Los Mayores Cuentan

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Juergas de Navidad. Un cuento de María Luisa Illobre

Juergas de Navidad. Un cuento de María Luisa Illobre

En la familia Guzmán ya estaban un poco hartos de que los pequeños solo pensaran en su diversión. En cuanto a los jóvenes, a pesar también en pasarlo lo mejor posible, soñaban con un buen baile con elegante ropa y en un sitio apropiado para este fin.

Se dirigieron al padre, cada cual con su petición. Estaba en su despacho tratando de cuadrar cuentas para poder llegar a final de mes sin dañar en lo posible el presupuesto normal.

La madre no paraba de cavilar con las comidas y cenas que resultaran más apropiadas sin salirse en lo posible de toda la subida de precios actuales.

Decidieron hablar con ellos, y la cuestión fue la siguiente: el señor Guzmán entregaría a los dos mayores cien euros a cada uno, y a los pequeños cincuenta euros también a cada uno. Cada cual que hiciera lo que prefiriera. Como es normal, nadie estuvo de acuerdo con el trato y ninguno quedó conforme, aunque no les valió de nada. No había más.

Los padres se instalarían esos días en la ruinosa casa del pueblo y allí pasarían las fiestas tranquilamente sin tener quejas de sus hijos. Hacía treinta años que no habían disfrutado unas Navidades solos.

Al llegar la Navidad tomaron el pequeño utilitario y emprendieron viaje hacia la sierra Este. Recomendaron a su “tropa” formalidad y que cuidaran unos de otros y al menor contratiempo que llamaran. Lo que sería muy difícil, ya que allí no llegaba cobertura.

Una vez llegados a Reolit, entraron en la casa. Les costó trabajo empujar la puerta, ya que después de años no cedía la cerradura. El interior era un desastre, el polvo lo cubría todo y existía un gran desorden. Solamente destacaba una enorme chimenea abarrotada de troncos, que inmediatamente comenzaron a arder, haciendo la estancia un poco más agradable.

Hacía un frío penetrante, por lo que después de abrir la maleta, se introdujeron en los sacos y fueron directamente a la cama. Estaban rendidos, el viaje había sido muy cansado y al llegar al pueblo pensaban que por lo menos encontrarían a alguien por la calle, pero el silencio era absoluto. Estaba desierto.

Durmieron hasta que les despertó el canto de un gallo. Al abrir los ojos seguía el mismo silencio. La chimenea se había apagado y un fuerte viento azotaba las ventanas, la lluvia seguía golpeando los cristales. Después de una buena taza de café, pensaron tranquilamente en su piso de la ciudad. ¿Qué harían sus chicos? Decididamente, habían cometido una tontería. Se miraron fijamente y sin hablar, no les hizo falta. Recogieron la maleta, cerraron la puerta y emprendieron viaje a la ciudad.

A su llegada la alegría fue general. Estaba todo en perfecto orden y los chicos habían decorado la casa con sumo gusto. Parte de su dinero se había empleado en su arreglo, porque suponían, con buen criterio, que no tardarían en volver para poder pasar estas fiestas juntos.

Fue una Navidad entrañable que no olvidarían nunca.

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Hablemos de Navidad. Memoria y felicitación de Soledad del Yerro

Hablemos de Navidad. Memoria y felicitación de Soledad del Yerro

La Navidad es la época más bonita del año, por lo menos yo lo pensaba así cuando era niña. Antes de que nos dieran las vacaciones aprendíamos cantar villancicos, a tocar la pandereta y la zambomba, y buscábamos musgo, para colocar el Belén; el de la casa de mis abuelos quedaba precioso, porque el mayor de mis primos tenía arte para montarlo, todos los años lo iba mejorando y varias veces ganó el premio que daba el Ayuntamiento al mejor Belén del pueblo.

Las madres en casa preparaban dulces de Navidad, amasaban harina con aceite o manteca, qué redondos o alargados se convertían en unos bollos, que luego llevaban a la panadería para cocerlos en el horno, impregnándose el aire de su olor y de leña quemada.

