Los Mayores Cuentan

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La mujer de gris (II). Relato de Nicolás Cuadrado

La mujer de gris (II). Relato de Nicolás Cuadrado

A medida que la mujer me habla, empiezo a tranquilizarme, y aunque no sé quién es ni por qué está ahí, empieza a tomar cuerpo la idea de que todo es una broma de mal gusto y decido seguirle la corriente.

Por eso le digo, intentando contener la risa:

—Usted ha aparecido de la nada, está tan viva como yo y, por lo que veo, le gusta disfrazarse de fiambre, no sé si para que sus amigos le traigan flores o para asustar a la gente.

—¡Yo no estoy viva! —responde la mujer muy enfadada y casi gritando—. ¡Por eso me traen las flores!

—No se enfade, yo la entiendo. Estoy en un cementerio hablando con una muerta que en realidad está viva, o sea que yo con toda probabilidad soy el Conde Drácula. Mire, señora, creo que la broma ya dura bastante, déjeme en paz y no me tome más el pelo. Por cierto, ¿puedo preguntarle su nombre?

—Me llamo Martina.

—Perfecto, Martina, yo me llamo Antonio y he tenido mucho «susto» en conocerla. Adiós.

En ese instante la extraña mujer soltó una gran carcajada y se desvaneció de repente delante de mis ojos.

No puedo precisar qué fue lo que me sucedió a continuación, pero recuerdo que las piernas me empezaron a fallar y acabé en el suelo sin conocimiento.

Cuando lo recupero y me levanto medio aturdido, no hay nadie, y compruebo que no estoy herido, aunque me duele un poco la cabeza. He estado sentado en el suelo, apoyado en la pared del panteón . ¿Pero cuánto tiempo? ¿Dónde está la mujer misteriosa? ¿Todo lo que he vivido con ella, lo habré soñado? ¿Su aparición y su desaparición han sido reales?

Está empezando a anochecer. Miro el reloj. ¡Son las seis y cuarto! ¡Llevo en el interior del cementerio una hora y cuarto!

Cojo mis escasas pertenencias y salgo corriendo hacia la salida. Cuando llego a la puerta, está cerrada con llave. Casi me da un ataque de pánico mientras discurro la forma de salir.

Veo en el suelo una gran lápida rota y apoyándola en la pared, la uso como ayuda para trepar hasta lo más alto de la tapia. Una vez arriba, solo me queda descolgarme al exterior.

Cuando estoy a punto de hacerlo, siento una extraña sensación que me impulsa a mirar hacia atrás, lo cual hago a continuación, girando lentamente la cabeza. Entonces la veo de nuevo.

Aquella siniestra mujer, que dijo llamarse Martina, está sentada donde la vi por primera vez, con mi ramo de flores en una mano, mirándome con una sonrisa burlona.

Vuelvo a sentir por tercera vez en una hora ese escalofrío que me deja casi paralizado, salto a la calle desde lo alto de la tapia y me marcho de allí como alma que lleva el diablo.

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La mujer de gris (II). Relato de Nicolás Cuadrado

La mujer de gris (I) – Relato de Nicolás Cuadrado

Son las cinco de la tarde, acabo de salir del trabajo y me dirijo al cementerio. Mi intención es hacer una visita a la tumba de mi tío Jaime, fallecido hace casi un año y a donde no he vuelto desde entonces.

Me detengo en la floristería a coger unas flores y sigo caminando. Estamos en el mes de febrero, hace mucho frío. El cielo está cubierto de nubes que amenazan tormenta, sopla un viento helado y empieza a llover. Andar por la calle con este clima es casi una hazaña. Me abrigo lo mejor que puedo, subiéndome el cuello de la cazadora, abro el paraguas y continúo por la carretera que conduce al cementerio parroquial. Apenas diez minutos más tarde estoy en la entrada. Empujo la gran puerta metálica y paso dentro mientras se cierra a mis espaldas con un golpe seco, empujada por el viento, emitiendo un chirrido agudo y desagradable.

Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Nunca he tenido miedo de estos lugares, pero hoy, la soledad del recinto y la oscuridad provocada por las nubes de la tormenta me hacen sentir algo más que respeto.

