Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

«Te escribo para decirte…» Relato de Soledad del Yerro

«Te escribo para decirte…» Relato de Soledad del Yerro

Querida amiga:

Te escribo para decirte que seguí tu consejo y en la primera comida familiar que tuve, les conté a mis hijos y nietos que en los paseos que suelo hacer varios días a la semana hasta la Plaza de Colón, había conocido a un señor de aspecto distinguido, apuesto y agradable, con el que al pasar de los días había iniciado una apacible amistad. Me admiraba su conversación amena y culta. ¡Ah! y debía de estar muy bien situado, pues venía a recogerle un chófer uniformado con un Mercedes de alta gama.

La mayor de mis nietas me preguntó:

—Abuelita, ¿y qué edad tiene?

—Más o menos la mía, el DNI no se lo he pedido, pero por el físico es muy apropiado para mi edad.

—Mamá —dijo mi hijo Daniel—, ¿nos estás gastando una broma?

—Ni mucho menos, hijo, vosotros tenéis vuestra vida, cosa que yo respeto y nunca quiero entrometerme en ella. Máxime que sois cuatro varones, y vuestras esposas también tienen que atender a los suyos. Así que quiero aprovechar los años que me quedan, para vivir sin daros problemas y sentirme acompañada.

Se lo creyeron de cabo a rabo, verles las caras hizo que tuviera que contener la risa.

Desde ese día las visitas de mis nietas son más frecuentes, las llamadas de mis nueras más constantes, en fin, que todo este cuento que les conté les ha debido de hacer pensar que, si rehago mi vida, puede que todo lo que tengo, que tú sabes que es bastante, pueda pasar a ser compartido.

Pero como las mentiras tienen las patas muy cortas, a ver cómo me las arreglo para quitarles a mis nietas la idea de ir con sus novios a conocer a mi “pretendiente imaginario”.

Espero, amiga mía, que me des alguna solución para salir de este entuerto.

Gracias por tu ayuda y comprensión.

Un abrazo.

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Pájaro desconocido. Relato de Mª Luisa Illobre

Pájaro desconocido. Relato de Mª Luisa Illobre

A pesar de que a diario se llenaba el cestito colgado en un cerezo del jardín con comida para los pajaritos que llegaban en enormes bandadas, no transcurrían pocos minutos hasta que las ardillas llegaran vaciándolo por completo, y al llegar ellos, ya lo encontraban desierto.

Un día la dueña pensó que ella lo que quería era alimentar a las aves, aunque cuando llegaba veía que las astutas ardillas, habían tomado la delantera. Los pajarillos, en cantidad salidos del nido no tenían que comer, pero imposible competir con ellas.

Esta señora descubrió que por defecto de fabricación de la casa, dos ladrillos se movían sin mucha dificultad. Se armó con una pequeña pala y poco a poco consiguió un agujero regular.

Acto seguido fue a un pequeño hospital de mascotas que estaban en tratamiento, muchos de ellos por enfermedad, y otros por haber sido disparados durante el vuelo. Habló con el encargado y le recomendó un pajarraco extranjero que había llegado allí. Se trataba de un ave que ellos desconocían, pero que tenía un graznido a ratos insoportable y que seguramente cumpliría con el fin de asustar a las ardillas. Era inofensivo y estaba asustado.

Ante la señora, después de dos o tres graznidos, no hizo ningún signo extraño. Y en un trasportín a su medida, el pájaro llego al jardín y fue instalado en el agujero que previamente se llenó de pajitas, comida y agua fresca.

Después de un buen rato llegaron las ardillas y devoraron toda la comida destinada a los pajarillos. El intruso vigilaba desde su agujero y de momento permaneció en silencio. Pero silenciosamente vigilaba. Cuando la señora vio que el comedero estaba vacío, volvió a llenarlo de nuevo. Multitud de pajaritos se abalanzaron a la comida hasta que no quedó un grano. Entonces llegaron tres o cuatro ardillas voraces. El pajarraco salió de su escondite y con sus graznidos impresionantes desaparecieron para no volver.

