Los Mayores Cuentan

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Ocho años. Relato de Soledad del Yerro

Ocho años. Relato de Soledad del Yerro

Eran aproximadamente las diez de la mañana del lunes, día ocho de septiembre del año dos mil quince. En el despacho de abogados de la calle Serrano, en Madrid, el teléfono no paraba de sonar; a esa hora el trabajo estaba en todo su apogeo.

En mi área entró una llamada, descolgué y escuché la voz de mi amigo Juan Ayala. Nos saludamos cordialmente, le noté nervioso y pregunté:

—¿Algún problema, Juan?

—Necesito que me recibas rápidamente. Mi hijo está metido en un lío, quiero que tú lleves el caso.

Le cité en mi despacho a las cinco de la tarde, y con rapidez me expuso los hechos:

El sábado por la noche su hijo Javier había salido de copas con unos compañeros, y al volver por la carretera de La Coruña hacia su residencia de Pozuelo, les había parado la Guardia Civil, haciéndoles el test de alcoholemia. Solo uno de ellos iba sobrio, y los otros dos amigos y Javier, que era el conductor, pasaban de sobra los límites.  Le pusieron la correspondiente multa, quitándole varios puntos del carnet y prohibiéndole que siguiera conduciendo. Continuaron el camino gracias a Enrique, el único del grupo en disposición de conducir.

Al llegar a las Rozas, todos se bajaron, invitando a Javier a que se quedara a pasar la noche en cualquiera de sus casas.  Él no consintió, y se subió al coche haciendo oídos sordos a las recomendaciones de sus amigos.

Las consecuencias de tan equivocada decisión, no se hicieron esperar; a los pocos kilómetros perdió el control del vehículo e invadió el carril contrario, obligando al conductor del coche, que circulaba por el carril correspondiente, a hacer un movimiento de zigzag.   El vehículo acabó dando dos vueltas de campana, chocando contra la mediana, provocando un incendio del que el conductor, no consiguió escapar.

Javier, entre borracho y asustado, continuó hasta su casa sin prestar ayuda al ocupante del coche.

—Lo siento, Juan, la reacción de tu hijo ha sido de las peores que se pueden tener en estos casos. Mi consejo es que, ya que la Guardia Civil estará detrás de su pista,  acudamos con Javier al Juzgado de Guardia a presentar un escrito confesando el delito, así podrá beneficiarse del atenuante de confesión (art. 21,4 del Código Penal) y reducir la condena. Pero la confesión debe presentarse antes de que el procedimiento se dirija contra el acusado, además debe ser completa y sincera. Si nos guardamos algún dato y lo descubren, adiós a las atenuantes.

—Lo que tú digas, Carlos. Sabes que en estos menesteres en nadie confío tanto como en ti.

Lo cierto es que cuando conocí a Javier comprobé que no se parecía nada a su padre moralmente. Era un chaval guapo, creído, egoísta y poco empático. Por su causa había muerto un hombre, no sé si su orgullo o su mala educación, le impedían reconocerlo.

Nos costó Dios y ayuda que siguiera mis consejos, pero finalmente accedió. Entregó la declaración, quedando a disposición del juzgado durante varios meses, en prisión preventiva en espera del juicio.

El fiscal y la acusación del fallecido pidieron para él doce años de cárcel con una indemnización para la familia de cincuenta mil euros, por homicidio imprudente con el agravante de no haber prestado ayuda a la víctima, un varón de treinta años, que dejaba viuda y dos niños de corta edad.

Defendí al acusado pidiéndole al juez que considerara como atenuantes su declaración y entrega voluntaria, pidiendo que la condena fuera de cinco años, dado que la familia recibiría íntegramente el dinero de la indemnización.

El juez condenó a Javier a ocho años de prisión, y la mirada de odio que me lanzó cuando se lo llevaban al calabozo me provocó un escalofrío de miedo.

Por Juan supe que Javier, no había tenido ni un solo día de rebaja de condena, por su mal comportamiento.

