Los Mayores Cuentan

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La Ciudad Ducal.  Relato de Soledad del Yerro

La Ciudad Ducal. Relato de Soledad del Yerro

La Ciudad Ducal es una gran urbanización que está a escasos dos kilómetros de distancia de Las Navas de Marqués, un importante pueblo de Ávila.

El terreno donde se construyó era de los marqueses de Medinaceli, los cuales habían pasado gran parte de sus veranos en un maravilloso chalet, que estuvo allí ubicado durante muchos años.

Ángela María Pérez de Barradas, esposa del marqués, que estaba enamorada del paisaje y el clima del lugar, diseñó unos jardines con gran variedad de vegetación y fauna, en cuyo cuidado y mantenimiento trabajaron muchas familias del pueblo, de forma tan esmerada, que hicieron de todo ello un vergel.

Aprovechó las aguas del arroyo Retuerto, junto con las que el deshielo bajaba de las montañas, para de represarlas y formar así un considerable lago, al cual añadió un embarcadero para disfrutar de sus paseos en barca. Su capillita para rezar y escuchar misa, fue otra de las edificaciones que esta señora instaló en su finca y, como última ocurrencia, encargó a los talleres de Eiffel en París, una torre mirador con dos escaleras desde donde se divisa toda la grandiosidad del paisaje.

 Los chalets que en aquel lugar se construyeron en el año mil novecientos cuarenta y tres, eran de lujo.

Mis padres trabajaban como guardeses y empleados de mantenimiento, lo que les dio derecho a una vivienda sencilla pero agradable y acogedora. Verdaderamente, fue una suerte poder disfrutar de aquel entorno maravilloso.

Un autobús nos recogía a los niños de la Ciudad Ducal, para llevarnos a la escuela del pueblo. En aquel lugar, entre los niños no hubo diferencia de clases. Fuimos compañeros de juegos y colegio los hijos de los trabajadores y los de las familias adineradas que podían permitirse comprar allí una vivienda.

Hoy es quince de julio y ha sido la última mañana de clase. Hemos tenido fiesta de reparto de premios a los que hemos obtenido buenas notas. Estoy deseando llegar a casa, pues he pasado de curso y me han dado un libro de cuentos de Andersen, como premio.

 Qué alegría les voy a dar a mis padres, se lo merecen, sé que la mejor forma que tengo de pagarles el esfuerzo que hacen porque no me falte de nada es estudiar.

Después de comer y ayudar a recoger la mesa, me echo en mi cama. Quiero leer, pero no me puedo concentrar. ¡Qué nerviosa estoy! Ha sido una mañana llena de emociones.

Suenan las campanadas de las cinco de la tarde del reloj del comedor y de un salto, me levanto de la cama. Al mirarme en el espejo del cuarto de baño me parece que no tengo buena cara, estoy un poco pálida.

Le doy un beso a mi madre y salgo en busca de Ana, que vive muy cerca de mi casa y es una de mis mejores amigas.

De mutuo acuerdo nos dirigimos al mirador Eiffel, desde donde se distingue todo el recinto, y corre un airecillo que a mí me viene bien para tranquilizarme.

En un rincón entre los árboles divisamos “la casita de Versalles», que era llamada así por su estilo parecido a las que en París hizo edificar María Antonieta.

—Vamos dando un paseo y nos acercamos para ver la casita por dentro —propone Ana—, seguro que tú nunca has entrado en ella.

La sigo un poco dudosa, pues no sé si a mis padres les parecería bien la idea.

La fachada de la casa se refleja en el lago, los árboles y las flores la adornan por doquier. Hay una puerta trasera que, solo con levantar un pestillo, nos permite la entrada. El mobiliario es escaso, lo que más abundan son cuadros y fotografías de otras épocas.

Sentimos ruido en el piso de arriba y nos escondimos bajo el hueco de la escalera, desde donde escuchamos jadeos, suspiros y algún grito raro. Nos miramos asustadas.

Para qué habré entrado en la casita, seguro que es verdad la historia que siempre escuché de que en ella moraban los espíritus de personas muy importantes que la habían habitado y por ser malos con sus semejantes no habían podido pasar la frontera al otro mundo.