Pasó el tiempo y el intruso se iba acomodando a su nuevo domicilio, lo mismo que la familia se encariñaba poco a poco con él. Solo salía a volar las noches de luna clara, dando varios aleteos sin alejarse mucho. A su vuelta al jardín solía acercarse a la señora y acompañarla hasta que ésta se retiraba a su habitación. Ella siempre le agradecía portando unas semillitas de cualquier cosa, que comía con gran gusto desde sus manos. Se notaba un gran agradecimiento estando al lado de la persona que le había salvado la vida. Solía entrecerrar sus enormes ojazos de color miel bien arrimadito a su dueña.

Sucedió que en la casa de al lado vivía un vecino acompañado de un gato enorme, a quien le molestaba su graznido, ya que el poco ruido que hacía en su vuelo le hacía maullar sin parar. Se trataba de un señor de edad que harto de aquel ruido tomó su escopeta de caza y disparó repetidamente al pájaro, hiriéndole en ambas alas. La señora le esperaba en su tumbona, cuando arrastrándose le oyó llegar. Un reguero de sangre salía de sus heridas por lo que la señora lo acogió en su regazo hasta que cerró sus enormes ojos y murió.

La tristeza de su protectora fue enorme ya que sentía un gran cariño por él. Nunca supo de qué país había llegado, pero siempre recordó que fue un pájaro por el que había tenido un gran sentimiento aun mayor que por los pajarillos de su jardín. Después de un tiempo varias lágrimas se deslizaban por su mejilla.

El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

Fotografía de portada: Lago de Sanabria. Javier Díaz Barrera

Siempre me gustaron las novelas policiacas y de intrigas, me parecía apasionante cómo se resolvían tantos y tantos casos de robos, crímenes y atrocidades que el género humano suele cometer.

Terminé tres años de licenciatura, los que me sirvieron para prepararme unas oposiciones como inspector de policía, que con bastante esfuerzo aprobé. Hace dos años que estoy destinado en la Comisaría Provincial de Zamora, como el comisario Juan Zabaleta.

A los pocos días de ocupar mi puesto, tuve que marchar con Ana, mi ayudante,  una policía guapa, muy inteligente y, dicho sea de paso, que conduce mejor que yo, a la comarca de Sanabria, de donde nos llegaron denuncias de varios casos de robos, en viviendas y casas rurales.

Pronto averiguamos que se estaba pasando mucho contrabando de droga desde Portugal y que, en los jóvenes de los pueblos de esta zona, estaba haciendo estragos la maldita heroína.

Después de varios días de intenso trabajo, logramos averiguar quiénes eran los camellos y entre los consumidores encontramos al ladrón de los robos que, con tal de sacar dinero para esta sustancia, fue capaz de robar hasta a su propia familia. Raúl se llamaba. Todos fueron a la cárcel con más o menos condena.

Ana, que era de Puebla de Sanabria, aprovechando los pocos ratos que tuvimos libres me enseñó orgullosa la grandiosidad de aquellos lugares. El lago de Sanabria, al que le da su nombre la comarca, es el único en España de origen glacial y uno de los mejores conservados de Europa, de aguas cristalinas y exuberante vegetación. Lo recorrimos a bordo de un moderno barco, quedando maravillado de la fauna, flora y geología de esta singular reserva natural.

 Era el mes de junio y la temperatura de lo más agradable. Cuando nos disponíamos a subir al barco, un pasajero dio la voz de alarma: con su cámara había captado lo que parecía un cadáver de animal o persona en la otra orilla del lago.

Ana y yo nos dirigimos en una lancha motora al lugar indicado donde, efectivamente, hallamos el cuerpo de una mujer de unos cuarenta años, rubia, de uno sesenta de estatura, que yacía flotando en aquel rincón del lago, sin duda alguna, muerta.

