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Veinticinco de noviembre – Día contra la violencia de género. Relato de Soledad del Yerro

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Tengo noventa y tres años, vivo en una tranquila Residencia donde me atienden y cuidan, y las visitas de familia y amigos no me faltan.

Me parece maravilloso estar escuchando en la radio y viendo en televisión las manifestaciones que hoy se están haciendo sobre esta lacra que aún persiste en el mundo.

Yo era una chica joven y bastante bonita, con las cualidades y defectos que todo ser humano lleva consigo. Procedía de una familia humilde, pero trabajadora; mis padres se llevaban maravillosamente y a mi hermana y a mí no nos faltó de nada.

Trabajé como secretaría en la Diputación Provincial ubicada en mi ciudad, y los sábados se celebraban conciertos en el salón de actos. Mi madre no se perdía ni uno, y allí conoció a un gran melómano hijo de un importante ingeniero, que físicamente y por su categoría social, le pareció sería un buen marido para alguna de sus hijas.

Él ya me conocía de vista, y la mejor forma de acercarse a mí fue la de conquistar primero a mi madre. Yo también caí pronto en sus redes, era encantador, generoso y cumplía todos lo cánones de la época.  Por un lado, me parecía imposible tenerlo tan pendiente de mí a todas horas, hasta que llegaba a sentirme acaparada.

Mi hermana y mis amigas decían: puede ser que te tenga un gran cariño, que seguro que con tu tranquila y dulce forma de ser te hayas hecho imprescindible para él. Tampoco debes dejar que por ello anule tu vida.

Nos casamos y lo primero que tuve que dejar fue mi trabajo, pues él había montado un gran negocio y necesitaba que yo estuviera al tanto de eso, y en mi primer embarazo me dejaron en casa o trabajando a sus órdenes. Tuvimos tres hijos y todo se hacía bajo su mando; fuera de casa era encantador, en los negocios un lince, pero el dinero estaba bajo su control.

Nunca me maltrató físicamente, pero psicológicamente terminé en unas condiciones muy tristes, sobre todo por mis hijos, que vivieron hasta su mayoría de edad sufriendo sus exigencias.

Por su afición a la música, todos los fines de semana cogía el coche y se desplazaba a Madrid, donde estoy segura de que le conocían en todas las casas de señoras de alterne.

Así que para mi fue una liberación la ley del divorcio. Con eso no quiero decir que no haya hombres, esposos y padres maravillosos.

Desde esta bonita habitación donde, tranquila, espero la última etapa de mi vida, a través de los cristales de mi ventana, divisando el paisaje de este día otoñal en el que el sol hace con su claridad que los marrones y verdes se confundan sin cesar, os deseo que desde la juventud sintáis respeto y amor por todos nuestros semejantes. La vida es muy corta, y trae más tristezas que alegrías, pero el amor todo lo puede.

2 Comentarios

  1. ¡Qué relato tan conmovedor y reflexivo! Una historia de vida, llena de altibajos, pero con una sabiduría y una paz que solo se adquiere con la edad y la experiencia.

    Me ha impactado la forma en que se describe la vida de un matrimonio en el que, aunque ella no fue feliz, le enseñó a valorar la importancia de la independencia y la autoestima.

    Es un homenaje a la fuerza y la sabiduría de las mujeres que han vivido este tipo de malas experiencias a través de los años, y un recordatorio de que el amor y la compasión pueden superar cualquier obstáculo.

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  2. Es un texto muy conmovedor y bien construido, que funciona tanto como testimonio personal como llamada a la empatía y al cambio social. Trata un tema muy potente: La violencia psicológica y el control económico dentro del matrimonio, incluso sin golpes.
    La última frase, “La vida es muy corta, y trae más tristezas que alegrías, pero el amor todo lo puede”, cierra con un tono agridulce pero esperanzador.

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