
—Qué bien lo pasamos en la Cena de Nochebuena del año pasado, ¿verdad, Pepi?
—Y que lo digas, Alberto, mira que nos costó completar los doce que fuimos, sobre todo los viajeros que se quedaron tirados en el Ave y llegaron justitos. Yo me arreglé en la peluquería con tiempo y hasta me dieron mechas, había que estar guapa. Empecé a servir los platos, de entrada, langostinos, y en esas que Conchita se arrancó a cantar ”Yo quiero ser marinero por la bahía” y todos saltaron a la vez: ”Pero mira cómo beben los peces en el río”.
—No os pongáis así —dijo Conchita—, yo vengo del Puerto de Santa María como los langostinos que habéis devorado.
Llegó el consomé con yema y como otros años, los primos Luis y Alfonso empezaron a nombrar los fichajes extranjeros que esta temporada habían hecho el Madrid y el Barsa, cómo se iban a comparar los unos y los otros, no había color, y el Rioja se reflejaba en sus carrillos. La cuñada Emilia invitó a todos a cantar “Hacia Belén va una burra, rin rin, yo me remendaba…” y volvió la concordia.
Fue cayendo el cordero como si tal cosa, esta familia tiene muy buen saque. Llegaron los postres, la compota de frutas de todos los años de la que el tío Elías siempre decía que le faltaba canela y que podía subir el azúcar, aunque rebañaba el bol.
Otros pasaban directamente al turrón y era el momento de cantar “El lobo qué gran turrón”, aunque el tío Aniceto mostraba su enojo con esa canción porque era un anuncio y proponía cantar “El tamborilero”. Pocos le siguieron porque había unas notas altas que algunos no alcanzarían.
La noche avanzaba, unos pidieron orujos y otras hierbas y otros Aquarius para bajar la cena. Hubo acuerdo total al terminar cantando todos a una “Noche de Paz”.
Paco, como siempre, espléndido.
Un relato encantador que nos hace revivir las comidas familiares de la Navidad. Me ha gustado mucho.
Muy bonito relato, Paco. Me ha gustado mucho, esperamos más . Un cordial saludo.