Los Mayores Cuentan

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Casas de madera. Relato de Francisco Pérez

Casas de madera. Relato de Francisco Pérez

¿Te acuerdas cuándo estudiábamos en la Escuela de Arquitectura y hablábamos de la casa que nos gustaría diseñar cuando termináramos la carrera?

Yo siempre había defendido hacer bloques de pisos de ladrillo rojo, rodeados de jardines y con una separación entre cada edificio suficiente para que corriera el aire entre ellos. No deberían tener una gran altura, a lo mejor cinco o seis plantas era la medida adecuada, y sobre todo que no hubiera ventanas con orientación oeste porque en verano las tardes de puesta de sol se hacían insoportables con ese calor que nunca terminaba.

Tú, en cambio, no parabas de investigar en casas de madera en el campo, preferentemente cerca de una masa de agua. Los paisajes de montaña con las casas en las laderas eran tus favoritos; decías que te sugerían paz y tranquilidad, lejos del trajín urbano. Además, viviendo en el campo verde siempre podías organizar excursiones al bosque cercano e invitar a los amigos a pasar buenos ratos de paseo y charla, lejos del tráfico rodado y de las aglomeraciones de gente. Tu modelo de casa de madera no se alejaba de las estampas que siempre habías visto, con tejados de pizarra protectores de las nieves y paredes de madera robustas. No habría que preocuparse por los calores del verano que en estos parajes nunca apretaban.

Pasaron los años, yo me fui a construir pisos en polígonos de nueva creación y tú te casaste con un amigo común, también arquitecto, y os hicisteis una casa con tejados de pizarra y paredes de madera en la ladera de una montaña. Me escribiste para decirme que el cambio climático también había llegado a los valles verdes y que en el verano os alquilabais un apartamento de ladrillo rojo en la costa.

Soñar bien despierta.  Relato de Rocío Urraca

Soñar bien despierta. Relato de Rocío Urraca

Dorada estudió Ganadería y Asistencia en Sanidad Animal en León, porque no había Facultad de Veterinaria en Oviedo. Sufría por la despoblación de su pueblín y decidió estudiar algo que además de gustarle, resultara útil para su comunidad. Al acabar FP, salió una convocatoria de la Conserjería del Medio Rural que fomentaba el relevo generacional y la modernización del campo. Las ayudas económicas eran buenas, y como cumplía requisitos, decidió acogerse al programa para jóvenes ganaderos.

Enfocó su proyecto en Gestión de la Explotación. Investigó si algún compañero de promoción se hubiera presentado también y encontró a tres, con quienes contactó para proponerles cooperativizar ya que supondría un buen empujón al comienzo. Presentado su expediente, estos jóvenes, universitarios, con ganas de modernizar el campo y competentes tecnológicamente, se entusiasmaron. A corto plazo, sabían que tendrían que realizar un fuerte sacrificio, pero a medio, si la modernización completa progresaba, podrían establecer un mes de vacaciones anual, como en casi todas las empresas. Siendo cuatro, sería más fácil combatir la “esclavitud”.

Cuando presentaron el proyecto común, los concejos aplaudieron la defensa de su tradicional modo de vida y acordaron prestarles ayuda desinteresadamente durante el primer verano rehabilitando las cabañas que necesitaban reparación para alojar al ganado en invierno. A cambio, se organizaría una feria local anual publicitada a través de redes sociales, cuyos beneficios económicos se repartirían entre todos y destinando también una partida para las fiestas. Fue un éxito.

Dorada no sólo no se fue de su pueblo, sino que le impulsó hacia un futuro mejor. En sólo tres años, la cooperativa creció y esto hizo que nuevas familias se asentaran. El futuro estaba asegurado pero ella seguía activa en su ambición. Se sentó en una de las balas de paja del cobertizo pensando reunirse con sus compañeros y proponerles: «¿Cómo veríais ampliar nuestro negocio con el manejo de fitosanitarios ecológicos?»

Aventuras y recuerdos. Relato de Soledad del Yerro

Aventuras y recuerdos. Relato de Soledad del Yerro

Hace una veintena de años, yendo en coche a pasar unos días a la sierra de Gredos con mis hijos y nietos, tuvimos que parar porque un camión que iba cargado con una casa de madera prefabricada, al que seguía una enorme grúa, nos cortó el paso.

Nos llamó la atención ver cómo una cuadrilla de jóvenes la colocaba al pie de la montaña. Se hizo de noche y, desde una de las terrazas del hotel donde nos alojábamos, se divisaba la casa. Nos asombró lo bonita que resultaba iluminada por unos faroles de madera y cristal donde lucían unas bombillas en forma de velas; estas, reflejadas en las calizas piedras de la montaña y el verdor de la hierba y flores silvestres que cubrían el suelo, le daban un ambiente mágico.

Comentamos que, si era cómoda y estaba bien amueblada por dentro, resultaba asombrosa la rapidez con la que se podía disfrutar de una vivienda en un lugar tan especial. De pronto, Juan dijo:

—Esta casa de madera me recuerda a la historia de Daniel Boone; leí sus aventuras con mucho interés cuando era un chaval y nunca se me olvidaron.

—Cuéntanos quién era y alguna de sus aventuras —le pidió interesado su hijo.

—Daniel Boone nació en 1734 en Estados Unidos. Se hizo famoso por vivir durante largos periodos en la naturaleza salvaje, muchas veces en cabañas de madera o refugios construidos por él mismo con los troncos de los árboles. Era un gran cazador y pasó parte de su vida explorando los bosques y montañas de lo que hoy es el estado de Kentucky.

