Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

El Hada de la Luz.  Cuento de Soledad del Yerro

El Hada de la Luz. Cuento de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este precioso cuento infantil que nos gusta a los mayores también.

En un chalet de Las Navas del Marqués, pasaban el verano cuatro generaciones de una misma familia. Se trataba de María, madre de Isabel, abuela de Carmen y bisabuela de Rocío.

La casa era enorme y antigua, estaba rodeada de un jardín muy mal cuidado; tenía la puerta principal y otra pequeña de troncos de madera por la parte de atrás, que daba a una calle solitaria por donde podía entrar cualquiera con mucha facilidad.

Este pueblo de la provincia de Ávila es muy frío, pero en aquel verano de 1988 el mes de junio era totalmente invernal. Rocío era un bebé de tres meses, a la que su madre cuidaba con esmero, teniendo que enchufar una estufa día y noche para tener el cuarto habitable.

Durante el día, si hacía sol, salían al jardín algunos ratos, pero las noches eran miedosas, se levantaba un aire huracanado que al mover las ramas de los árboles hacían un ruido infernal, los relámpagos iluminaban la casa, y los ruidos de los truenos hacían temblar de miedo a sus habitantes.

Eran las diez de la noche y María y la niña estaban dormidas.  De pronto empezó una de esas grandes tormentas y se cortó la luz eléctrica.

—Mamá —dijo Carmen—, a ver si puedo encender una cerilla y busco unas velas en la cocina.

Casi a oscuras fue avanzando por un largo pasillo donde el viejo suelo de madera crujía bajo sus pies, y de pronto sintió que algo peludo le rozaba el pie, era un ratoncito de campo, lo cogió suavemente y lo puso en la palma de su mano. Al sentirse acariciado empezó a dar saltitos y poco a poco se convirtió en una lámpara de luz tenue.

—No te asustes, soy el Hada de la Luz, tengo mi palacio en la Ciudad Ducal, donde también vive la bruja de las sombras, que me envidia mucho porque ella es fea y malvada, y por eso nadie la soporta. Hace unos años, aprovechando una noche como esta, mandó unos rayos de magia negra sobre mi palacio, y parte de él quedó incendiado y sus habitantes convertidos en animales de distintas especies. A mí me convirtió en ratón, pero no pudo quitarme todos mis poderes, y por eso cuando alguien me acaricia puedo ayudarle en sus necesidades.

Carmen se quedó atónita oyendo hablar a una lámpara, que minutos antes era un ratón.

—No te asustes, por favor, y no le digas nada a nadie; cuantas más obras buenas pueda hacer, antes se romperá el hechizo. La bruja de las tinieblas no debe enterarse, por eso ninguno de mis protegidos puede contarlo.

Carmen, con la lámpara en su mano volvió al salón.

—Mira, mamá, lo que he encontrado en la cocina.

—¡Qué suerte, hija! Es una antigua lámpara de gas, aunque es flojita, su luz es mejor que la velas.

La lluvia arreciaba, aquella tormenta parecía no tener fin.

—Carmen, hija, ¿tienes miedo?

—Yo no ¿y tú?

—Tampoco.

Como apenas se veían las caras ni sus expresiones, preguntaban para conocer cómo se sentían.

El timbre de la puerta principal sonó con machacona insistencia. ¡Dios mío! ¿quién será a estas horas? Mirando desde la ventana a través de los árboles vieron dos potentes focos de un camión que iluminaban la calle.

—No abriremos la puerta.

—Sí, mamá, es mejor que vean que no tenemos miedo ni que estamos solas, ya que pueden meterse en el jardín y entrar por la puerta de atrás.

—Me pongo un impermeable, subo la capucha y salimos de dudas.

Carmen cogió la lámpara y acercándose a la entrada comprobó que eran unos repartidores de muebles que venían desde Madrid y se habían equivocado de chalet, ya que había varios de la misma construcción.

Las dos mujeres respiraron tranquilas ¡vaya nochecita! Sintieron pasos por el pasillo, era María, que con los timbrazos se había despertado, ¡lo que faltaba! De pronto el salón se iluminó, volvió la luz eléctrica, y Carmen enseguida se dio cuenta de que había un ratoncito debajo de su silla, y la lámpara de gas había desaparecido.

