El sobre. Relato de Soledad del Yerro

El timbre del despertador hizo que diera un salto de la cama. Teníamos que coger un tren que nos llevaría a Sevilla, a pasar Navidad con familia y amigos.
Los niños y mi marido fueron despertando y todos con alegría nos preparamos para emprender el viaje.
Siempre pensé la suerte que teníamos Adolfo y yo, de ser profesores de educación pública y disfrutar de las vacaciones en las mismas fechas.
Cuando bajamos del AVE, había dos coches esperándonos, todos fueron abrazos sonrisas y muestras de cariño, que como eran tan sinceras a mi que soy una sentimental hicieron que el recibimiento me hiciera llorar.
Como Adolfo y yo nacimos y vivimos allí, nos conocíamos de toda la vida, fuimos compañeros de colegio desde niños, compartimos las mismas aficiones y terminamos teniendo la misma profesión eso sí, en distintos departamentos de la enseñanza.
Sevilla en Navidad parece encender un latido distinto: las luces se enredan en las calles estrechas, el azahar se enreda con el aroma de los dulces, y cada plaza se vuelve un pequeño escenario donde la ciudad recuerda que también puede ser cálida en invierno.
Más para nosotros que teníamos nuestra residencia en Burgos. Fueron unos días preciosos, estábamos en casa: recordando y viviendo sus costumbres, las luces de la Avenida, los villancicos que salen de los bares y el olor a castañas asadas acompañan a cada paseo como si uno caminara por un recuerdo.
Lo que yo no sabía era que esa iba a ser la última Navidad feliz de mi vida.
Llevábamos dos días de vuelta en casa, cuando recogí del buzón un sobre, pensé: esto seguro que es una multa de tráfico, pues me pareció algo oficial, pero no, aquello no era lo que parecía, la carta era de un abogado en la que me enviaba la demanda de divorcio que Adolfo me había puesto con rápida ejecución.