—Ana, vámonos de aquí —susurro, pero escuchamos que una puerta se abría y alguien baja por la escalera.

Desde nuestro escondite reconocemos a Rosa, una trabajadora de hogar que vive en uno de los chalets, que rápidamente sale al exterior. Nosotras pensamos hacer lo mismo, pero vuelven a sonar pasos y esta vez es Javier, el chico que cuidaba las barcas en verano, quien tranquilamente abre un armario, saca un artefacto (que resulta ser un proyector), deja la habitación a oscuras y sobre el papel blanco que cubre la pared, podemos leer: “JOAQUINA MARÍA DE BENAVIDES – MARQUESA DE MEDINACELI.  Año mil setecientos ochenta y cinco”.

A continuación, aparece la figura esbelta de una señora morena con unos preciosos ojos verdes, vestida con un traje que le hace cintura de avispa y un gran polisón largo hasta los pies, por donde asomaban unos zapatos de fina puntera y que brillaban como el charol. Desde la improvisada pantalla,  ella cuenta que había vivido en París, pues su esposo, el marqués de Medinaceli, tenía posesiones en dicha ciudad. Por su alta alcurnia había tenido la oportunidad de ser una de las pocas amigas que tuvo la reina María Antonieta, a la que solo admiró por su refinado y exquisito gusto.

Según los comentarios de la marquesa, la fama que se ganó la Reina de Francia era merecida, ejerció gran influencia política sobre su marido Luis XVI, que era un poco bobo y al que nunca quiso.

—Se olvidó de las necesidades de sus súbditos, voluble y despilfarradora, también era, aunque entre los hombres tenía grandes admiradores —explicaba la marquesa—. Su dramático final me dejó sobrecogida: fue apresada cuando con el rey y otros nobles intentaban huir de París. La juzgó el Tribunal Revolucionario y fue condenada a la guillotina”.

—Ruego a mis sucesoras en el título de marquesas de Medinaceli que convenzan y ayuden a sus maridos a construir en España una Ciudad Ducal, en alguno de los muchos terrenos que tenemos en propiedad, con los gustos refinados del París de María Antonieta —se oye decir a la marquesa desde la pantalla.

El polvo de la habitación me produce un repentino ataque de alergia y me hace estornudar sin parar.  Javier apaga el proyector y descubre nuestro escondite detrás del sillón, desde el que contemplábamos atónitas la inesperada película desde su comienzo.

—¡Madre mía! ¿Desde cuándo estáis aquí vosotras?

A mí no me salen las palabras, pero Ana contesta con decisión:

—Antes de que bajara por la escalera, la chica que trabaja en casa de unos de los vecinos.

Javier, preocupado, nos dice:

 —Vosotras no contaréis nada de esto en casa y yo no diré a vuestros padres que os he encontrado aquí.

Aceptamos el trato y nos fuimos. Ana me dice, que lo hace por mí. Está segura de a que ella sus padres no la van a regañar, porque el que no estaba cumpliendo con su trabajo de mantenimiento era Javier.

Por la noche me cuesta conciliar el sueño. ¿Debo contar a mi madre lo sucedido? De momento creo que no. Vi a Javier muy apurado. Lo mismo pierde este trabajo de verano que tan bien le viene para pagarse los estudios

Aquel fue un día decisivo en mi vida. La película sobre la marquesa de Medinaceli despertó mi curiosidad por la historia. Fui buena estudiante y terminé en la universidad con el título de licenciada en Geografía e Historia.

 

 

 

 

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No hay amor sin riesgo. Microrrelato de Genoveva Esso

No hay amor sin riesgo. Microrrelato de Genoveva Esso

Virginia, una mujer divorciada de 30 años, y Sergio, de 19, se enamoraron. Durante unos meses fueron felices, hasta que un día, el ex-marido de Virginia escribió al muchacho.

–¿Sabe usted que sale con una mujer casada? ¿Lo sabía? Pues sepa usted que si sigue en su empeño se va a encontrar con una puñalada en el corazón.

