fue cayendo el cordero como si tal cosa, esta familia tiene muy buen saque. Llegaron los postres, la compota de frutas de todos los años de la que el tío Elías siempre decía que le faltaba canela y que podía subir el azúcar, aunque rebañaba el bol.

Otros pasaban directamente al turrón y era el momento de cantar “El lobo qué gran turrón”, aunque el tío Aniceto mostraba su enojo con esa canción porque era un anuncio y proponía cantar “El tamborilero”. Pocos le siguieron porque había unas notas altas que algunos no alcanzarían.

La noche avanzaba, unos pidieron orujos y otras hierbas y otros Aquarius para bajar la cena. Hubo acuerdo total al terminar cantando todos a una “Noche de Paz”.

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Encarnita Polo. Artículo de Marisol García Alonso

Encarnita Polo. Artículo de Marisol García Alonso

A pesar de tener cumplidos muchos años, los amigos seguíamos llamándola con el diminutivo de Encarnita, debe de ser porque si la llamamos Encarna sería tener la sensación de no dirigirnos a ella.

Conoció la fama y los autógrafos en la década de los sesenta. Y lo disfrutaba. Pero cuando esa misma fama le da la espalda a Encarnita, su teléfono enmudece al mismo tiempo que su propia garganta.

Ya ningún contrato que leer y ningún sitio donde ir. Un Madrid que tanto le dio, un Madrid que también se lo quitaba. Entonces, Encarnita pensó que era el momento del traslado a otra ciudad. Y es cuando decides qué no te llevas en ese viaje, porque no te va a hacer falta a donde vas, pero lo que ella no olvidó fue meter la muerte en la maleta.

Cuando estaba a punto de sentarme a comer dieron la noticia de su asesinato por televisión. Enmudecí… al saber que no era por muerte natural, siendo lo único que esperas oír si la persona ya tiene más de ochenta años.

Y recordé al hombre del saco, que siendo muy pequeña los mayores nos metían miedo a los niños. Yo nunca llegué a verlo por las calles, aunque ahora sí están los asesinos y nada les identifica. Encarnita nunca podía imaginar que ese hombre del saco estaba en la habitación de al lado.

Tengo opinión sobre las residencias de mayores y es que nunca me han gustado, a pesar de que mi madre en una residencia encontrara a un novio que la quiso mucho y arriesgo a decir que con cierta locura de amor.

Otra observación de la residencias es que no existe tanta diferencia una de otra, pues suelen tener los mismos protocolos de convivencia y letreros anunciando las mismas normas. Lo que sí diferencio de manera abismal son estas dos historias de residencias, ya que mientras mi madre encontró a un hombre bueno dispuesto a darle cariño hasta el fin de sus días, a Encarnita el hombre del saco se la quitaba.

Veinticinco de noviembre – Día contra la violencia de género. Relato de Soledad del Yerro

Veinticinco de noviembre – Día contra la violencia de género. Relato de Soledad del Yerro

Tengo noventa y tres años, vivo en una tranquila Residencia donde me atienden y cuidan, y las visitas de familia y amigos no me faltan.

Me parece maravilloso estar escuchando en la radio y viendo en televisión las manifestaciones que hoy se están haciendo sobre esta lacra que aún persiste en el mundo.

Yo era una chica joven y bastante bonita, con las cualidades y defectos que todo ser humano lleva consigo. Procedía de una familia humilde, pero trabajadora; mis padres se llevaban maravillosamente y a mi hermana y a mí no nos faltó de nada.

Trabajé como secretaría en la Diputación Provincial ubicada en mi ciudad, y los sábados se celebraban conciertos en el salón de actos. Mi madre no se perdía ni uno, y allí conoció a un gran melómano hijo de un importante ingeniero, que físicamente y por su categoría social, le pareció sería un buen marido para alguna de sus hijas.

Él ya me conocía de vista, y la mejor forma de acercarse a mí fue la de conquistar primero a mi madre. Yo también caí pronto en sus redes, era encantador, generoso y cumplía todos lo cánones de la época.  Por un lado, me parecía imposible tenerlo tan pendiente de mí a todas horas, hasta que llegaba a sentirme acaparada.

Mi hermana y mis amigas decían: puede ser que te tenga un gran cariño, que seguro que con tu tranquila y dulce forma de ser te hayas hecho imprescindible para él. Tampoco debes dejar que por ello anule tu vida.

Nos casamos y lo primero que tuve que dejar fue mi trabajo, pues él había montado un gran negocio y necesitaba que yo estuviera al tanto de eso, y en mi primer embarazo me dejaron en casa o trabajando a sus órdenes. Tuvimos tres hijos y todo se hacía bajo su mando; fuera de casa era encantador, en los negocios un lince, pero el dinero estaba bajo su control.

Nunca me maltrató físicamente, pero psicológicamente terminé en unas condiciones muy tristes, sobre todo por mis hijos, que vivieron hasta su mayoría de edad sufriendo sus exigencias.

Por su afición a la música, todos los fines de semana cogía el coche y se desplazaba a Madrid, donde estoy segura de que le conocían en todas las casas de señoras de alterne.

Así que para mi fue una liberación la ley del divorcio. Con eso no quiero decir que no haya hombres, esposos y padres maravillosos.

Desde esta bonita habitación donde, tranquila, espero la última etapa de mi vida, a través de los cristales de mi ventana, divisando el paisaje de este día otoñal en el que el sol hace con su claridad que los marrones y verdes se confundan sin cesar, os deseo que desde la juventud sintáis respeto y amor por todos nuestros semejantes. La vida es muy corta, y trae más tristezas que alegrías, pero el amor todo lo puede.

