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Historia de la Duquesa Mendiga. Artículo de Carmen Cendón

Historia de la Duquesa Mendiga. Artículo de Carmen Cendón

Le damos las gracias a Carmen Cendón por traernos esta fascinante y desconocida historia de una de las benefactoras más destacadas de Madrid.

María del Carmen Hernández Espinosa de los Monteros nació en Motril (Granada) de una familia pudiente, en 1828. Su madre murió siendo muy pequeña y tuvo que soportar a un padre despótico.

Se casó con un capitán de Caballería, tuvieron un hijo y se trasladaron a Madrid capital, donde comenzaron al alternar con la alta sociedad.  Su marido murió en 1873 y unos meses más tarde se casó con el duque de Santoña, Juan Manuel Manzanedo.  Este, después de emigrar a Cuba, había regresado a España con una gran fortuna conseguida con varios negocios. El título le fue concedido por Alfonso XII por la ayuda recibida para el desarrollo de la prosperidad de Madrid.

El Duque de Santoña compró el Palacio de Goyeneche, (banquero de Felipe V), construido en el siglo XVIII y situado en la calle Huertas de Madrid, como regalo de bodas para su esposa. La duquesa lo convierte en el palacio más lujoso de Madrid.

La duquesa también se dedica a obras de beneficencia, siendo promotora y fundadora del Hospital del Niño Jesús de Madrid y creadora de la lotería del Niño para disponer de más dinero para el hospital.

En 1882 muere su segundo marido. Este tenía una hija ilegítima nacida cuando residió en Cuba, y parece ser que había conseguido ser reconocida en España por el duque. La hija viene y entabla una acción judicial acusando a la duquesa de apropiación indebida, pleito que dura 10 años. En 1893 sale la sentencia en su contra, desposeyéndola de los bienes que había recibido de su marido y el palacio también. Parece que fue traicionada por sus abogados y administradores. También se habló de un complot en su contra. Canalejas compró el palacio expropiado y vivió en él hasta su muerte. Actualmente es propiedad de la Cámara de Comercio e Industria de Madrid.

Acabaría sus días arruinada y malviviendo en una pensión. Murió en 1894, a los 66 años, siendo enterrada en el cementerio de San Isidro de Madrid, pues la hija del duque no consintió que fuera enterrada en el panteón familiar.

Esta es la historia de duquesa mendiga.

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Leyenda de la Calle de la Esperancilla. Texto de Basilides Manso

Leyenda de la Calle de la Esperancilla. Texto de Basilides Manso

Al final del siglo XIV había en este lugar una quinta, perteneciente a una hermosa mujer viuda llamada Esperanza, que tenía una hija, a la que llamaban Esperancilla, más bella que su madre, según el parecer de los pocos que la habían visto…

La viuda aceptó acoger al del noble francés Beltrán Duguesclin, que ayudó a Enrique II de Trastámara a matar a su hermano Pedro I de Castilla (“Pedro el Cruel”), pasando a la historia por su frase «ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».  Al parecer, los seguidores de Pedro I, cogiéndose la justicia por su mano quemaron la casa de la hermosa Esperanza, y según la leyenda, Madrid compró el terreno, llamando aquel lugar Calle de la Esperanza (barrio de Lavapiés), en honor de la viuda. No obstante, según otras fuentes el nombre de esta calle se refiere a una de las virtudes teologales.

Esperanza marchó con su hija a otra quinta no lejos de la anterior, y un día el noble francés vio a la muchacha envelada a través de la foresta del jardín, y a pesar de los velos pudo apreciar su belleza quedando prendado de ella, aunque no consiguió verla sin velos.

El rey Enrique II de Castilla, conocedor de los hechos por su amigo, quedó intrigado y deseoso de conocerla, y se presentó en su casa. Fue recibido con honores y agasajos como se merecía el ilustre visitante, pero sin la presencia de Esperancilla. Quiso conocerla el rey y Esperancilla se presentó, pero envelada, y como no hay nada que nos atraiga mas a los mortales que ver a medias la totalidad de lo que nos enseñan, el rey pagó silencios, compró voluntades, para acercarse por la noche a los aposentos de Esperancilla y verla sin sus velos.