Miro en todas direcciones y no veo a nadie; el recinto parece desierto. Sin embargo, tengo la sensación de ser observado. Avanzo con paso firme hasta la sepultura de mi tío, que se encuentra a unos treinta metros, en el panteón familiar.

Me santiguo y rezo una breve oración mientras deposito el ramo de flores al pie del nicho interior.

Me encuentro nervioso; siento de nuevo un escalofrío.

Estoy agachado colocando las flores, cuando oigo una voz a mi espalda que pregunta:

—¿Has traído esas flores para mí?

El susto me deja helado. Giro la cabeza y veo sentada en una sepultura vecina a una mujer de mediana edad, de bellas facciones, pero con la cara pálida y los ojos tristes. Llama mucho la atención la ropa que lleva puesta, excesivamente ligera para la época del año: vestido gris largo, hasta los pies, que calza con unas sandalias abiertas de verano. No lleva prenda de abrigo, y completa el atuendo con un pañuelo del mismo color que el vestido, con el que se cubre la cabeza.

Sentada frente a mí, ofrece un aspecto siniestro, yo diría que muy parecido a un fantasma.

A pesar de la fuerte impresión recibida, consigo reaccionar y respondo a su pregunta:

—Estas flores las he traído a la tumba de mi tío. ¿Por qué se supone que debería traérselas a usted? Aquí la gente viene a traer flores a los muertos; usted está viva y, además, no la conozco de nada.

La mujer no se inmuta y me responde con una sonrisa triste:

—Perdone, no pretendía asustarle; mi familia y amigos suelen traerme flores, así como mi primo Agustín, con quien le he confundido; su parecido con usted es asombroso.

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Escándalo. Relato de Soledad del Yerro

Escándalo. Relato de Soledad del Yerro

Cerca de los años setenta del siglo XX, al salir del instituto, cuatro amigas se iban a toda prisa cerca del Paseo de la Castellana, para ver llegar a su casa al cantante Raphael. Era un chaval que había llegado de Linares con su familia y habían vivido modestamente en varios barrios de Madrid, con el único deseo de triunfar como cantante.

Cuando lo fichó su primera discográfica, la compañía holandesa Philips, el cantante se fijó en que el nombre de la marca contenía ph. Decidió entonces sustituir la f de su nombre de pila, Rafael, para diferenciarse y, sobre todo, para darle un nombre más internacional y moderno a su marca artística. Ese mismo año, bajo este nuevo nombre, con la canción «Llevan» (de Martínez Llorente y Guerrero), se alzó con la victoria en el Festival de Benidorm, lo que lo catapultó a la fama.

Aquellas chiquillas del Instituto y muchas más se convirtieron en sus más fieles animadoras. Llegó el verano y los anuncios de que Raphael daba un concierto en la plaza de las Ventas alborotó a las cuatro fans amigas, que convencieron a sus padres para que les dieran permiso para ir a escucharlo.

El concierto se prolongó bastante, y cuando el cantante empezó a cantar la canción «Escándalo», con ritmo latino y toques pop, la multitud se volvió loca, acompañándole y bailando con tal brío que casi derrumban la plaza.

Al llegar a su casa ya de madrugada, las chicas se encontraron con una vecina viuda a la que acompañaba un señor; al verlas, ella se despidió de él y las cinco juntas se metieron en el ascensor. Nada más arrancar, este se paró y se quedaron atrapadas entre dos pisos

—No os asustéis —dijo la señora—. Vamos a cantar alguna de las canciones de las del concierto y algún vecino nos escuchará y vendrá en nuestra ayuda.

Las cinco se pusieron a cantar a voz en grito, dando saltos para ver si el ascensor se movía. La canción «Escándalo» fue la elegida. Los vecinos más cercanos las oyeron y se acercaron con intención de ayudarlas, alumbrados con linternas, pues el problema era que la luz del edificio se había cortado.

Les pidieron que avisaran a sus padres. Llamaron a la compañía eléctrica y les dijeron que estaban solucionando la avería. Amanecía cuando pudieron salir; los comentarios de los vecinos fueron variopintos: el «escándalo» estaba servido.

