
Recuerdo sonriendo aquella Nochebuena en casa.
Lucía, mi sobrina de tres años, miraba pensativa el nacimiento del mueble bajo, antes de la cena.
Doce figuras de porcelana de una conocida marca valenciana quedaban expuestas a su altura. Decidida, se acercó al portal y cogió al Niño Jesús.
Mi madre sudaba al pensar que si se le cayera, perdería una pieza descatalogada; pero también temblaba pensando que, consecuentemente, la niña podría hacerse daño, cambiando risas por llantos.
Todos, expectantes, esperábamos ver qué hacía con el Niño.
Mi padre le preguntó: «¿Dónde vas con la figurita? Sujétala bien. Que no se te caiga».
Ella se volvió hacia él y respondió: «Voy a buscar algo al costurero de la abuela».
Nos descuadró. Nos miramos extrañados cuando Lucía dijo en voz alta: «Yo, hay una cosa que no entiendo. Todos los mayores llevan ropa… y al Niño, ¿lo tienen desnudo?»
La inocencia infantil no tiene parangón
Rocío es estupendo tú micrórrelato, además nos hace ver, que a los niños no se les escapa nada.