
Es uno de los oficios antiguos que lucha por no desaparecer, pero tiene una existencia difícil. En tiempos el afilador alegraba las calles con la música característica de su silbato que hacía sonar continuamente; siempre había alguna ama de casa que tenía algún cuchillo o tijeras que no cortaban bien, y él se encargaba de dejarlas en perfecto estado.
Primero iban a pie con su pesada rueda, que giraban con un pedal. Era un trabajo penoso, que hacían hombres fuertes y animosos, la mayoría de “terra da chispa“ (Orense), que poco a poco se iban quedando sin clientes por la mejoría en las herramientas de corte de los hogares. Como el territorio a recorrer era cada vez mayor, recurrieron a la bicicleta y después a las motocicletas que les facilitaban mucho el trabajo.
Ahora su área de trabajo se ha reducido a las zonas donde abundan carnicerías, charcuterías o bares que sirvan tapas de jamón, porque a todos nos gustan las tapas bien cortadas y se necesitan cuchillos bien afilados.
Todo esto ayuda a su mantenimiento, pero como otros muchos oficios, no tienen continuación en la descendencia. Cada día quedan menos afiladores y más mayores, que poco a poco se van jubilando. Pero de la alegría que, por lo menos a mí, da oír su musiquilla característica, ya nos queda muy poco.
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