En el reinado de Juan II de Castilla (1406-1454), Madrid fue castigada por una peste muy mortal, y como vacuna contra ella, nobles embajadores (de aquí el nombre de la calle, pues pasaban por ella los embajadores de Aragón, Navarra y Francia) y ciudadanos adinerados decidieron ir a vivir o construir sus casas o palacetes separados del corazón de la villa. Había un portillo, abierto en 1782 en la cerca que circundaba Madrid, en el punto por el que la calle Embajadores salvaba la cerca.
Como la afluencia era grande, con el tiempo hubo que derribar el portillo y hacer una plaza que conservó el nombre en el lenguaje popular (Glorieta de Embajadores), así como también el apelativo de “Barrios Bajos”, que no se refiere al poder adquisitivo de sus vecinos, sino a la cota topográfica inferior a la altura del centro de la Villa.
En el año 1790 se construye en la plaza una fábrica de aguardientes y licores, que luego José I la transformó en Fábrica de Tabacos, de gran importancia, pues llegó a contar con 800 cigarreras que alegraban el ambiente recogiendo y aumentando el casticismo, como dice el chotis “del Portillo a la Arganzuela”.
Enfrente se encontraba la Huerta del Bayo, que el Ayuntamiento en 1817 regaló a Isabel de Braganza, segunda esposa de Fernando VII. Junto con el terrero, convertido en un frondoso jardín, el regalo incluyó una casa-palacio, denominada Casino de la Reina, y otros elementos (invernadero, estanque, parterres de flores, Casita Rústica, Casa de Familia para los empleados, embarcadero, etc.).
Posteriormente, en los jardines se edificó la Facultad de Veterinaria (hoy Instituto de Bachillerato Cervantes), que para cercarla se usaron las verjas del Palacio del Buen Retiro, retiradas de las zonas urbanizadas enfrente. El palacete original aún se conserva, convertido en Centro Social Comunitario del barrio (Calle del Casino, 3). Del resto de las construcciones originales no queda nada.