Niños y adolescentes iban por las casas, felicitando las Pascuas y pidiendo el aguinaldo cantando villancicos, nos daban unos céntimos y siempre los gastábamos en comprar castañas asadas; a la vez que nos encantaba comerlas, nos calentaban las manos que las teníamos heladas de frío.

La cena de Nochebuena, siempre en familia y cuantos más mejor. Después, a las doce, a Misa del Gallo; si había nieve, a los pequeños nos acostaban, y los mayores, a la vuelta, seguían la fiesta.

La magia la traía la Noche de Reyes Magos, que nos duró unos cuantos años, pues la única tienda donde vendían juguetes, estaba enfrente de mi casa. Mirando el escaparate pedíamos lo que nos gustaba en la carta que les escribíamos, pero llegó el momento de darme cuenta de que lo que veíamos que los padres compraban en la tienda era lo que los Reyes traían a sus hijos.  Se lo dije a mi madre y me lo confirmó,  pero me hizo prometer que a mis hermanos pequeños no les diría nada. Cumplí mi promesa, pues la desilusión que me llevé no quise compartirla con nadie.

Los años fueron pasando y las Navidades las fui viviendo con mi marido, mis hijas, compartiéndolas con mi familia y la de él. Los mayores fueron faltando, vinieron yernos, nieta, y nunca nos importó juntarnos en sus casas o en la nuestra con sus padres y amigos.

Las felicitaciones, a través de postales navideñas, era otra forma de recibir y cariño, deseando amor y paz.

Volví a vivir la magia de la Navidad con las siguientes generaciones. Me encanta visitar los Belenes, disfrutar de las luces, e ir a conciertos. La música fue muy importante en nuestras vidas. Algunas noches de fin de año cenábamos fuera de casa, después nos íbamos al teatro, veíamos la obra, y a las doce nos conectábamos con la Puerta del Sol, tomábamos las uvas, y con Champán y alegría comenzábamos el Año Nuevo.

Ahora una de mis prioridades es rodearme de buenos amigos, como ahora lo estoy con todos vosotros, estupendos compañeros, a los que os deseo anticipadamente una FELIZ NAVIDAD.

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La historia de Marco Antonio y Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

La historia de Marco Antonio y Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

Caía la tarde sobre la ciudad de Roma, finalizando el mes de agosto del año 31 a. de C. En las dependencias de esclavos del Palacio de Octavio Augusto en Roma terminaba mis ocupaciones diarias.

Había quedado con Isas, una joven esclava, en el pequeño patio que daba a nuestros dormitorios para charlar un rato antes de dormir. Al encontrarnos, no pude evitar las lágrimas recordando que ya llevábamos un año viviendo allí. Justamente ese día era el primer aniversario de la muerte de nuestra querida reina Cleopatra.

—Isas, tú todavía eres muy joven,  pero seguro que recordarás cuán distinta era nuestra vida en aquel palacio maravilloso de Alejandría. Yo siempre gocé de la confianza de la reina. Fueron muchos años los que viví junto a ella, y para que sepas la verdad sobre su vida, te contaré talmente cómo fue:

Cleopatra desde muy niña tuvo que huir con su padre a Roma para escapar de su hermanastra, que había matado a su marido y a su madre para arrebatarle el trono al padre de ambas. Esto le marcó para toda la vida.

Nunca olvidaré cuando por primera vez la vi. Era una joven bella, con cabellos dorados, sus ojos color azul profundo y un cuerpo precioso, que vestía con elegantes trajes y hermosas joyas. Terminaba siempre su atuendo con un delicioso perfume.

Además de guapa, era inteligente. En la biblioteca de palacio pasaba muchas horas embebida en la lectura. Hablaba ocho idiomas.  También llevaba la ambición metida en la sangre, y por eso lo que más deseaba en el mundo era ser reina de Egipto y ¡vaya si lo consiguió!, usando tanto su inteligencia como sus armas de mujer. 