La vida siguió su curso hasta la mañana del veinte de diciembre del año dos mil quince.  Abrí el ordenador, revisé el correo y estuve leyendo varios mensajes de mis clientes, hasta que le llegó el turno a uno que en el Asunto decía: «OCHO AÑOS” y me invitaba a abrir mis perfiles en Facebook, Twitter,  LinkedIn, para que viera la felicitación de Navidad que me había mandado.

Enseguida comprendí que Javier estaba en libertad. Me había creado un perfil falso,  donde yo escribía confesiones de acontecimientos fraudulentos, demandas confidenciales de clientes e infinidad de contactos sexuales acompañados de fotografías manipuladas, tanto mías como de mi familia. Un verdadero desastre para mi vida particular y profesional.

Pedí informes al psicólogo y siquiatra de la prisión haciendo uso de mi potestad como abogado defensor de Javier, y pude enterarme de que padecía un trastorno de personalidad paranoide que le hacía creerse víctima de todos. Era desconfiado, egocéntrico,  no teniendo capacidad de autocrítica. Todos estos factores le hacían albergar rencores de notable agresividad

Las Navidades nos las amargó, por supuesto. Las redes sociales hacen que mucha gente se entere de tu intimidad. He obtenido ayudas y desconfianza por partes iguales.  Gracias a mi trayectoria, tanto mi familia como mis compañeros de profesión confían en mí y saben que estoy siendo víctima de un acosador con problemas psiquiátricos.

La única esperanza que me queda es que los informes médicos sirvan para que recluyan a Javier en un centro donde puedan tratarle.

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¿Leyenda o realidad? Texto de Carmen Cendón

¿Leyenda o realidad? Texto de Carmen Cendón

Le damos las gracias a Carmen Cendón por traernos esta leyenda tan bonita que nos hubiera gustado que fuera realidad.

Un granjero escocés pobre de apellido Fleming estaba un día trabajando cuando oyó un fuerte lamento que pedía ayuda. Tiró las herramientas y fue a un pantano cercano, encontrando a un chico que estaba atrapado hasta la cintura en un húmedo y negro lodazal, aterrado intentando liberarse. Le liberó de una muerte horrible.

El siguiente día llegó a la granja un distinguido carruaje del que bajó un noble vestido con elegancia, que se presentó como el padre del chico al que había salvado el granjero.

—Quiero recompensarle por salvar la vida de mi hijo.

—No, no puedo aceptar ningún pago por lo que hice.

En ese momento salió a la puerta de la cabaña el hijo del granjero.

—¿Es su hijo?

—Sí —dijo el granjero orgulloso.

—Le propongo un trato: su hijo asistirá a los mismos estudios que mi hijo, y si es como su padre, será un hombre del que nos sentiremos orgullos los dos.

El hijo del granjero asistió a los mejores colegios y se graduó en la Escuela Médica de St. Mary’s Hospital de Londres.

El nombre del noble era Lord Randolph Churchill, y su hijo Sir Winston Churchill. El hijo del granjero, Dr. Alexander Fleming, descubridor de la penicilina.

Pascuas de Navidad. Relato de Basilides Manso

Pascuas de Navidad. Relato de Basilides Manso

Hace muchos años, cuando mi edad tenía solo un dígito, esperaba la Navidad para tener vacaciones y, con mis amigos, corretear por Bravo Murillo. Una calle llena de casetas entre las calles de Las Carolinas y Doctor Santero; no solo había casetas, había alegría, cosa que creo perdida, o será la edad. La alegría la ponían las tiendas con sus tocadiscos tocando y cantando villancicos y ¡quizás! nuestros infantiles corazones.

Las casetas, ¡qué añoranza!, eran el espectáculo. Hasta los regalos de Reyes nos tenían en una nube: las que daban premios por acertar en el blanco con una escopeta de aire comprimido (fallaban más que una escopeta de feria), otras vendían churros, golosinas, turrón en porciones, bisuterías de serrín… todo lo imaginable en aquellos tiempos de penuria.

