
A duras penas conseguía verla, sólo retazos según la gente iba saliendo o entrando en el vagón del Metro. Pantalones vaqueros y camiseta blanca alcanzo a distinguir en un brusco movimiento al tomar el tren una curva para entrar en la estación de Sol.
La intuía como en ocasiones anteriores, pelo recogido con una pinza, ojos marrones portadores de una mirada ente ingenua y serena. Labios finos que prometían besos delicados y tiernos, amantes.
Al abrirse las puertas en la estación, un torrente de empujones estremeció el vagón, la muchacha se defendió bien como todos los días y salió airosa y ágil al andén, donde sin mirar atrás y esquivando con regates a la muchedumbre que se abalanzaba a las escaleras mecánicas conseguiría una vez más llegar a la superficie.
Cuando el vagón se quedó casi vacío, tomé mis muletas y salí justo cuando comenzaban a cerrarse las puertas, caminé apoyado en los bastones hacia la salida con elevador e inicié el ascenso a la calle.
Anoté en mi memoria que era el tercer día de la semana que la conseguía ver en el mismo furgón. Y… si tenía suerte en algún vaivén o empujón accidental, ella podría acercarse al asiento reservado a personas con discapacidad.
Los viajes ya seán en metro o,autobús resultán menos fatigosos si tienes a la vista algo bonito que ver,
como es el caso del protagonista de tu historia.
Charli gracias por tu relato.
Me ha gustado mucho