El primero que cayó en sus redes fue Julio César, que era el hombre más poderoso en aquel momento. Tras la muerte de su padre, Cleopatra, con unos cuantos esclavos de su confianza, entre los que me encontraba, huyó a Siria y desde allí, de incógnito, viajó para encontrarse con Julio Cesar.  Hizo que la enrolláramos en una alfombra para no ser reconocida en Egipto, y de esta manera se introdujo en los aposentos de aquel poderoso hombre. Cuatro días, con sus noches, le bastaron para que cayera rendido a sus encantos sensuales y a su conversación inteligente e instruida. 

César lo arriesgó todo para embarcarse en una guerra civil en Egipto, subiendo a Cleopatra al trono como una reina independiente. Eso sí, no pudo compartir con ella el esplendor de su reino, ya que su acción fue desaprobada en Roma y allí acabó con su vida el propio senado que juró protegerle.

—Isas, veo que esta noche no te rinde el sueño, pero vamos a dejar el relato para mañana. Nosotras estamos aquí para cuidar a los hijos de Cleopatra y al amanecer, tendremos que estar en pie.

Por las miradas de complicidad que me lanzó mi joven compañera, comprendí que el día se le hacía muy largo. Estaba deseando que llegara la noche para que le contara los amores de Marco Antonio y Cleopatra. Isas era muy romántica y, desde niña, se sintió atraída por aquel apuesto militar romano, con el que su reina hacía una magnífica pareja, y a los que todos vimos muchas veces pasear por los preciosos jardines del palacio de Alejandría, a orillas del río Nilo enamorados y felices.

Nada más terminar mis quehaceres me dirigí a nuestro pequeño patio donde ya me esperaba con cara de curiosidad, para que continuara mi historia.

 —Como ya sabes, Isas, Marco Antonio era sobrino de Julio César y vencedor en la batalla de Filipo contra Octavio Augusto, victoria que marcó el punto más alto de la carrera de Marco Antonio como general y miembro del triunvirato.

Pero el más famoso general de la época, no estaba conforme con la manera en que Cleopatra había utilizado a su tío, para hacerse con el trono de Egipto. Con la idea de reprochárselo, quiso que viniera a verle y se humillara ante él, pidiéndole disculpas por su mal hacer. La reina egipcia accedió a ir, pero con la idea de repetir su maniobra de seducción con Marco Antonio, al que consideraba sucesor de Julio César. 

Cleopatra remontó el río Cydnos en un barco con la popa de oro, las velas púrpura y los remos de plata. El movimiento del barco iba acompañado por el sonido de flautas y caramillos. Ella se hizo pintar y engalanar como una diosa, viajaba tendida bajo una tienda del bello metal, mientras cuatro esclavos le abanicaban.

A su llegada, la revelación de un mundo divino fue lo que ofreció a Marco Antonio. Juntos formarían una pareja real, capaz de resucitar la edad de oro y hacer renacer un Egipto digno de su grandeza y esplendor pasado.

Su presencia y sus palabras logran lo que Cleopatra pretendía. Marco Antonio ni pudo, ni quiso resistirse al influjo de aquella reina, que estaba dispuesta a todo para conservar el poder y la corona.

Unos cuantos días bastaron para que las negociaciones llegaran a su fin. Marco Antonio, locamente enamorado y abandonando todos sus deberes, tanto militares como familiares —pues en Roma estaba casado con Fluvia—, acompañó a Cleopatra en su regreso a Egipto para instalarse en el palacio de Alejandría.