Había una que nos llamaba la atención: se ponía en la esquina de la calle de Juan Pantoja, ¡qué maravilla! Era un anillo grande de 3 metros de diámetro el que se movían unos seis aviones pequeños; llevaban como si fuera una bomba, un pesado dardo que se soltaba cuando el jugador oprimía un botón y la bomba caía clavándose en el mostrador, que tenía otras tantas dianas, ganando el jugador que clavaba su bomba lo más cerca del centro. Nos parecía el cine, nos considerábamos pilotos en una guerra imaginaria matando a nuestros enemigos.

El día 22, después de seguir siendo pobre, llegaba al pueblo donde nací. ¡Qué alegría ver de nuevo a mis padres, hermanos y demás familia! De empezar una nueva vida en el Madrid asfaltado pasaba a calles llenas de barro con pocas aceras, barro, barro y más barro, que duraba de una lluvia a la siguiente, menos cuando helaba, entonces se endurecía, pero empezaban a colgar los carámbanos de las bocatejas, que a veces había que quitar por el peligro que tenía el que cayeran a alguien que pasaba por debajo.

Por fin llegaba la Nochebuena. Qué alegría, toda la familia reunida; mi abuela hacía un plato con castañas pilongas e higos, que siempre recordaré. Llegadas las 12, a misa del gallo, la única a la que acudían los pastores, y llegaba la adoración al Niño. Los pastores eran ese día los primeros en ir a adorar a Jesús. El primero de ellos era un pastor que tenía un carnero amaestrado. El pastor besaba al Niño y el carnero se arrodillaba e inclinaba la cabeza.

Navidad, Navidad, dulce Navidad…

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Feliz Navidad y Próspero 2025

Feliz Navidad y Próspero 2025

Un año más, a punto de cumplir el tercer cumpleaños de este Blog, el equipo de mayores, que con tanta ilusión crea semana a semana los artículos, videos, relatos y poemas que aquí publicamos, agradece a todos los lectores su atención y sus comentarios, sugerencias y aportaciones.

Y deseamos a todos una Feliz Navidad y un Año Nuevo repleto de salud, paz e ilusiones.

 

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No es noticia. Relato de Marisol García Alonso (Solín)

No es noticia. Relato de Marisol García Alonso (Solín)

Las historias basadas en hechos reales me gustan más porque casi siempre superan la ficción, y si además están contadas con toques de humor, queriendo desdramatizar las situaciones complicadas, me atrapan totalmente.

Marcelo, con solo diez años, se queda sordo por descuido de los médicos que no trataron a tiempo la enfermedad que le hizo entrar en urgencias en un hospital.

Su madre, una reconocida bailaora de flamenco, decide que Marcelo tenía que ser un niño como cualquier otro, y le manda hacer recados a la calle, a pesar de las duras advertencias por no estar de acuerdo la abuela.  Pero pese a las dificultades para entenderse con el tendero, su madre lograba hacerle fuerte, tanto que, con dieciséis años, sin conocer a nadie, viaja a Estados Unidos, consiguiendo con esfuerzo aprender el idioma por signos y ganar varias medallas en artes marciales.

Pero la vena flamenca de Marcelo se ve que la tenía, porque al regreso a España decide ser bailaor. Esta vez la madre se opone por dos razones: la primera por ser completamente sordo, y la segunda porque no podía ayudar a que su hijo bailara en su propia compañía, ya que se preguntaba cómo reaccionarían sus compañeros… Pero Marcelo no estaba dispuesto a abandonar el sueño de ser bailaor, puesto que sabía bien la técnica de la vibración del suelo para poder bailar.  Su proyecto tan ilusionante alcanza que tenga montado un musical ideado para que todo el mundo pueda entenderlo, con o sin discapacidad.

Contada así, parece que la historia ha logrado el objetivo de ser noticia en un periódico. Y, ante tal ausencia de anuncio, yo quiero pretender con mi letra impresa que lo sea y que pueda despertar el interés que merecen las buenas noticias.

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