No hay amor sin riesgo —pensó Sergio— y despreocupado abrazó a su pareja.

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Coral del alba.  Relato de Soledad del Yerro

Coral del alba. Relato de Soledad del Yerro

Cuando nos daban las vacaciones de verano en el colegio, marchaba con mis abuelos a la casa de la sierra. Allí tenía una pandilla de amigos. Unos vivían siempre en el pueblo y los que vivíamos en Madrid íbamos llegando según iban cogiendo vacaciones nuestros familiares. Yo era de las primeras porque mis abuelos ya estaban jubilados y para mi tía, que era maestra, sus vacaciones eran escolares.

Fueron unos años que nunca olvidaré. Uno de mis recuerdos más bonitos fue el de despertar al amanecer por un canto que rompió el silencio con una nota tímida, como si dudara de su derecho de despertar al mundo. Era un ruiseñor, oculto entre las ramas de un viejo olmo, quién se atrevió alzar la voz antes que nadie. Luego, como si su atrevimiento hubiera dado permiso al valle entero, una sinfonía de trinos y silbidos comenzó a brotar desde cada rincón.

Me senté en la cama y me espabiló aquel murmullo creciente. No era la alarma del reloj, ni el ruido de los coches que solían marcar el inicio del día en la ciudad. Era algo más antiguo, más puro. Me levanté y, envuelta en las sombras suaves del amanecer, embelesada escuché.

Fuera los pájaros no cantaban para mí, pero sí para todo el que tuviera la suerte de escucharlos; no había traducción posible, pero yo entendía qué querían decirme: estás viva, el día comienza, todo sigue.

Salí descalza pisando la hierba húmeda. Cerré los ojos, la bruma flotaba baja sobre el suelo, como si el sueño de la noche rehusara a irse del todo.

Allí seguían ellos. Cientos de voces aladas, saludando al sol aún invisible.  Durante esos minutos, antes de que el cielo se tiñera por completo, no existía el ayer ni el después, solo ese instante suspendido entre sombra y luz, canto y silencio.

Entonces lo entendí, la coral del alba no era solo un concierto de pájaros. Era un acto de fe, una promesa hecha cada mañana por seres diminutos que, sin garantías de nada, cantaban para que el mundo valiera la pena.

Cuando me encontré con mi pandilla de amigos, les conté la magia que había vivido y resultó que todos sabían que la coral del alba existe, que en los amaneceres los pájaros afinan sus trinos y se escucha por todo el valle.  Cada uno lo disfruta y lo cuenta cómo lo ha sentido.

Jaime propuso que, si queríamos saber cosas interesantes sobre los cánticos de los pájaros, debíamos buscar a Elías, un señor que vivía a las afueras del pueblo, cerca de un bosque, donde las ramas de los árboles cuando las movía el viento susurraban secretos que los pájaros desde sus nidos les trasmitían.

A la mañana siguiente encontramos a Elías sentado bajo un frondoso árbol, en silencio, escuchando el canto de los pájaros. Sonrió al vernos, nos indicó que nos sentáramos y escucháramos sus cánticos.

Pasado un buen rato, nos dijo: “Ellos me cuentan su vida propia y mucho de vidas ajenas que descansan a la sombra de los árboles. De parejas que se juran amor para siempre, de niños que meriendan bajo sus ramas celebrando un día de asueto, de alguna mujer que lloró, borrando un nombre que había escrito en el tronco de un árbol cercano, porque el que lo escribió había dejado de quererla, de una madre que lloraba porque estaba enterrando las cenizas de su hijo debajo del árbol… Los pájaros tienen un lenguaje que, por ventura, tengo la suerte de entender y llenan mi vida por completo”.

Pasados unos años supimos que los pájaros habían dejado de anidar en el bosque. Fuimos de nuevo a visitar a Elías y, al rato de sentarnos a su lado, un pájaro dorado y azul, poco visto por estos parajes, llenó el bosque con un cántico precioso. El señor sonrió y, según nos enteramos a los pocos días, llenos de tristeza, aquella sonrisa fue la última de su vida.

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Monasterio de las Carmelitas Descalzas en Lerma.  Artículo de Soledad del Yerro.