—Según fuiste creciendo, Isas, recordarás qué años de lujo y esplendor se vivieron en aquella época dentro de nuestro añorado palacio. Las fiestas se sucedían continuamente. Por el puerto del Nilo llegaban barcos de las principales naciones del mundo. Aquello traía inmensas riquezas al país. Yo no sé si era porque tenía un puesto privilegiado al lado de la reina,  pero de lo que sí estoy segura es que el amor de aquella pareja nos hizo felices a todos. Estarás pensando cómo un amor tan grande pudo acabar en tragedia. A ver si consigo que lo entiendas:

Cleopatra hechizó a Marco Antonio de tal manera, que parecía estar viviendo bajo el influjo de una droga.  Solo pensaba en ella y en estar a su lado, abandonando así el resto de su vida y ganándose la enemistad y el odio de muchas de las personas a las que hizo daño. 

Cleopatra también se enamoró de él. Estaba orgullosa de aquel hombre fuerte y valiente, que le ofrecía todo su poder para mantenerla al frente de un reinado, cada vez más próspero.

 Al terminar mi relato me sorprendió la agudeza de la afirmación de mi joven amiga Isas:

—Charmión —me dijo—, no dudo de que Cleopatra estuviera muy enamorada de Marco Antonio, pero a mi corto entender,  lo que amó Cleopatra sobre todas las cosas fue el trono de Egipto.

Cuando volví al patio al día siguiente para encontrarme con ella, me lo encontré adornado con unas plantas olorosas que me traían el recuerdo de los años vividos en Alejandría. Isas se había encargado de decorarlo y así avivar de nuevo mis recuerdos.

Después de muchas vicisitudes, se celebraron las bodas de nuestros protagonistas. De aquella unión nacieron los gemelos Elios y Alejandro y la pequeña Cleopatra Selene.

El final de este amor, que terminó en tragedia, vino de la mano de una terrible derrota naval en la que cayó derrotada la flota de Marco Antonio, quien, abandonado por las tropas egipcias, consiguió huir y refugiarse en Alejandría junto a Cleopatra.

Recuerdo el miedo que pasamos, cuando las tropas de Octavio tomaron nuestra ciudad. Lo peor llegó cuando le hicieron creer a Marco Antonio que Cleopatra había muerto y, como el romano le había prometido a su amada que, a la muerte de uno, seguiría la muerte del otro, con su misma espada se quitó la vida.

Cuando Cleopatra se enteró de la muerte de su esposo,  decidió morir también, no sin antes pedir que la sepultaran junto a Marco Antonio.  Se vistió con sus mejores galas, nos mandó a tu madre y a mí llevarla un áspid dentro de una cesta y, siguiendo el rito tradicional egipcio, se dejó morder por ella.

No pude evitar finalizar mi relato con lágrimas en los ojos y abrazarme a Isas, que también lloraba por aquellos tiempos felices, repletos de lujo, pasión y ambiciones desmedidas por el poder.

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El último verano. Relato de Francisco Pérez

El último verano. Relato de Francisco Pérez

Te prometiste que nunca volverías a aquella playa en verano. Siempre el mismo paseo, el pueblo abarrotado de gente, el calor insoportable en la siesta y la comida en el restaurante con el menú del día de la comida recalentada.  Y como no te gustaba viajar en caravana hacías todo lo posible por llegar cinco días después del día del inicio de tus vacaciones y a la vez pasar menos días en la costa.

Y sin embargo, nada más llegar, te faltaba tiempo para quedar con aquellos amigos con los que coincidías desde que hicisteis juntos el bachillerato. Tantos años habías pasado mojando los pies en la arena de la playa, en una caminata sin fin en la que repasabas lo sucedido el último año en tu empresa, los cambios que tú habías propuesto y los jefes habían aceptado, las dudas que tenías sobre la posibilidad de tener un hijo. También te interesabas por el cambio de casa que tus amigos paseantes todavía no habían terminado y que describían una y otra vez para ver si les dabas ideas sobre la decoración del salón y las plantas más apropiadas para lograr un conjunto armónico y relajado.

Tantos paseos con la puesta de sol por delante te fortalecían las ganas de vivir y te llenaban de energía para volver a tu ciudad y continuar el trabajo con espíritu renovado.

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