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Ladrones. Relato de Mª Luisa Illobre

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Le damos las gracias a Mª Luisa Illobre por compartir este relato lleno de suspense e intriga.

Un coqueto chalet a las afueras de Murcia estaba habitado por un matrimonio de mediana edad y su hijo treintañero aficionado al surf. En días pasados este comunicó a sus padres que, ya que la estación era propicia, tenía pensado practicar su deporte fuera de España. La madre no estaba de acuerdo, por lo que el hijo no dio más detalles.

Habían pasado quince días y, según lo pactado, no sabían nada del muchacho.  Una noche cuando el matrimonio dormía, la señora oyó unos pequeños ruidos en la parte inferior del chalet. Despertó a su marido que, al bajar la escalera espantado, se encontró con varios individuos que estaban desvalijando la casa. Entretanto ya la señora bajaba detrás de él. No tuvieron tiempo de gritar. Se abalanzaron contra ellos e inmediatamente fueron atados de pies y manos. Una cinta de embalar fue colocada en su boca. Pasó media hora en la que los ladrones tuvieron tiempo de robar todo lo que se les ponía a mano y abandonaron la casa.

El matrimonio Soler no podía moverse. Las fuertes ataduras les habían dejado completamente paralizados. Tampoco podían comunicarse entre ellos ya que la cinta de la cara les producía mucho dolor.

Amaneció un día precioso, pero dentro de casa la oscuridad era absoluta. Sonaron unos golpes en la puerta producidos por el perro reclamando su paseo diario. Pero ellos no podían moverse. No obstante, el marido intentaba llegar a su mujer arrastrándose, pero le era prácticamente imposible. Después de muchos intentos pudo llegar cerca de su mujer. Estaba desvanecida cuando el teléfono comenzó a sonar. No podía cogerlo, pero en un último esfuerzo pudo tirarlo de la mesita en la que estaba. Inútil esfuerzo, porque solo se oía un sonido de comunicando. Reaccionó. ¿Podría llegar a un pequeño aseo que había en la entrada? Las rodillas empezaban a sangrarle debido al arrastre anterior.  Con mucho esfuerzo llegó al lavabo con idea de que el agua mojara la potente cinta de la cara. Tampoco podía mover los brazos, pero sí los dedos y al fin pudo abrir el grifo y que el agua corriera por su cara.

Con cuidado pudo tirar de la cinta y con mucho dolor poderla despegar en unión de su bigote que también sangraba. Pudo entonces gritar todo lo que podía para que alguien le oyera. Y sucedió que un vecino notó que el perro seguía aporreando la puerta. Le pareció extraño el comportamiento del animal, por lo que llamó al propietario, que se había quedado en el interior del aseo.

Rompió una ventana para poder entrar y socorrer al matrimonio. Les fueron quitadas las ataduras dejando unas magulladuras enormes.

Una vez más tranquilos ya les acompañaron a la Policía. El robo había sido muy importante, puesto que eran tres individuos los que lo hicieron. Aparte de que en aquella noche habían desvalijado a otro chalet más.

El matrimonio volvió a su casa pleno de felicidad. Estaban sanos, aunque con el cuerpo lleno de hematomas, que tardarían en desaparecer, y el robo en el que se incluían joyas y recuerdos entrañables que habían desaparecido, era menos importantes. Lo principal era haber salido de aquel infierno.

La llamada de teléfono que no pudo comunicar el padre era para informarles que estaba saltando unas olas de doce metros. No se enteró del suplicio de sus padres.

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