»Ayudó a abrir una ruta llamada Wilderness Road, entre Virginia y Kentucky, por donde llegaron miles de colonos que se instalaron en asentamientos como Boonesboro, donde él se instaló con su familia. A Boone se le conocía como un símbolo de libertad y vida salvaje. En 1778, mientras cazaba cerca del río Ohio, fue capturado por un grupo de indígenas; en lugar de matarlo, decidieron adoptarlo en la tribu porque le admiraban como cazador y por su valentía. Incluso le dieron un nombre nuevo y le trataron como a uno de los suyos.

»Boone se enteró de que los indígenas planeaban un gran ataque a Boonesboro, y que sus habitantes corrían peligro. Un día que se encontraba solo, escapó corriendo por el bosque. Caminó y corrió cinco días sin comida ni descanso. Llegó agotado… pero consiguió avisar a los colonos, que así pudieron prepararse para el ataque. Esta historia lo hizo aún más famoso como símbolo de resistencia y supervivencia en la naturaleza.

Los niños se quedaron maravillados y, a la mañana siguiente, le pidieron a su abuelo —que era muy hábil y tenía ideas geniales para fabricar cosas— que en el jardín de la urbanización de su casa, en el valle del Lozoya, les fabricara una casa de madera.

Disfrutaron de ella varios años; allí, con sus amigos, tenían toda clase de juegos. Una noche decidieron que les dejaran dormir con sacos y mantas y, todos contentos, se prepararon para pasar la noche. Era verano y el calor hizo que, al anochecer, el cielo se cubriera de nubes negras, presagio de tormenta. Los rayos y truenos les hicieron comprender que no tenían nada que ver con Daniel Boone y, todos asustados, se fueron corriendo a guarecerse en sus casas para dormir plácidamente en sus camas.

Ramito de violetas. Relato de Rosario Badillo

Ramito de violetas. Relato de Rosario Badillo

María y Juan tenían 14 años, se conocían desde muy pequeños. Los marqueses de la Regalía, padres de Juan, poseían en un pueblo de Cataluña una masía con una gran extensión de terreno donde pasaban todos los veranos. Los padres de María eran los guardeses de la finca y vivían en una casa pequeña, cerca de la grande. Los dos eran hijos únicos y estaban juntos la mayor parte del tiempo, jugando, bañándose en el río. Como tenían caballos, aprendieron a montar y daban grandes paseos con el padre. También se peleaban a veces, pero se les pasaba pronto.

Un día los marqueses celebraron una fiesta en la masía. Vinieron muchos invitados, todo estaba lleno de gente. Los chicos pensaron en gastarles una broma: llenaron una lata con saltamontes, entraron en algunas de las habitaciones y metieron entre las sábanas un puñado de ellos. Cuando los invitados se acostaron, el susto fue tremendo. Los marqueses, lógicamente, sabían quiénes habían sido los autores; castigaron a Juan sin salir en varios días. Ella le acompañó en su castigo. Arrepentido pidió perdón, se lo perdonaron, y siguieron con sus juegos.

El verano se acabó y él tenía que marcharse para empezar sus estudios en Inglaterra. Se acercó a la casa de María para despedirse. En el jardín cogió un ramito de violetas para llevárselo. Se abrazaron, diciendo “hasta el verano que viene”. No fue posible: se declaró la Guerra Civil Española. Juan se quedó en Londres, terminó sus estudios y se afincó allí.

Pasaron los años. Los marqueses murieron, él regresó para vender las propiedades, pues podía ocuparse de ellas; su trabajo fuera del país se lo impedía. Recordó sus andanzas de niño con María. Entró en la casa que llevaba años abandonada; la familia había fallecido. En un rincón encontró un libro, 20.000 leguas de viaje submarino, que él le había regalado en un cumpleaños. Ojeándolo encontró el ramito de violetas, seco pero conservado entre sus páginas.

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Pesadilla. Relato de Francisco Pérez

Pesadilla. Relato de Francisco Pérez

Concha y Marisa quedaban los miércoles por la tarde para merendar en su cafetería favorita.

—Concha, hay que ver el invierno tan duro que hemos pasado con tanto frío y sobre todo con la cantidad de agua que no ha parado de caer.

—Y que lo digas, Marisa, ha caído lo que no está escrito. Por suerte en nuestro barrio no ha habido que lamentar desgracias personales y tampoco inundaciones de bajos. Y ya te comenté el año pasado que cuando llegan los fríos mi afición favorita es preparar un cocido como el que aprendí de mi madre.

—Concha, ya te dije que el cocido no está entre mis platos favoritos; me resulta indigesto y además no sé si será bueno para el régimen que sigo, que es mayoritariamente de frutas, verduras y huevos; las carnes las dejo a un lado.

—Marisa, no sabes lo que te pierdes, el gusto que da reunir todos los ingredientes empezando por la visita al carnicero que te ofrecerá un buen morcillo, huesos de vaca, espinazo de cerdo y un trozo de tocino. El pollero te ofrecerá pollo o gallina, a elegir. Después vas a por los garbanzos que remojarás para que salgan tiernos y a por las verduras que a ti te gusten.

—Concha, no me convences; te he comentado varias veces que paso de largo cada vez que me acerco a una carnicería.

—Mira, Marisa, no te he contado lo mejor que pasa cuando vas echando los avíos del puchero, que dicen los andaluces, en la olla y cuentas el tiempo que queda para el remate en el que añades un poquito de repollo y vuelves a cerrar unos minutos más.

—Concha, no insistas, tuve una época en la que tenía pesadillas en las que aparecías tú comiendo cocido sin parar y tardé en aprender a olvidarlas diecinueve días y quinientas noches.

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