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Saca el güisky Cheli. Relato de Rocío Urraca

Saca el güisky Cheli. Relato de Rocío Urraca

Contaba yo con 11 años, cuando la Canción del Verano del 75 creada por un grupo de estudiantes de la tuna universitaria, dio el pistoletazo de salida a un nuevo género musical denominado Rock Rural (leído:“roz rurá”) y todavía recuerdo las carcajadas en casa por el contenido humorístico de su letra y su ritmo desenfadado.

En la famosa “edad del pavo” era justo lo que yo necesitaba para pasar aquellas tardes calurosas de luz interminable con amigos de mi edad en las que tratábamos de imitar a este grupo entre risas y ocurrencias.

Sin malicia ninguna, pero con muchas ganas de pasarlo bien, nos aprendimos la letra basada en las cosas habituales que suceden en las fiestas de los pueblos: los pilones, las charangas, los bailes en la plaza y, por supuesto, las borracheras y sus consecuencias. Pero lo que más gracia nos hacía, era el lenguaje coloquial y los títulos de las canciones.  Esta concretamente, decía:

“Bajando mismamente por la calle Mayó, llevando una tajá como un piano…

Íbamo(s) aquí lo(s) amiguete(s) y yo, jalando con la moto a tó trapo…

La gente mayormente se quedaba alelá, porque íbamos pisando lo(s) charco(s)…

Saltando lo(s) semáforo(s) detrás de las jai, y echando a voces este cantar…”

Yo sí que estaba “alelá” porque no sabía lo que cantaba, pero mis padres me tradujeron la jerga y pude entender el mensaje.

Me gusta de vez en cuando echar la vista atrás y ver lo mucho que disfruté de aquella época y de aquella música con tanta chispa y divertimento. (Muy necesario entonces, por cierto). ¡Qué suerte poder trabajar así, divirtiéndose uno, y qué lástima que un fenómeno tan divertido y fresco como aquél no se haya vuelto a producir!

Aun a riesgo de parecer ser intolerante, aviso: “¡Al reggaetón, ni agua!”

¿Quién enseñó a leer a mi abuela? Relato de Morganti

¿Quién enseñó a leer a mi abuela? Relato de Morganti

Cuando nuestra querida profe nos puso varias escenas o momentos para que nosotras eligiéramos sobre cuál nos gustaría comentar o escribir un relato, a mí me llamó enseguida la atención uno en el que una abuela leía un cuento a sus nietas; me gustó y me recordó a mi infancia.

Cuando yo era pequeña, mi abuela, que vivía en un pueblo de Córdoba llamado Almodóvar del Río, por cierto, muy bonito, se vino, ya mayor, a vivir a Madrid con nosotros. Como mis padres trabajaban por la mañana y por las tardes y volvían a casa por la noche, mi abuela y yo estábamos todo el día juntas.

Por entonces metían por debajo de las puertas unas novelas todas las semanas, y yo no sé si había que pagar algunos céntimos para que te las trajeran habitualmente. Mi abuela me las leía y yo las escuchaba boquiabierta. Nunca olvidaré cuando me leía un episodio de la Biblia en el que Jesucristo, en la cruz, le decía al buen ladrón, según mi abuela, Dimás, pronunciado Dimás: «Yo te prometo que hoy estarás conmigo en el Paraíso». Vuelvo a decir el énfasis que mi abuela ponía al pronunciar el nombre del ladrón, pero, bueno, me encantaba.

Pasado el tiempo, yo he leído la Biblia y observo que el nombre en el que mi abuela ponía tanto énfasis al pronunciarlo no llevaba ningún acento. No era «Dimás», sino «Dimas».

Pero lo que me llamó la atención cuando fui mayor es que me preguntaba: «¿Quién enseñó a leer a mi abuela?». Nació en 1870 y desde pequeña trabajó en un cortijo con sus padres, distrayendo al hijo de los dueños, que al final del día le pagaban con un tazón de aceitunas.

¿Quién enseñó a leer a mi abuela?

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