
Hemos ido, por iniciativa de mi nieta, a visitar el monasterio, y tengo que deciros que todos los componentes del grupo quedamos impresionados después de escuchar a Eduardo, el estupendo guía que nos relató con toda clase de detalles la vida de aquellas monjas dentro del monasterio.
Por todos es sabido que el duque de Lerma fue el valido de Felipe III después de que este enviudara de Margarita de Austria el 3 de octubre de 1611. El duque desarrolló un papel muy importante en el gobierno, con lo cual se hizo inmensamente rico. La especulación fue una de sus grandes fuentes de ingresos tras aconsejar al rey que trasladara la corte a Valladolid. Fue el hombre más poderoso del reinado de Felipe III. Se hizo inmensamente rico a costa de saber manejar la corrupción, el tráfico de influencias y la venta de cargos públicos.
El monasterio lo fundó en 1610 para que su consuegra, que era monja Carmelita, fuera la superiora.
Estas monjas vivían en la más absoluta austeridad: el silencio era una de sus normas principales, solo tenían una hora de recreo para hacer sus comentarios, y se llamaban por toque de campana o por unas tablas que sonaban parecido a las castañuelas. Tenían una demandadera que, al toque de una campanilla que instalaron en su casa, acudía cuando sonaba. No tenían agua corriente y se abastecían de unos pozos que les servían para regar la huerta que ellas cultivaban para alimentarse de sus productos. Siempre tenían una gran olla con agua calentándose para su aseo.
En el monasterio no entraba nadie más que el médico y el sacerdote. Este último no las veía la cara ni para confesarlas ni para darles la comunión. La misa la escuchaban separadas de la celosía, según sus reglas, ya que lo importante era oírla. Las Sagradas Formas se las pasaba el sacerdote a través de una pequeña ventana a la monja que la tocara por consenso, y esta las recogía y se las impartía a la comunidad.
Al médico le obedecían siempre, sobre todo cuando las enviaba al hospital. Dicen que, así como a nosotros muchas veces nos cuesta desnudarnos en una consulta médica, a ellas para eso no les importaba nada quitarse el hábito. Siempre que las monjas salían por un motivo de salud iban dos juntas, dejando dos velas encendidas para que el resto de las monjas supieran su ausencia, ya que el voto de silencio no les permitía hablar.
Dormían en unas colchonetas rellenas de heno, encima de unas tablas de madera con patas. Las mantas eran su único abrigo, y en cuanto llegaba el frío enseguida se ponían de acuerdo para su uso.
No había servicios, y se arreglaban con orinales y unos barreños para el aseo; dormían vestidas, pues de once de la noche a cuatro de la madrugada eran las horas que lo hacían seguido; después, cada dos horas hasta las nueve de la mañana, se levantaban bajando a la iglesia para rezar, y las campanas se oían por la vecindad a todas horas.
Hicieron muy cerca unos pisos de suficiente altura, desde donde se podía ver el claustro que, como estaba acristalado, quisieron poner cristales opacos para que no pudieran verlas. A los obreros no podían recibirlos, estuvieron trabajando solos y se equivocaron. Las monjitas tuvieron que estar rodeando el claustro para no ser vistas durante muchos años.
Hay varios patios que les sirvieron para criar gallinas. En uno de ellos se conserva una morera centenaria, que da moras durante todo el año; a primera vista parecen ciruelas de lo grandes que son.
Todo lo que allí entraba era a través del torno. La sala donde recibían a sus familiares constaba de unas rejas dobles puntiagudas hacía fuera, que da miedo acercarse.
Cuando se acostaban, en unas celdas pequeñas y casi vacías, la madre superiora las despedía una por una deseándoles buena noche o muerte.
A las monjas de clausura las entierran en el convento, y en Lerma se ven unas cuantas lápidas de piedra sin nombre ni fecha. Por las paredes hay varias frases pintadas recordándote que lo que se siembra se recoge y que todo lo que atesoremos en vida tendremos que dejarlo aquí.
En dos mil dieciséis quedaban ocho monjas mayores y enfermas, porque si llegaba alguna novicia, allí no aguantaba ni tres días.
Decidieron marcharse a Cuenca, a otro convento de Carmelitas Descalzas fundado por Santa Teresa; se llevaron todos los huesos del cementerio, puesto que no querían que fueran profanados por quien se hiciera cargo del edificio, que según nos explicaron lo han comprado varias familias de Lerma.
Han desacralizado la Iglesia, lo han pintado y tienen todo como en tiempo primitivo: la sala donde tejían con su rueca y las planchas de hierro que calentaban con las placas de cocinar; es muy curioso ver cazuelas de barro, ollas, sartenes… una cocina antigua ordenada como debieron de tenerla las monjas, en fin, un auténtico museo. La parte amurallada, que es donde tenían la huerta, se utiliza ahora para celebraciones de bodas y eventos, y es un sitio maravilloso.
Los vecinos, que varias veces se quejaban del tañer de las campanas, ahora las echan de menos.
Es un texto muy completo: histórico, descriptivo, vivencial y con cierto aire de memoria local. Un buen relato
Me ha encantado Sole,lo bien que lo as descrito,,es un relató muy bueno y refleja la historia,de años pasadozs
¡Qué austeridad Sole! Y seguro eran felices. Lo detallas todo divinamente y nos introduces en la época.
Como siempre, Sole, eres genial describiendo, sencillo, detallado , escrito con el corazón.., llega al alma.
Estupendo relato histórico. Sole, eres una escritora fantástica!! Espero seguir leyendo tus relatos durante mucho tiempo, me encantan.
Descripción realista, tanto que parece que he visitado el monasterio. Enhorabuena!
Interesante relato, y muy bien descrito, enhorabuena y sigue escribiendo