—Ana, llama a la Guardia Civil y que avisen al juez y al forense; nosotros, sin tocar el cadáver, vamos a rastrear la zona.

Hicimos un examen de varios metros de diámetro y no encontramos pista alguna. El juez ordenó el levantamiento del cadáver y la doctora forense, Pilar de la Vega, ordenó trasladar el cuerpo al Anatómico Forense donde le practicaría la autopsia.

El resultado de esta nos aclaró que no había muerto ahogada. Tenía un tiro en la nuca, llevaba muerta cuarenta y ocho horas y todo indicaba que la habían matado en otro lugar y seguramente la habían arrojado al lago desde una lancha.

A la mañana siguiente, me dirigía al despacho que el juzgado municipal me había habilitado, cuando Ana, que estaba desayunando en una cafetería cercana, salió a mi encuentro .

—Comisario, ya sabemos la identidad de la fallecida, Marisa Ruiz. Es vecina de Trefacio, tiene dos hijos gemelos de veinte años y lleva diez meses separada de su esposo.

—¿De éste que se sabe? —pregunté.

—Según los hijos, siempre ha trabajado en Eiriceira, un pueblo de Portugal. Parece ser que la distancia (su madre y ellos siempre vivieron en Trefacio) fue la causa de que la relación entre el matrimonio se fuera enfriando, pero que el divorcio había sido amistoso. Los chavales están descompuestos y asustados. No saben quién le ha podido hacer esto a su madre.

—Buen trabajo, Ana. Cuando llegue el marido iremos a interrogarle.

La mañana fue intensa de trabajo: los jueces habían decidido enviar a Raúl, el chaval que había sido acusado de varios robos por su adicción a la heroína, a un centro de rehabilitación. Los padres pagaron los daños y perjuicios que había causado su hijo.

Cuando nos disponíamos a salir para comer algo y acercarnos a interrogar a marido y familiares de la víctima, sonó el teléfono. Contesté contrariado por la inoportunidad de la llamada:

 —Comisario Zabaleta al habla.

Una voz temblorosa me comunicó que otro cadáver de mujer estaba flotando en el lago. El denunciante era Jaime, un joven que alquila Patines y Canoas en la playa de «El Folgoso». Le di las gracias y rápidamente Ana y yo salimos hacia el lugar de los hechos.

Esta vez fue una pareja de recién casados, que se habían acercado a pasar el día en esta pequeña playa del lago cuando, al llegar al embarcadero a dejar la canoa que habían alquilado, vieron el cuerpo de la mujer flotando en el agua.

—Comisario —dijo Ana—, la mujer vista desde aquí se parece a la de ayer, solo cambia el color del pelo

—Tienes razón, Ana.

Cuando el juez y la doctora de la Vega examinaron el cadáver llegaron a la conclusión de que el crimen era muy parecido al de Marisa Ruiz. Como el día anterior, no había ningún detalle que nos pudiera conducir al asesino.

La autopsia, de nuevo,  les dio la razón. Las dos víctima tenían una edad parecida y en ambos casos la causa de la muerte fue un tiro en la nuca con balas del mismo calibre.

La mujer resultó ser vecina de otro pueblo cercano, divorciada, pero sin hijos.

—Ana, hay que avisar a la Guardia Civil para que pongan vigilancia día y noche en el lago. Me parece se trata de un asesino en serie.

Las únicas pistas que teníamos eran las balas y que, entre las uñas de la segunda víctima, la forense encontró piel de su agresor, lo que indicaba que intentó defenderse.

Llevábamos una semana vigilando el lago, interrogando a familiares y amigos, esperando los resultados de balística y los análisis de la piel del asesino.  En ese momento de relax mis ojos tropezaron con la mirada de Ana que un poco azarada fijó su mirada en el ordenador, aunque un leve rubor subió a sus mejillas. Cosa que a mí me resultó grato observar.

