Los Mayores Cuentan

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Cosas de niños. Relato de Mª Luisa Illobre

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Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por este estupendo relato que tan bien engancha al lector, despertando la intriga donde menos lo esperamos y manteniendo el suspense hasta el final.

Era lunes y Rosa se había prometido dedicarlo a organizar su apartamento ya que hacía tiempo que lo necesitaba. En aquel momento sonó el timbre. Era su amiga Teresa acompañada de sus dos niños. Tenía que acudir a una reunión y la profe de los peques estaba enferma. No había guardería. Le pedía que por favor se ocupara de ellos hasta por la tarde que volvería. No podía negarse y los niños encantados.

Como el día era estupendo tuvo que cambiar de planes y hacerse cargo de los niños. Preparó unos pequeños bocadillos y se encaminó hacia un parque que, aunque retirado, era nuevo y no había perros. Tenía un gran tobogán y varios juegos más.

Al llegar lo primero que hicieron Inés y Santiago fue encaramarse al tobogán y lanzarse por él. A Rosa le daba miedo pues tenía bastante altura, pero los niños ya lo conocían y disfrutaban mucho al bajar con velocidad. Ella se había llevado un libro y sentada en un banco leía su novela al mismo tiempo que vigilaba a los hermanos.

Poco tiempo después se acomodó en su banco un anciano con ganas de entablar conversación. Le contó que vivía muy cerca, pero no le iba bien, pues era la casa de su hijo, en la que también estaba el suegro de éste, muy mayor, con un mal carácter, bebedor y cuando el vino hacía su efecto, solía armar unos líos increíbles y siempre dirigidos a él. Estaba pasándolo mal y se iba al parque normalmente a desahogar su tristeza.

Rosa le escuchaba con atención y comprendía su tristeza. Entretanto los niños corrían y saltaban de un juguete a otro pasándolo “pipa” como decían. Mucho mejor que en la guardería sin tener a la profe cerca.

En uno de los silencios de la conversación con el anciano, Rosa vio a la niña sentada y llorando. Se acercó rápidamente a ella, pero no estaba su hermano.  Se quedó espantada cuando la niña le dijo que había ido con la señora a por un helado para los dos, pero hacia un rato y no volvían. Rosa no reaccionaba, estaba espantada de lo que contaba Inés. “¿Qué hacer, Dios mío?”.

Llamó a voces al anciano, que continuaba en el banco para seguir con la conversación, y se acercó con gran trabajo a su lado. No podía creer lo que Rosa le contaba. La niña no dejaba de sollozar llamando a Santiago a gritos. Rosa le pidió que se quedara con la niña y ella salió disparada para ver si encontraba a alguien que hubiera visto a una señora acercarse a los niños. Pero cerca no había nadie a quien preguntar.

Entretanto había pasado media hora. El abuelo sentado al lado de Inés le contaba no sé qué cuento que la niña escuchaba con interés. Rosa volvió al banco en un estado horrible de desesperación sin saber qué hacer. Nunca creía que a ella pudiera pasarle una cosa igual. Sabía que había malas personas que se dedicaban a secuestrar niños. Pero “¡Señor, que a ella no le ocurriera nunca!”.

Después de unos minutos vieron acercarse poco a poco a Santiago acompañado de una persona de edad y el niño llevaba en sus manos dos helados. Se abalanzaron a su encuentro sin que ellos comprendieran el porqué del recibimiento. La señora habló con Rosa y le dijo que no creía que en tan poco espacio de tiempo debían haber pasado tanto disgusto. Era una señora que visitaba el parque todos los días y cuando vio a los niños se puso a jugar con ellos y les ofreció un helado que los niños aceptaron de buen grado.

Cuando Teresa recogió a sus niños la recibieron con grandes abrazos contándole lo bien que se habían tirado por el Tobo, y hasta una anciana los había invitado a un helado de fresa. Querían que la profe no mejorara de su gripe para poder volver. Rosa no comentó.

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