Los Mayores Cuentan

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Recuerdos de niño: Confianza

Recuerdos de niño: Confianza

Con este pequeño relato de Julián del Río estrenamos en este Blog un espacio para recoger recuerdos de la infancia y juventud de nuestros lectores. Recuerdos de un mundo muy diferente al que vivimos en estos tiempos, pero que nos ayudan a entender quienes y cómo somos hoy y nos traen inspiración para construir, sobre nuestras experiencias pasadas, nuestro futuro.

Gracias, Julián, por romper el hielo con un relato tan cálido y entrañable.

Transcurrían los años 50 y 60 del siglo pasado, y mis recuerdos son los de cualquier niño por aquel entonces en el medio rural que era donde yo vivía.  Recuerdo que debíamos ir a besar la mano del cura cuando pasaba cerca de donde estábamos jugando y otro tanto ocurría cuando pasaban los guardias, que debíamos ir a saludarles con las buenas tardes.

Era una época de vida sencilla, en la que para ir a por pan, por ejemplo, te daban un vale que se lo dabas al panadero y éste te daba una hogaza; para ir a la carnicería te daban una tarjeta, que según la cantidad que pidieras, te hacían una muesca o varias. Así mismo, si se necesitaba aceite, o cualquier cosa de ultramarinos, tus padres te mandaban a la tienda, donde te daban lo que habías pedido y luego lo apuntaban.  Lo mismo ocurría si necesitabas cosas de ferretería o lanas o una tuerca o simplemente una bobina de hilo, te lo daban en la tienda e igualmente lo apuntaban.

Todo esto lo liquidaban cuando pagaban el cereal o en el caso de mis padres, cuando liquidaban la resina, o cuando daban las suertes de leña. Era cuestión de confianza, de tal manera que, si necesitabas un apero de labranza o cualquier otra cosa, y se lo pedías a un vecino, te contestaba: “ya sabes dónde está, lo coges y me lo vuelves a dejar después en su sitio”.

Vuelo en pandemia. Un relato de María Luisa Illobre

Vuelo en pandemia. Un relato de María Luisa Illobre

El avión del vuelo 36276 de la compañía Iberia estaba dispuesto a iniciar viaje hacia Dublín. El pasaje compuesto por 125 personas se encontraba ya en el túnel de salida en espera de que se abriera el portón del aparato. Una azafata en la puerta se encargaba de recoger todos los pasaportes y autorizaciones que se le iban entregando, ya que debido a la pandemia se debía proceder con cuidado extremo sobre el estado de cada individuo.

Pasaron varios minutos hasta que se completó la entrada y después de un breve saludo, el Comandante informó de que el vuelo sería de aproximadamente tres horas, anunciando que el tiempo era excelente.

El personal de servicio procedió a revisar todas las autorizaciones para seguidamente entregarlas en la cabina de mando. Uno de los azafatos, según las comprobaba, observó que una de ellas tenía un papel diferente. Se lo dijo a su compañera y efectivamente, no era igual que el resto. Pasaron a la cabina de mando y el Comandante corroboró que se trataba de una burda fotocopia.

Inmediatamente se informó al pasaje del hecho y se pidió que la persona a la que correspondía la fotocopia dejara su asiento, ya que debido a que el documento era falso, existía la posibilidad de que no teniendo el PCR correcto, quizá estaba contagiada del virus y la persona que fuera a su lado podría contagiarse igualmente.  Inmediatamente se formó un revuelo enorme. El avión seguía su rumbo y nadie se levantó de momento. Tuvieron que pasar unos largos minutos que se hicieron eternos hasta que de la fila 26 salió un señor de avanzada edad que se hizo responsable del hecho.

Después de grandes voces, varios pasajeros querían linchar al anciano. Su compañero de asiento salió disparado y se refugió en el baño. El personal de servicio entretanto acompañó al señor hacia la cola del avión. Allí, y una vez con las medidas de seguridad al máximo, le fue practicado un test de antígenos, instalándole en una butaca aislada hasta que se supiera el resultado. Acto seguido se informó al pasaje que debían ponerse las mascarillas y que por ningún motivo debían retirarse. Transcurridos unos minutos se pudo comprobar que el señor estaba completamente sano, no tenía ni rastro de virus.

Al preguntarle el motivo por el que había obrado así contestó que había llegado al aeropuerto momentos antes de que se pusiera en marcha el avión. Iba a Dublín donde habían ingresado a su hija que iba parir con un parto de alto riesgo y no se había hecho una PCR. En el aeropuerto se le acercó un individuo que le pidió 500 € por facilitarle una autorización, que como pudo comprobarse era falsa.