Monasterio de las Carmelitas Descalzas en Lerma. Artículo de Soledad del Yerro.

Hemos ido, por iniciativa de mi nieta, a visitar el monasterio, y tengo que deciros que todos los componentes del grupo quedamos impresionados después de escuchar a Eduardo, el estupendo guía que nos relató con toda clase de detalles la vida de aquellas monjas dentro del monasterio.

Por todos es sabido que el duque de Lerma fue el valido de Felipe III después de que este enviudara de Margarita de Austria el 3 de octubre de 1611. El duque desarrolló un papel muy importante en el gobierno, con lo cual se hizo inmensamente rico. La especulación fue una de sus grandes fuentes de ingresos tras aconsejar al rey que trasladara la corte a Valladolid. Fue el hombre más poderoso del reinado de Felipe III. Se hizo inmensamente rico a costa de saber manejar la corrupción, el tráfico de influencias y la venta de cargos públicos.

El monasterio lo fundó en 1610 para que su consuegra, que era monja Carmelita, fuera la superiora.

Estas monjas vivían en la más absoluta austeridad: el silencio era una de sus normas principales, solo tenían una hora de recreo para hacer sus comentarios, y se llamaban por toque de campana o por unas tablas que sonaban parecido a las castañuelas. Tenían una demandadera que, al toque de una campanilla que instalaron en su casa, acudía cuando sonaba. No tenían agua corriente y se abastecían de unos pozos que les servían para regar la huerta que ellas cultivaban para alimentarse de sus productos. Siempre tenían una gran olla con agua calentándose para su aseo.

En el monasterio no entraba nadie más que el médico y el sacerdote. Este último no las veía la cara ni para confesarlas ni para darles la comunión. La misa la escuchaban separadas de la celosía, según sus reglas, ya que lo importante era oírla.  Las Sagradas Formas se las pasaba el sacerdote a través de una pequeña ventana a la monja que la tocara por consenso, y esta las recogía y se las impartía a la comunidad.

Al médico le obedecían siempre, sobre todo cuando las enviaba al hospital. Dicen que, así como a nosotros muchas veces nos cuesta desnudarnos en una consulta médica, a ellas para eso no les importaba nada quitarse el hábito.  Siempre que las monjas salían por un motivo de salud iban dos juntas, dejando dos velas encendidas para que el resto de las monjas supieran su ausencia, ya que el voto de silencio no les permitía hablar.

Dormían en unas colchonetas rellenas de heno, encima de unas tablas de madera con patas.  Las mantas eran su único abrigo, y en cuanto llegaba el frío enseguida se ponían de acuerdo para su uso.

No había servicios, y se arreglaban con orinales y unos barreños para el aseo; dormían vestidas, pues de once de la noche a cuatro de la madrugada eran las horas que lo hacían seguido; después, cada dos horas hasta las nueve de la mañana, se levantaban bajando a la iglesia para rezar, y las campanas se oían por la vecindad a todas horas.

Hicieron muy cerca unos pisos de suficiente altura, desde donde se podía ver el claustro que, como estaba acristalado, quisieron poner cristales opacos para que no pudieran verlas. A los obreros no podían recibirlos, estuvieron trabajando solos y se equivocaron. Las monjitas tuvieron que estar rodeando el claustro para no ser vistas durante muchos años.

Hay varios patios que les sirvieron para criar gallinas.  En uno de ellos se conserva una morera centenaria, que da moras durante todo el año; a primera vista parecen ciruelas de lo grandes que son.

Todo lo que allí entraba era a través del torno. La sala donde recibían a sus familiares constaba de unas rejas dobles puntiagudas hacía fuera, que da miedo acercarse.

Cuando se acostaban, en unas celdas pequeñas y casi vacías, la madre superiora las despedía una por una deseándoles buena noche o muerte.

A las monjas de clausura las entierran en el convento, y en Lerma se ven unas cuantas lápidas de piedra sin nombre ni fecha. Por las paredes hay varias frases pintadas recordándote que lo que se siembra se recoge y que todo lo que atesoremos en vida tendremos que dejarlo aquí.