De mis dulces pensamientos me sacó la voz de Raúl que, gritando, pedía hablar conmigo. Abrí la puerta del despacho y el chico entró en tromba.

Había venido a pasar el fin de semana a su casa con permiso del centro donde estaba recluido. Dando un paseo se había acercado al lago y en un recodo del camino, había visto como un hombre no muy alto pero ancho de espaldas y de fuerte complexión, estaba arrojando al lago un gran bulto desde una canoa. La escena le resultó muy sospechosa así que, escondido entre los árboles, observó que el individuo iba vestido con ropa de camuflaje como la que llevan los militares en maniobras y se cubría la cabeza con una capucha que le impidió ver su cara. Tras deshacerse del bulto, el misterioso personaje giró la canoa hacia la parte del norte del lago y allí Raúl le perdió de vista.

Inmediatamente me puse en contacto con el jefe de la Guardia Civil destacado en la zona, quien me confirmó el hallazgo en el lago de una tercera mujer asesinada.

Las sospechas de la Guardia Civil recayeron directamente sobre Raúl. Dado el férreo dispositivo de vigilancia establecido sobre el lago era imposible que él hubiera visto algo que pasara desapercibido a los vigilantes. La denuncia era una mera maniobra de despiste para los agentes.

Las características del crimen eran las mismas: una mujer de parecida edad y divorciada. Esta última tenía una hija estudiando en Zamora.

Llamé a la residencia donde Raúl estaba interno y por desgracia me comunicaron que todos los días tenían varias horas de asueto, las qué podría haber aprovechado para cometer los crímenes. Él había usado muchas veces una pistola, para intimidar a la gente cuando entraba en sus casas, para cometer los hurtos.

Raúl juraba y perjuraba que él era inocente. A solas en el despacho, Ana me dijo:

—Comisario, yo estoy segura que este chaval no es el asesino

—Pienso igual que tú —dije yo—, pero de momento no hay otra solución que mandarle a la prisión de Zamora hasta el esclarecimiento de los hechos.

Los resultados de balística nos aclararon que las balas eran calibre 45 ACP, usadas frecuentemente por los cuerpos de vigilancia del Estado.

Dispuse que mi ayudante y yo fuéramos al lago para hablar con los agentes implicados en el dispositivo de vigilancia. Entre ellos había varios solteros y algún casado.

—¿Divorciado no hay ninguno? —preguntó Ana.

—Sí —contestó uno de los más jóvenes—. Hay dos, uno que es de Sanabria y otro que ha venido destinado de Madrid.

En ese momento salía uno de los mencionados de uno de los servicios allí instalados.

Al saludarnos observé que tenía varios arañazos en la cara.

—¿Cómo te has hechos esos arañazos? —pregunté.

—Rastreando el terreno me raspé con un rosal —contestó un tanto esquivo.

—Pues te vas a venir con nosotros para que te vea el médico en el cuartel —ordené. Hablaré con el cabo para que te releven.

—No hace falta, comisario, si esto no es nada —y mientras lo decía echaba mano a su pistola.

Ana sacó rápidamente la suya y, con gran rapidez, le redujo colocándole las esposas.

Una vez en comisaría, confesó que le había abandonado su mujer y nunca pudo encontrarla. En su desesperación cada vez que trataba con alguna divorciada, le hacía pagar lo que le hubiera gustado hacerle pagar a ella.

Raúl quedó rápidamente en libertad, pues además de que el caso estaba resuelto, la pistola que usaba en sus atracos era de fogueo, solo servía para intimidar.

Cincuenta lunas sobre Eritrea.  Relato de Soledad del Yerro

Cincuenta lunas sobre Eritrea. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por un relato que nos lleva nuevamente a un mundo real pero muy desconocido para muchos lectores.