El avión aterrizó con normalidad y el resto del pasaje en general le afeó su conducta.  Habían pasado un gran susto por su culpa. El comandante le llamó aparte comunicándole que había llamado a la policía durante el vuelo.

El Inspector de policía se personó inmediatamente.  El señor debía presentarse a la Comisaría general, pero ante el caso le dejó en libertad para que llegara a tiempo de ver nacer a su nieto, indicándole que al día siguiente tenía que presentarse en la Comisaría para ponerle la multa correspondiente. Don Joaquín Calvo, que así se llamaba, acudió puntual a su cita con la Policía.  Llegó radiante y con una gran foto de su nieto que había nacido felizmente.

Gitanos. Un relato de María Luisa Illobre

Gitanos. Un relato de María Luisa Illobre

En días pasados se presentó en la iglesia de San Judas Francisco López, un gitano que preguntó por el «Sr. Párroco”.  Se dirigió al sacristán de la iglesia, quien le informó de que no se le podía molestar, ya que acababa de terminar la misa de nueve y estaba desayunando. Ante la insistencia de que tenía que hablar con él rápidamente, el sacristán fue en busca de Don Marcial, párroco de San Judas.

El gitano fue pasado a su despacho, pero insistió en que tenía que hablar con él pero en un confesionario, a lo que el cura accedió. “Dígame Vd. qué quiere contarme y yo gustosamente le oiré”.  “Pues mire, vengo a decirle que acabo de matar a mi compadre Julián”.

Don Marcial dio un respingo que no cayó al suelo porque estaba sentado. “Pero bueno, ¿qué me viene Vd. a contar?” “Pues mire, me había robado cuatro gallinas y ahora le pillo con otras dos bajo el abrigo”. “Pero bueno, ¿no había otra forma de reclamarle?”  “No señor, tomé la escopeta y le sacudí dos tiros».

El cura no salía de su asombro, notaba que el desayuno se le estaba agriando en el estómago. “Mire, donde tenemos que ir inmediatamente es a la Guardia Civil”. “Pero bueno -contestó el gitano- ¿para qué cree que vengo a Vd.? Pues para que me perdone. ¿No dicen siempre que hay que perdonar los pecados? PUES HAGALO”.

A Don Marcial un sudor le subía y otro le bajaba.  Salió inmediatamente y llamó a voces al sacristán. “Si tienes la furgoneta preparada, llévame a la casa de este animal y veremos qué hay que hacer”.  Tomaron los tres el camino que el gitano les indicaba y entre escombros, coches machacados y suciedad estaba la casa, pero lo único que se oía era un gran cacareo, sin ningún signo de que allí se hubiera producido un asesinato.

El gitano penetró en el corral del compadre, el cual estaba tranquilamente recostado en una especie de camastro fumándose una buena cantidad de mariguana. Don Marcial y el sacristán no salían de su asombro.  Ante sus preguntas, éste les contó habían hecho una apuesta sobre si Francisco tenía el valor de ir a San Judas y comprobar cómo los curas perdonaban a todos los pecadores y él se había ofrecido, como podían comprobar.

Al día siguiente, en misa de nueve, Don Marcial en la homilía con la que machacaba a todos los beatos, les decía que había pecados gordos y gordísimos, y que está muy feo reírse de personas que a lo único que se dedican es a tratar de hacer el bien.

El por ejemplo estaba arrastrando una colitis por haberle sentado mal un desayuno por culpa de un “mala leche”. Entretanto, en un rincón de la capilla dos personas se estaban corriendo la gran juerga.

Una lectora nos recomienda… «Una historia ridícula» de Luis Landero

Una lectora nos recomienda… «Una historia ridícula» de Luis Landero

Hace tan solo unos días, el escritor extremeño Luis Landero era distinguido con el muy merecido Premio Nacional de las Letras Españolas.

Aprovecho esta efeméride para recomendar la lectura de la novela “Una historia ridícula”, que he leído recientemente. Me ha gustado mucho.  Es una historia de amor deliciosa y rocambolesca a la vez, escrita maravillosamente, con los mejores ingredientes de las obras de Landero: fina ironía, hondura psicológica de los protagonistas, divertidos toques de humor y sabiduría a raudales.

La novela está también disponible en audiolibro.