—Mamá, lleva a la abuela a la cama que yo voy a ver a la niña.

Momento en el que aprovechó para meter el ratoncito en una caja con pajas y pasarlo a su habitación, pues temía que su madre o su abuela se liaran a escobazos nada menos que con el Hada de la Luz.

2
El amor explicado de varias formas. Texto de Soledad del Yerro

El amor explicado de varias formas. Texto de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por sus explicaciones y versos sobre el inagotable asunto del amor, que nos incitan a dar, nosotros también, respuesta a sus preguntas.  ¿Te animas a darnos tus respuestas y reflexiones en los comentarios? 

Científicamente

Sobre el amor se dice que las mujeres son más enamoradizas, que el hombre es más infiel por naturaleza. Son algunas de las afirmaciones más comunes sobre el amor.

¿Pero qué hay de verdad en todo ello? ¿Es verdad lo del amor a primera vista existe y que la llama se apaga con los años?

Estudios científicos aseguran que el amor no es una emoción, sino un impulso, una necesidad fisiológica para el ser humano. Ese impulso llamado amor se inunda de feniletilamina, que es una anfetamina que segrega el cuerpo. También bajan los niveles de serotonina y se libera adrenalina, que fluye por el torrente sanguíneo haciendo que aumente el ritmo cardiaco .

La mezcla de estas sustancias hace que se creen vínculos emocionales con la otra persona y aparezcan los típicos síntomas del enamoramiento, se acelere el corazón, se impliquen los nervios y lleguen las mariposas al estómago.

Amor como sentimiento

Cuando te enamoras, lo principal es que seas correspondido, que el respeto sea mutuo y te sientas orgulloso de la persona amada porque cumple las expectativas que te hacen feliz.

 ¿Existe el amor a primera vista? Creo que sí, sé de varias parejas que por lo menos a uno de ellos le pasó y consiguió atraer a la persona que le había flechado, viviendo muchos años y disfrutando del amor que les llegó inesperadamente.

¿Que la llama se apaga con los años?  Todo lo que no se alimenta se apaga, si no remueves la brasa y le echas combustible, seguro que se apagará.

Que una pareja tenga que solventar enfermedades, tristezas, alegrías, éxitos, fracasos, eso es normal. La vida está hecha de esos ingredientes, pero si hay amor con todo se puede.

Con el correr de los años todo va más despacio, el ímpetu de la juventud se frena, pero el amor no desaparece. Hay tantas cosas que te unen y tanto cariño almacenado, que es una gozada cogerte de la mano, mirarte a los ojos y saber que sigues teniendo a tu lado a la persona amada.

En un artículo que leí hace unas semanas en una revista, donde se explicaba el amor científicamente, se acababa diciendo que el amor es mejor dejárselo a los poetas. Eso fue lo que me animó a escribir este pequeño relato sobre el amor y atreverme a explicarlo con un sencillo poema.

Primeros amoríos

Empieza la adolescencia

se siente que algo te cambia,

pues lo mismo que en tu cuerpo

algo te aflora en el alma.

Los amigos de la infancia

que siempre te acompañaron

fueron cambiando contigo,

vistieron pantalón largo.

Eran chicos estupendos

para mí especiales dos,

uno moreno, otro rubio 

sentí cariño, no amor.

Es fácil que te enamores

de alguien que ni se entere,

te harás falsas ilusiones

luego el desengaño, duele.

Conoces a un chico guapo

alto moreno educado,

que al rato de estar contigo

de ti se queda prendado.

Demuestra tanto interés

con respeto y devoción

que hace que se te acelere

el ritmo del corazón.

Amor a primera vista

sí puedo decir que existe,

lo que nos dice la ciencia

a mí me parece triste.

2
El oficio de tipógrafo. Relato de Soledad del Yerro

El oficio de tipógrafo. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este original relato que rememora un oficio ya desaparecido, pero que tanta importancia tuvo en la revolucionaria difusión de la palabra impresa.

En 1808 Álvaro Guzmán trabajaba como aprendiz de cajista en la imprenta del Diario de Madrid, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empezó su aprendizaje ya componía con bastante destreza. Le pagaban tres reales por cientos de líneas formadas con precisión y agilidad: manipulando veinticinco letras, hacía que se escaparan por entre sus dedos, pasando de la caja al molde.