Eritrea está situada en el cuerno de África y bañada por el mar Rojo. La colonizaron los italianos a finales del siglo XIX, y durante medio siglo mantuvieron su poder, hasta que los británicos tomaron el testigo en 1942, durante la ll Guerra Mundial, y la incorporaron a su Imperio, aunque su estancia fue breve.

Eritrea se federó con la vecina Etiopía en 1952, pero el acuerdo que parecía amistoso se convirtió en el desencadenante de una guerra. El gobierno de Isaías Alferwerki, que permanece en el poder desde 1991, tiene a Eritrea en un estado permanente de guerra. Esto hace que sus ciudadanos huyan a través de Etiopía o Sudán hasta llegar a Libia, donde buscan formas desesperadas para atravesar el Mediterráneo en busca de paz y una vida mejor.

Leiza y Naím, dos jóvenes habitantes de este país, estaban recién casados y se mataban a trabajar ayudando en el puerto por un sueldo miserable. Vivían con los padres de ella en el barrio de los pescadores, ahorraban hasta el último nakfa, con la ilusión de cruzar el Mediterráneo.

Un atardecer, cuando Naím llegó a su casa, le dijo a Leiza:

—Deja lo que estés haciendo, que quiero que conozcas a un amigo que tiene los mismos planes que nosotros.

—De acuerdo, enseguida me preparo y vamos donde tú quieras.

Se encontraron con Omar en una colina a las afueras de la ciudad, en un bar donde servían un té moruno, y se disfrutaba de unas preciosas puestas de sol.  Naím, después de las presentaciones protocolarias, muy impaciente le instó a que les contara sus planes para poder llegar a Europa.

—Conozco a un guardacostas. Si podemos reunir a cuarenta personas y le damos diez mil nakfas, pasadas cincuentas lunas llenas, nos tendrá preparada una patera, para que emprendamos viaje hacia Europa.

—Amigo, ten la completa seguridad de que haremos todo lo posible por reunir el dinero que nos corresponda, e intentaremos reclutar gente que quiera seguir nuestro camino —prometió Naím.

Desde ese día, al caer la tarde después de terminada la faena, Leiza y Naím se subían a la colina para ver cómo tras la puesta del sol, aparecía la luna y cuando, detrás de cuarto creciente le llegaba el ciclo a la luna llena, lo iban anotando.

Según se iba acercando la quincuagésima luna llena sobre el cielo de Eritrea, el corazón de ambos latía aceleradamente. Estaban a punto de conseguir su sueño.

Su aventura iba a comenzar de inmediato, el grupo y el dinero estaban ya preparados.

Salieron hacinados en una patera, eran muchos más de cuarenta entre niños y mayores los que la fueron ocupando, todos con mucho miedo porque sabían que la travesía era peligrosa, pero antes morir que vivir tan inhumanamente.

Leiza  y Naím,  cogidos de la mano y con lágrimas en los ojos, miraban como se alejaban de su tierra, llevándose la sensación de que la luna, que veían reflejada en el mar y les acompañó hasta que la luz del alba dio paso al primer día de su nueva vida, les iba a dar suerte.

Pasaron muchos días navegando en condiciones extremas, el hambre, el frio y la sed les fueron agotando (varios de sus compañeros de viaje murieron), hasta que un amanecer vieron un buque que se les acercaba. Todos empezaron a levantar los brazos a la vez que gritaban con sus escasas fuerzas, pidiéndoles auxilio.

Tuvieron la suerte de que fuera el Aquarius, barco de la» ONG SOS Mediterraneé»,  dedicado al salvamento de emigrantes, los que les recogieron y les prestaron ayuda de todo tipo. Su alegría se vio empañada cuando varios países europeos no les dieron permiso para que desembarcaran, hasta que supieron que en España podrían hacerlo.

Se encontraban exhaustos, la distancia era larga y el mar bramaba por las tormentas. Naím, estaba más agotado que Leiza.

—Ánimo, mi amor, que pronto nuestro sueño se va a ver cumplido —le decía a su esposo besándole cariñosamente.

