Hasta los santos pecan. Microrrelato de Genoveva Esso

A pesar de nuestra diferencia de edad, ella treinta y yo ya no cumplo los ochenta, Laura y yo somos amigas.
Coincidimos en una galería de arte, Laura es una magnífica pintora y hace un año, le compré un cuadro porque me recordaba a Morandi. Desde aquel día entablamos amistad.
Ayer vino a verme.
—Pilar, hace unos días paseando por Madrid, tropecé con un portal que me resultaba familiar, y decidí entrar. Como era hora laboral el portal estaba abierto, al ver la garita del portero vacía, pensé que estaría limpiando.
—Laura, te marcharías enseguida, ¿no?
—¡Qué va, Pilar! Miré los buzones y sorprendida leí que en el 2º B ponía Leonor Gurriarán que como sabes es mi apellido.
—Una casualidad, Laura.
—Pero es que hay algo más, Pilar.
—¿Qué más?
—Subí las escaleras y llamé al timbre. Nadie contestó, pero la puerta estaba entreabierta así que, la empujé y entré.
—¡Cómo te atreviste!
—La curiosidad, Pilar. Nada más entrar, había un pequeño recibidor y un pasillo con varias puertas. Entré en la primera y me encontré con un sencillo despacho. Sobre el escritorio, había varias cartas de un banco, a nombre de Leonor Gurriarán Ariz.
—Ves, Laura, nada tiene que ver contigo.
—No lo creas, Pilar.
—Dime, me tienes intrigada.
—Abrí el primer cajón y lo primero que vi, fue un Rolex de oro, igual que el que perdió mi padre años atrás.
—Mucha casualidad.
—Eso digo yo. ¿Qué piensas?
—Que tienes una hermana y, por lo tanto, ya no eres hija única.
—Es imposible, Pilar, mis padres se adoraban. Pongo las manos en el fuego por mi padre.
—No las pongas, Laura. Hasta los santos pecan.