Su vida le resultaba triste, pues aquel oficio tan rudimentario le esclavizaba la inteligencia sin entretenerla. Entonces empezaba a soñar con otros horizontes de espacios más abiertos y lejanos, donde su espíritu se sentía libre, saliendo de aquella oscura y sofocante imprenta.

Sus sueños le llevaban a reencontrarse espiritualmente con su amiga Inés, que era una pobre huérfana que vivía en Aranjuez con su tío, el padre D. Celestino Santos del Malvar, una de las personas más versadas en latín que había por aquella época.

-Mi amiga Inés tiene dieciséis años, dos menos que yo -contaba Álvaro a sus amigos-. Y aunque yo no tenga fortuna, será mi mujer con la ayuda de Dios, que hace grande a los pequeños. Es tan linda que avergüenza con su carita a las rosas del “Real Sitio”.

Cuando se ocupaba de estas alabanzas, departía mentalmente con ella. En tanto las letras pasaban por sus manos, trocándose de brutal y burda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los elementos de la creación, arrojados de aquí a allí, antes de empezar la gran obra.

Álvaro comprendió que la fuerza e ilusión que su alma sentía le venían dadas por el amor que Inés le inspiraba, que hacía que en su aprendizaje de Tipógrafo, que a él le parecía tan anodino, ¡solamente con recordarla! ponían en movimiento aquellos pedazos de plomo, surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, periodos, párrafos, discursos, capítulos, la palabra humana en toda su majestad.                 

3
Cosas de niños. Relato de Mª Luisa Illobre

Cosas de niños. Relato de Mª Luisa Illobre

Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por este estupendo relato que tan bien engancha al lector, despertando la intriga donde menos lo esperamos y manteniendo el suspense hasta el final.

Era lunes y Rosa se había prometido dedicarlo a organizar su apartamento ya que hacía tiempo que lo necesitaba. En aquel momento sonó el timbre. Era su amiga Teresa acompañada de sus dos niños. Tenía que acudir a una reunión y la profe de los peques estaba enferma. No había guardería. Le pedía que por favor se ocupara de ellos hasta por la tarde que volvería. No podía negarse y los niños encantados.

Como el día era estupendo tuvo que cambiar de planes y hacerse cargo de los niños. Preparó unos pequeños bocadillos y se encaminó hacia un parque que, aunque retirado, era nuevo y no había perros. Tenía un gran tobogán y varios juegos más.

Al llegar lo primero que hicieron Inés y Santiago fue encaramarse al tobogán y lanzarse por él. A Rosa le daba miedo pues tenía bastante altura, pero los niños ya lo conocían y disfrutaban mucho al bajar con velocidad. Ella se había llevado un libro y sentada en un banco leía su novela al mismo tiempo que vigilaba a los hermanos.

Poco tiempo después se acomodó en su banco un anciano con ganas de entablar conversación. Le contó que vivía muy cerca, pero no le iba bien, pues era la casa de su hijo, en la que también estaba el suegro de éste, muy mayor, con un mal carácter, bebedor y cuando el vino hacía su efecto, solía armar unos líos increíbles y siempre dirigidos a él. Estaba pasándolo mal y se iba al parque normalmente a desahogar su tristeza.

Rosa le escuchaba con atención y comprendía su tristeza. Entretanto los niños corrían y saltaban de un juguete a otro pasándolo “pipa” como decían. Mucho mejor que en la guardería sin tener a la profe cerca.

En uno de los silencios de la conversación con el anciano, Rosa vio a la niña sentada y llorando. Se acercó rápidamente a ella, pero no estaba su hermano.  Se quedó espantada cuando la niña le dijo que había ido con la señora a por un helado para los dos, pero hacia un rato y no volvían. Rosa no reaccionaba, estaba espantada de lo que contaba Inés. “¿Qué hacer, Dios mío?”.

Llamó a voces al anciano, que continuaba en el banco para seguir con la conversación, y se acercó con gran trabajo a su lado. No podía creer lo que Rosa le contaba. La niña no dejaba de sollozar llamando a Santiago a gritos. Rosa le pidió que se quedara con la niña y ella salió disparada para ver si encontraba a alguien que hubiera visto a una señora acercarse a los niños. Pero cerca no había nadie a quien preguntar.

