Caía la tarde sobre la ciudad de Roma, finalizando el mes de agosto del año 31 a. de C. En las dependencias de esclavos del Palacio de Octavio Augusto en Roma terminaba mis ocupaciones diarias.
Había quedado con Isas, una joven esclava, en el pequeño patio que daba a nuestros dormitorios para charlar un rato antes de dormir. Al encontrarnos, no pude evitar las lágrimas recordando que ya llevábamos un año viviendo allí. Justamente ese día era el primer aniversario de la muerte de nuestra querida reina Cleopatra.
—Isas, tú todavía eres muy joven, pero seguro que recordarás cuán distinta era nuestra vida en aquel palacio maravilloso de Alejandría. Yo siempre gocé de la confianza de la reina. Fueron muchos años los que viví junto a ella, y para que sepas la verdad sobre su vida, te contaré talmente cómo fue:
Cleopatra desde muy niña tuvo que huir con su padre a Roma para escapar de su hermanastra, que había matado a su marido y a su madre para arrebatarle el trono al padre de ambas. Esto le marcó para toda la vida.
Nunca olvidaré cuando por primera vez la vi. Era una joven bella, con cabellos dorados, sus ojos color azul profundo y un cuerpo precioso, que vestía con elegantes trajes y hermosas joyas. Terminaba siempre su atuendo con un delicioso perfume.
Además de guapa, era inteligente. En la biblioteca de palacio pasaba muchas horas embebida en la lectura. Hablaba ocho idiomas. También llevaba la ambición metida en la sangre, y por eso lo que más deseaba en el mundo era ser reina de Egipto y ¡vaya si lo consiguió!, usando tanto su inteligencia como sus armas de mujer.
El primero que cayó en sus redes fue Julio César, que era el hombre más poderoso en aquel momento. Tras la muerte de su padre, Cleopatra, con unos cuantos esclavos de su confianza, entre los que me encontraba, huyó a Siria y desde allí, de incógnito, viajó para encontrarse con Julio Cesar. Hizo que la enrolláramos en una alfombra para no ser reconocida en Egipto, y de esta manera se introdujo en los aposentos de aquel poderoso hombre. Cuatro días, con sus noches, le bastaron para que cayera rendido a sus encantos sensuales y a su conversación inteligente e instruida.
César lo arriesgó todo para embarcarse en una guerra civil en Egipto, subiendo a Cleopatra al trono como una reina independiente. Eso sí, no pudo compartir con ella el esplendor de su reino, ya que su acción fue desaprobada en Roma y allí acabó con su vida el propio senado que juró protegerle.
—Isas, veo que esta noche no te rinde el sueño, pero vamos a dejar el relato para mañana. Nosotras estamos aquí para cuidar a los hijos de Cleopatra y al amanecer, tendremos que estar en pie.
Por las miradas de complicidad que me lanzó mi joven compañera, comprendí que el día se le hacía muy largo. Estaba deseando que llegara la noche para que le contara los amores de Marco Antonio y Cleopatra. Isas era muy romántica y, desde niña, se sintió atraída por aquel apuesto militar romano, con el que su reina hacía una magnífica pareja, y a los que todos vimos muchas veces pasear por los preciosos jardines del palacio de Alejandría, a orillas del río Nilo enamorados y felices.
Nada más terminar mis quehaceres me dirigí a nuestro pequeño patio donde ya me esperaba con cara de curiosidad, para que continuara mi historia.
—Como ya sabes, Isas, Marco Antonio era sobrino de Julio César y vencedor en la batalla de Filipo contra Octavio Augusto, victoria que marcó el punto más alto de la carrera de Marco Antonio como general y miembro del triunvirato.
Pero el más famoso general de la época, no estaba conforme con la manera en que Cleopatra había utilizado a su tío, para hacerse con el trono de Egipto. Con la idea de reprochárselo, quiso que viniera a verle y se humillara ante él, pidiéndole disculpas por su mal hacer. La reina egipcia accedió a ir, pero con la idea de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio, al que consideraba sucesor de Julio César.