Varios días después, avistaron las costas valencianas y la felicidad y la alegría llenó de momento la vida de los pasajeros.

Naím y Leiza ahora viven entre nosotros. No lo tienen fácil, pero están intentando abrirse camino muy lejos de su tierra y de su gente, confiando en que también les sean propicias las 50 lunas llenas sobre Madrid.

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Ladrones. Relato de Mª Luisa Illobre

Ladrones. Relato de Mª Luisa Illobre

Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por compartir este relato lleno de suspense e intriga.

Un coqueto chalet a las afueras de Murcia estaba habitado por un matrimonio de mediana edad y su hijo treintañero aficionado al surf. En días pasados este comunicó a sus padres que, ya que la estación era propicia, tenía pensado practicar su deporte fuera de España. La madre no estaba de acuerdo, por lo que el hijo no dio más detalles.

Habían pasado quince días y, según lo pactado, no sabían nada del muchacho.  Una noche cuando el matrimonio dormía, la señora oyó unos pequeños ruidos en la parte inferior del chalet. Despertó a su marido que, al bajar la escalera espantado, se encontró con varios individuos que estaban desvalijando la casa. Entretanto ya la señora bajaba detrás de él. No tuvieron tiempo de gritar. Se abalanzaron contra ellos e inmediatamente fueron atados de pies y manos. Una cinta de embalar fue colocada en su boca. Pasó media hora en la que los ladrones tuvieron tiempo de robar todo lo que se les ponía a mano y abandonaron la casa.

El matrimonio Soler no podía moverse. Las fuertes ataduras les habían dejado completamente paralizados. Tampoco podían comunicarse entre ellos ya que la cinta de la cara les producía mucho dolor.

Amaneció un día precioso, pero dentro de casa la oscuridad era absoluta. Sonaron unos golpes en la puerta producidos por el perro reclamando su paseo diario. Pero ellos no podían moverse. No obstante, el marido intentaba llegar a su mujer arrastrándose, pero le era prácticamente imposible. Después de muchos intentos pudo llegar cerca de su mujer. Estaba desvanecida cuando el teléfono comenzó a sonar. No podía cogerlo, pero en un último esfuerzo pudo tirarlo de la mesita en la que estaba. Inútil esfuerzo, porque solo se oía un sonido de comunicando. Reaccionó. ¿Podría llegar a un pequeño aseo que había en la entrada? Las rodillas empezaban a sangrarle debido al arrastre anterior.  Con mucho esfuerzo llegó al lavabo con idea de que el agua mojara la potente cinta de la cara. Tampoco podía mover los brazos, pero sí los dedos y al fin pudo abrir el grifo y que el agua corriera por su cara.

Con cuidado pudo tirar de la cinta y con mucho dolor poderla despegar en unión de su bigote que también sangraba. Pudo entonces gritar todo lo que podía para que alguien le oyera. Y sucedió que un vecino notó que el perro seguía aporreando la puerta. Le pareció extraño el comportamiento del animal, por lo que llamó al propietario, que se había quedado en el interior del aseo.

Rompió una ventana para poder entrar y socorrer al matrimonio. Les fueron quitadas las ataduras dejando unas magulladuras enormes.

Una vez más tranquilos ya les acompañaron a la Policía. El robo había sido muy importante, puesto que eran tres individuos los que lo hicieron. Aparte de que en aquella noche habían desvalijado a otro chalet más.

El matrimonio volvió a su casa pleno de felicidad. Estaban sanos, aunque con el cuerpo lleno de hematomas, que tardarían en desaparecer, y el robo en el que se incluían joyas y recuerdos entrañables que habían desaparecido, era menos importantes. Lo principal era haber salido de aquel infierno.

La llamada de teléfono que no pudo comunicar el padre era para informarles que estaba saltando unas olas de doce metros. No se enteró del suplicio de sus padres.