Entretanto había pasado media hora. El abuelo sentado al lado de Inés le contaba no sé qué cuento que la niña escuchaba con interés. Rosa volvió al banco en un estado horrible de desesperación sin saber qué hacer. Nunca creía que a ella pudiera pasarle una cosa igual. Sabía que había malas personas que se dedicaban a secuestrar niños. Pero “¡Señor, que a ella no le ocurriera nunca!”.

Después de unos minutos vieron acercarse poco a poco a Santiago acompañado de una persona de edad y el niño llevaba en sus manos dos helados. Se abalanzaron a su encuentro sin que ellos comprendieran el porqué del recibimiento. La señora habló con Rosa y le dijo que no creía que en tan poco espacio de tiempo debían haber pasado tanto disgusto. Era una señora que visitaba el parque todos los días y cuando vio a los niños se puso a jugar con ellos y les ofreció un helado que los niños aceptaron de buen grado.

Cuando Teresa recogió a sus niños la recibieron con grandes abrazos contándole lo bien que se habían tirado por el Tobo, y hasta una anciana los había invitado a un helado de fresa. Querían que la profe no mejorara de su gripe para poder volver. Rosa no comentó.

1
La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por compartir este cuento tan encantador y tan bien escrito.

Cada tarde subo a la torre más alta del castillo donde ella está encerrada, la escalera es empinada y parece que está tapizada de recuerdos, de aquel tiempo cada vez más lejano. Cuando llego a la sala redonda donde ella me espera, mi respiración es fatigosa. Aquella juventud que parecía eterna empieza a abandonarme. Ella sigue igual, solo en sus ojos se advierte el paso del tiempo, por la soledad y la esperanza perdida.

Aunque hermanas también éramos amigas. El mundo parecía creado para nosotras, multitud de aromas impregnaban el aire debido a los árboles frutales y a la multitud de plantas que se cultivaban en nuestros jardines que, añadido al cántico de los pájaros, hacían que nuestro entorno resultara idílico.

Las dos cabalgábamos juntas, ella disfrutaba del paisaje, a mí, que desde pequeña mi padre me había adiestrado en el manejo de las armas, me gustaba más ojear, buscando donde se podrían encontrar más animales, para la temporada de caza.

Tuvimos varios amoríos, pero ninguno resultó ser lo que ambas buscábamos.

Pero un día llegó él, fue una mañana fría de invierno, pero luminosa y alegre, como aquél ser maravilloso que nos llegaba como llovido del cielo. Era alto, rubio, con unos ojos azules como el mar, dulces y acariciantes, pero a veces se asomaba a ellos un fuego, que calcinaba todo lo que ponía a su alcance.  Iba de paso, había una reina que en un país grande y lejano le esperaba para hacerle rey, entregándole riqueza y poder en un anillo de oro. No tenía prisa, era como un niño que encuentra un juguete, adueñándose de nuestro pequeño reino y de nosotras. Nos escribía poesías, tocaba el laúd, componía bellas canciones y nuestra pequeña corte vivió unos meses en un sueño dorado.

Nos cortejó a mi hermana y a mí, hasta que a las dos nos enamoró. No nos importó compartir nuestro lecho con él, con lo cual se llevó la virginidad de ambas.

Llegada la primavera, partió una mañana igual que había llegado. Nunca más volvimos a saber de él.  Mi hermana desde ese día se subió a la torre y hace varios años que vive allí encerrada. Yo lo sentí, pero también pensé que nuestro reino necesitaba de mí, que en la vida había muchas cosas que hacer, que vivimos una aventura preciosa, pero nada más. Mi visita de esta tarde es para hacerle saber que voy a contraer matrimonio con un príncipe bueno y generoso, al que pienso querer y respetar.

“Nuestro reino necesita descendencia, ¿lo entiendes?” le pregunté.  Contestó que sí, que sabía que las dos éramos muy diferentes, que me deseaba toda la felicidad del mundo, que ella lo era viviendo de sus recuerdos.  Así que tendré que seguir subiendo siempre que quiera verla, a la torre más alta del castillo.

4