Cleopatra remontó el río Cydnos en un barco con la popa de oro, las velas púrpura y los remos de plata. El movimiento del barco iba acompañado por el sonido de flautas y caramillos. Ella se hizo pintar y engalanar como una diosa, viajaba tendida bajo una tienda del bello metal, mientras cuatro esclavos le abanicaban.
A su llegada, la revelación de un mundo divino fue lo que ofreció a Marco Antonio. Juntos formarían una pareja real, capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasado.
Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía. Marco Antonio ni pudo, ni quiso resistirse al influjo de aquella reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona.
Unos cuantos días bastaron para que las negociaciones llegaran a su fin. Marco Antonio, locamente enamorado y abandonando todos sus deberes, tanto militares como familiares —pues en Roma estaba casado con Fluvia—, acompañó a Cleopatra en su regreso a Egipto para instalarse en el palacio de Alejandría.
—Según fuiste creciendo, Isas, recordarás qué años de lujo y esplendor se vivieron en aquella época dentro de nuestro añorado palacio. Las fiestas se sucedían continuamente. Por el puerto del Nilo llegaban barcos de las principales naciones del mundo. Aquello traía inmensas riquezas al país. Yo no sé si era porque tenía un puesto privilegiado al lado de la reina, pero de lo que sí estoy segura es que el amor de aquella pareja nos hizo felices a todos. Estarás pensando cómo un amor tan grande pudo acabar en tragedia. A ver si consigo que lo entiendas:
Cleopatra hechizó a Marco Antonio de tal manera, que parecía estar viviendo bajo el influjo de una droga. Solo pensaba en ella y en estar a su lado, abandonando así el resto de su vida y ganándose la enemistad y el odio de muchas de las personas a las que hizo daño.
Cleopatra también se enamoró de él. Estaba orgullosa de aquel hombre fuerte y valiente, que le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado, cada vez más próspero.
Al terminar mi relato me sorprendió la agudeza de la afirmación de mi joven amiga Isas:
—Charmión —me dijo—, no dudo de que Cleopatra estuviera muy enamorada de Marco Antonio, pero a mi corto entender, lo que amó Cleopatra sobre todas las cosas fue el trono de Egipto.
Cuando volví al patio al día siguiente para encontrarme con ella, me lo encontré adornado con unas plantas olorosas que me traían el recuerdo de los años vividos en Alejandría. Isas se había encargado de decorarlo y así avivar de nuevo mis recuerdos.
Después de muchas vicisitudes, se celebraron las bodas de nuestros protagonistas. De aquella unión nacieron los gemelos Elios y Alejandro y la pequeña Cleopatra Selene.
El final de este amor, que terminó en tragedia, vino de la mano de una terrible derrota naval en la que cayó derrotada la flota de Marco Antonio, quien, abandonado por las tropas egipcias, consiguió huir y refugiarse en Alejandría junto a Cleopatra.
Recuerdo el miedo que pasamos, cuando las tropas de Octavio tomaron nuestra ciudad. Lo peor llegó cuando le hicieron creer a Marco Antonio que Cleopatra había muerto y, como el romano le había prometido a su amada que, a la muerte de uno, seguiría la muerte del otro, con su misma espada se quitó la vida.
Cuando Cleopatra se enteró de la muerte de su esposo, decidió morir también, no sin antes pedir que la sepultaran junto a Marco Antonio. Se vistió con sus mejores galas, nos mandó a tu madre y a mí llevarla un áspid dentro de una cesta y, siguiendo el rito tradicional egipcio, se dejó morder por ella.
No pude evitar finalizar mi relato con lágrimas en los ojos y abrazarme a Isas, que también lloraba por aquellos tiempos felices, repletos de lujo, pasión y ambiciones desmedidas por el poder.