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Maqueta de León Gil de Palacio en el Museo de Historia de Madrid

Maqueta de León Gil de Palacio en el Museo de Historia de Madrid

Después de un laborioso proceso de restauración que ha llevado varios meses, la histórica maqueta de Madrid realizada por León Gil de Palacio en 1830, ya puede visitarse en el Museo de Historia de Madrid.

Se trata de un hito de la cartografía que, en sus 18 metros cuadrados, reproduce con asombrosa fidelidad las calles, plazas y edificios de la ciudad antes de que se derribara la Cerca Fiscal de Felipe IV.

El Museo de Historia de Madrid está en C/ Fuencarral 78 (metro Tribunal, autobús 149) y está abierto de martes a domingo de 10:00 a 19:00. La entrada es gratuita.

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El farolero. Artículo de Basilides Manso

El farolero. Artículo de Basilides Manso

En el último tercio del siglo XVII se empiezan a colgar faroles en la entrada de algunas casas importantes de Madrid, pero la oscuridad seguía siendo grande. A principios del siglo XVIII el Ayuntamiento obligó a los vecinos a poner un farol en la entrada de su casa, y no fue hasta 1765 cuando Carlos III ordenó instalar un alumbrado público operado por 115 faroleros que atendían 4.600 farolas de aceite en toda la ciudad.

En 1832 se empieza a instalar un alumbrado público con farolas de gas; en los sitios importantes como el Palacio Real o la Puerta del Sol se colocan candelabros, terminándose la instalación en 1847. Este alumbrado por gas fue lo que originó el oficio de farolero tal y como se practicó hasta su desaparición.

En 1878, para conmemorar la boda de Alfonso XII con María de las Mercedes, el Ayuntamiento colocó dos grandes candelabros en la Puerta del Sol.  Estos candelabros de luz eléctrica por arco voltaico se aprovisionaban por una máquina de vapor instalada en los bajos de lo que hoy está la sede de la Comunidad de Madrid.  En 1879 se celebró una corrida de toros nocturna iluminada.

La figura del farolero se hace común por todo Madrid cuando el alumbrado era por gas. Llevaba una pértiga con una lámpara de aceite en el extremo superior y, una vez abierta la llave del gas, aplicaba la llama y la farola quedaba encendida, hasta la mañana siguiente que tenía que acudir a apagarla, así una farola tras otra.

Con la instalación del alumbrado por electricidad siguió el farolero, ahora con una pértiga sin fuego. Abría la llave de la corriente eléctrica, situada fuera del alcance de los viandantes. Y el farol se iluminaba, y a la mañana siguiente hacía la operación inversa.

Cuando centralizaron el servicio de dar o cortar la electricidad, los chavales del barrio ya no podíamos cantar al farolero: “Soy el farolero de la Puerta del Sol, pongo la escalera y enciendo el farol”.

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El afilador.  Artículo de Basilides Manso

El afilador. Artículo de Basilides Manso

Es uno de los oficios antiguos que lucha por no desaparecer, pero tiene una existencia difícil. En tiempos el afilador alegraba las calles con la música característica de su silbato que hacía sonar continuamente; siempre había alguna ama de casa que tenía algún cuchillo o tijeras que no cortaban bien, y él se encargaba de dejarlas en perfecto estado.

Primero iban a pie con su pesada rueda, que giraban con un pedal. Era un trabajo penoso, que hacían hombres fuertes y animosos, la mayoría de “terra da chispa“ (Orense), que poco a poco se iban quedando sin clientes por la mejoría en las herramientas de corte de los hogares. Como el territorio a recorrer era cada vez mayor, recurrieron a la bicicleta y después a las motocicletas que les facilitaban mucho el trabajo.

Ahora su área de trabajo se ha reducido a las zonas donde abundan carnicerías, charcuterías o bares que sirvan tapas de jamón, porque a todos nos gustan las tapas bien cortadas y se necesitan cuchillos bien afilados.

Todo esto ayuda a su mantenimiento, pero como otros muchos oficios, no tienen continuación en la descendencia. Cada día quedan menos afiladores y más mayores, que poco a poco se van jubilando. Pero de la alegría que, por lo menos a mí, da oír su musiquilla característica, ya nos queda muy poco.

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El organillero. Artículo de Basilides Manso

El organillero. Artículo de Basilides Manso

El organillo es un instrumento de origen italiano que llegó a España en el último tercio de siglo XIX y se extendió rápidamente por todo el país, sobre todo en Madrid, donde era corriente, no solo en las verbenas, sino también por calles y merenderos.

Descubrieron los organilleros que no todas las calles de Madrid tenían la misma sonoridad, resultando la calle de la Encomienda, entre Embajadores y Mesón de Paredes, la mejor para oír el organillo.

Cuentan una historia que estaba un día un organillero, llamado Emilio Cazorla, tocando en esta calle La Revoltosa y entre los clientes había uno especialmente embobado con la música. Al acabar, se acercó al organillero y mantuvieron el siguiente diálogo:

—Le felicito, amigo. Nunca creí que se pudiera sacar tanto partido a un organillo. Es usted un verdadero artista.

—No soy yo, señor, es que el maestro Chapí es un genio componiendo.

Entonces el desconocido le da la mano y le dice:

—Muchas gracias, amigo, yo soy Chapí.

El pobre Emilio se quedó sin habla.

Ya el organillo ha pasado a ser un objeto de museo, se ve en alguna verbena y poco más. Ya no puede deambular por las calles como solía hacer.

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Un camposanto en el Retiro.  Artículo de Basilides Manso

Un camposanto en el Retiro. Artículo de Basilides Manso

El rey Carlos III (1759-1788) mandó construir un camposanto en los jardines de palacio de El Buen Retiro, para que en él reposaran los restos de los trabajadores del palacio, como premio a su dedicación.

Hay datos de que en 1787 se construye una capilla en los jardines, para atender a las necesidades del camposanto, que estaba dedicada a San Fernando.

También hay noticias confirmadas de que en este camposanto se enterraron algunos de los muertos de la sublevación contra los franceses en los días 2 y 3 de mayo de 1808 que dieron origen a la Guerra de la Independencia.

Estaba situado en una zona no determinada, situada entre la plaza del Ángel Caído, el Palacio de Cristal y la calle Alfonso XII.

A final del siglo XIX se remodeló toda la zona con motivo de la construcción el Paseo de Fernán Núñez (Paseo de Coches), desapareciendo el cementerio.  No se sabe qué hicieron con los restos.

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