Puede que sí, puede que no. Relato de Genoveva Esso

Puede que sí, puede que no. Relato de Genoveva Esso

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme vivía un matrimonio con dos hijos de doce años, gemelos idénticos, eran como dos gotas de agua.

El padre, al nacer, pintó una pequeña estrella azul con una tinta, que creía indeleble, en el brazo del niño al que llamó Darío, porque de recién nacidos no podía distinguirlos.

—Ves, María, así sabremos quién es quién.

—¡Has tenido una idea estupenda, José!

En un día muy caluroso de agosto, Manuel dijo a su hermano:

—Darío, ¡vamos al río!

Se dirigieron a un río cercano a su hogar, de aguas cristalinas y turbulentas.  Se tiraron al agua y nadaron con vigor durante una media hora. De repente, un niño dejó de ver al otro. Le buscó incansable y le llamó a gritos durante más de dos horas y al no encontrarlo, regresó a casa.

—Manuel, ¿y tu hermano?

—Debió de salir del agua, tropezarse con un canto y perder la memoria. Si no tuviera amnesia ya habría vuelto, sabéis que somos magníficos nadadores y por eso pienso que no se ha ahogado.

—Seguro que no se ha ahogado Manuel, nosotros pensamos igual, cuando recupere la memoria volverá a casa, y mientras tanto le buscaremos incansables.

—A propósito, ¿por qué os empeñáis en llamarme Manuel? Yo soy Darío.

—¿Y tu estrella?

—No sé, quizás se borraría, hace tiempo que no la tengo.

—Hijo, dinos la verdad. ¿Eres Darío?

 Y el niño solo contestó:

—Puede que sí, puede que no.

A partir de ese día, los padres nunca supieron quién era el hijo que tenían en casa, ya que después de un año de búsqueda, el otro niño aún no había aparecido.

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La tumba. Relato de Soledad del Yerro

La tumba. Relato de Soledad del Yerro

La lectura del relato “La tumba” de Lovecraft ha traído a mi memoria una desconcertante experiencia que viví siendo adolescente. Desde muy joven, casi siendo una niña, tuve el encargo de limpiar y poner los faroles con lamparillas en la tumba de mis abuelos las vísperas del Día de Todos los Santos. La hermana de mi padre me lo encargó cuando se trasladó a vivir a otra ciudad, “privilegios de ser la nieta mayor, pensé yo.”

El cementerio de mi pueblo está situado a las afueras y pegando a él hay una ermita. El edificio se compone de un porche con columnas y una portada principal construida de ladrillo toledano. En el interior, la cabecera de la nave acoge la capilla de la Virgen de Butarque, patrona del pueblo, una preciosa imagen muy venerada por las gentes del lugar. En la pared derecha, cerrada por unas grandes rejas negras y doradas, está la capilla panteón de los Duques de Tamames.

Eran las cinco de la tarde del treinta y uno de octubre cuando llegaba al cementerio. El camino se me hizo largo. Cargada con lo necesario para arreglar la tumba, tardé más de lo habitual porque el aire, frío y cortante, me golpeaba en la cara y me hacía caminar más despacio. Los nubarrones negros que empezaron a oscurecer el cielo me hicieron temer que se avecinaba una tormenta.

Dentro del recinto vislumbré a varias personas. Cuando terminé mi cometido, la lluvia empezaba a caer con fuerza. Sonaron los primeros truenos acompañando a los relámpagos. Los cipreses se iluminaron y proyectaron sus alargadas y espectrales sombras que, en su movimiento, parecían atraerme hacia ellas.

 Tengo que tranquilizarme y guarecerme en la ermita, por aquí no se ve a nadie seguro que se han refugiado allí. Abrí la puerta y, por lo que iluminaban unas velas, me di cuenta de que allí no había nadie.

Di al interruptor de la luz, pero todo siguió apagado. De pronto, se abrió la puerta y mi preocupación fue en aumento, con la claridad que proyectó un relámpago vi entrar a don Federico, un enfermo mental recluido en el sanatorio siquiátrico del pueblo, que se dirigía al panteón de los Duques de Tamames (de los que él decía que era descendiente) y, abriendo la reja, penetró en la capilla.

La tormenta seguía y el agua sonaba sobre el tejado como si del Diluvio Universal se tratara. Por una   escalera situada detrás de la imagen, apareció iluminándose con una linterna Luisito, un chico de mi edad que había nacido un poco deficiente, y que era el monaguillo oficial de la parroquia, además de una persona entrañable y bondadosa.

Pegada a la pared, me fui acercando a su lado y susurrando le llamé. El chico, asustado, pegó un respingo, pero al reconocerme me hizo señas para que guardara silencio. Apagó la linterna y a través de la reja vimos cómo el panteón se iluminaba.  Don Federico, con un mechero, encendía cuatro grandes cirios. A continuación, se agachó y, tirando de unas argollas procedentes de una de las tumbas pegadas al suelo del panteón, logró sacar un ataúd de mármol forrado de rojo por dentro. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, envolviéndose en una sábana blanca, se tumbó dentro de él. Entonces, con voz potente, empezó a recitar:

“Hacer valer mis derechos.

Un año más aquí estoy,

y aunque me tengan por loco,

Duque de Tamames soy.

Lo mismo que este lugar,

la tumba me pertenece,

ya que lo guarda la Virgen

para que por mi alma recen”.

El ruido de unas sirenas y la entrada de varios sanitarios interrumpieron en la escena que Luisito y yo presenciábamos atónitos. Entonces pude enterarme de que todos los años por estas fechas al anochecer, y sobre todo si se formaban tormentas, don Federico se escabullía del manicomio montando escenas parecidas a la que acabo de relatar.