En dos mil dieciséis quedaban ocho monjas mayores y enfermas, porque si llegaba alguna novicia, allí no aguantaba ni tres días.

Decidieron marcharse a Cuenca, a otro convento de Carmelitas Descalzas fundado por Santa Teresa; se llevaron todos los huesos del cementerio, puesto que no querían que fueran profanados por quien se hiciera cargo del edificio, que según nos explicaron lo han comprado varias familias de Lerma.

Han desacralizado la Iglesia, lo han pintado y tienen todo como en tiempo primitivo: la sala donde tejían con su rueca y las planchas de hierro que calentaban con las placas de cocinar; es muy curioso ver cazuelas de barro, ollas, sartenes… una cocina antigua ordenada como debieron de tenerla las monjas, en fin, un auténtico museo. La parte amurallada, que es donde tenían la huerta, se utiliza ahora para celebraciones de bodas y eventos, y es un sitio maravilloso.

Los vecinos, que varias veces se quejaban del tañer de las campanas, ahora las echan de menos.

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Instante de paz.  Relato de Soledad del Yerro

Instante de paz. Relato de Soledad del Yerro

“Instante de paz”

Soledad del Yerro

Las Cabezas— Villavieja de Lozoya.  

Me siento en paz, envuelta en un microclima de pinos, laureles y ciruelos que respiran conmigo. La montaña está cerca, no solo en la vista, sino en el aire mismo, en el perfume fresco que se cuela entre las ramas.

Los pájaros cantan como si celebraran este cielo azul limpio, esta tregua del mundo. Aquí, entre el trino y el verde, siento que el tiempo se disuelve y solo queda el gozo sencillo de estar, de ser.

Esto trae a mi recuerdo cuando de adolescentes mi abuelo nos preguntaba a mi hermana y a mí:

— ¿Qué os gustaría ser, montaña o llano?

Rosana, que era la mayor, decía:

—A mí, montaña de la sierra norte del sistema central, que vertebra el centro de la Península Ibérica, abrazándola, trayéndole aire fresco y, sin cortar el camino de sus visitantes, les hace disfrutar de unos maravillosos paisajes, sentirse cerca del cielo. Cuando se sientan a descansar, en uno de sus peñascos, el vuelo de aves rapaces, con sus ruidosos graznidos, lo contemplan tan cercano que se sienten protegidos. Mi pandilla de amigos vamos siempre con un monitor, aunque solo sea para hacer senderismo, pues él sabe de refugios donde poder cobijarnos si nos sorprende una tormenta que, bien guarecidos, resulta espectacular.

Yo no tuve otra opción que pedir ser llano; lo cierto es que entonces no sabía muy bien cuál era el sentido de la pregunta, pero conocía el Valle de Lozoya, ya que, por vivir en Madrid, sabía que el agua que bebíamos venía de su río, represado por pantanos; así que para salir del paso dije:

—La llanura del Valle de Lozoya es una herida luminosa entre montañas; todo en él desciende con calma: el río, la niebla, la mirada.  Aquí el paisaje no se impone, sino que acompaña.  Los pinares murmuran antiguas historias, las piedras de los pueblos guardan el calor de las manos que los construyeron, y el agua, siempre el agua, corre limpia entre sauces y helechos. El valle respira como si tuviera memoria, es un refugio sin muros donde la belleza consuela al que lo admira. Aunque también hay que asegurarse en verano escoger para bañarse siempre sitios seguros y sin peligro.

Mi abuelo dijo sentirse muy orgulloso de las dos, pues nuestro amor a la naturaleza nos haría ser sensibles y conservar siempre su entorno. Además, nuestras respuestas habían sabido igualar el poderío de la alta montaña con la sencillez del bajo y llano valle.

Esto, según él, se aplicaba al género humano: nunca debíamos olvidar que la fortaleza, la humildad y la belleza interior son las cualidades más valiosas que nos igualan a la naturaleza para que el mundo en que vivimos sea infinitamente mejor.

Hoy, como digo al principio, estoy disfrutando de la cercanía majestuosa de la montaña y de la paz que la llanura del valle me transmite.

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