Al fin con sus deseos cumplidos, quedó maravillado de la belleza de la joven, pero más aun ante la fortaleza de su virtud y honestidad, no chilló ni luchó para defender su virginidad, solo pidió al rey un acto, que hizo honesto caballero al más mujeriego. Solo pidió al monarca un anillo que fuera testigo de la infamia que iba a cometer y que finalmente no cometió. Aquella mujer que había vuelto loco al rey de Castilla desapareció y también la quinta con ella, solo quedó el nombre del lugar: calle de la Esperancilla, ubicada en el barrio de Embajadores.

En 1899 el Ayuntamiento cambió el nombre de la calle por Marqués de Toca, en honor del doctor Melchor Sánchez de Toca.

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Calle Válgame Dios. Texto de Basilides Manso

Calle Válgame Dios. Texto de Basilides Manso

Según cuenta la leyenda, en el convento de San Francisco (donde hoy se encuentra la Basílica de San Francisco el Grande) se presentaron dos hombres, pidiendo un fraile para asistir a una persona moribunda. Al portero no le gustó nada la pinta de los solicitantes de ayuda y pidió a un lego, muy fuerte, que acompañara al fraile. El lego, por si acaso, cogió una espada que camufló entre los hábitos y emprendieron camino.

Los hombres llevaron al fraile y al lego por sitios poco frecuentados, dando rodeos que no se correspondían con las prisas para asistir a un moribundo. Llegados a un lugar, les estaban esperando otros facinerosos embozados con los que el lego se enfrascó en una pelea, mientras algunos de ellos se llevaron al fraile después de vendarle los ojos. El lego, cuando se desembarazó de los facinerosos, corrió en ayuda del fraile.   Este había sido llevado a un profundo barranco, donde le esperaban una mujer con un niño en brazos, fruto del amor con un hombre que estaba a su lado. Obligaron al fraile, que seguía con la venda en los ojos, a confesar a la mujer y a bautizar al niño, pues iban a matar a ambos; cuando los secuestradores se disponían a matar a la mujer, esta gritó “¡Válgame Dios!”. El lego llegó tan a tiempo que desvió el golpe mortal sobre la mujer, hiriendo al esbirro de una estocada, poniendo en fuga al otro y estrangulando al padre de la criatura, antes de salir huyendo con la mujer y el niño.

Al parecer, la mujer era amante de los dos hombres y tuvo un bebé con un tercer hombre. Los dos amantes, sintiéndose agraviados, planificaron la muerte de la mujer y el niño y, respetando sus propias convicciones religiosas, quisieron que ella realizara su última confesión y el niño fuera bautizado.

Fraile, lego y niño regresaron al convento, pues la madre al verse libre huyó del lugar. Al día siguiente, la madre se presentó en el convento a recoger a su hijo y cuadrilleros de la Santa Hermandad, recorriendo los caminos encontraron a los heridos y al difunto padre, hicieron las averiguaciones pertinentes y descubrieron la historia, acordando llamar al lugar Barranco de Válgame Dios.

Con la creación del barrio de Barquillo se llamó a la Calle sobre el Barranco Válgame Dios. También se llamó de San Francisco y de Santa Bárbara la Vieja.

La calle Válgame Dios está en el madrileño barrio de Chueca, entre las calles Augusto Figueroa y Gravina.

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La Agorera. Texto de Basilides Manso

La Agorera. Texto de Basilides Manso

El nombre de la calle de la Gorguera es una deformación de La Agorera, y no tiene que ver con el cuello plegado que llevaban los caballeros del siglo de Oro.  La Agorera, cuyo nombre era María Mola, se dedicaba a la adivinación y la brujería en Burgos en pleno siglo XV, hasta que fue arrestada, juzgada y condenada por hechicera; se la emplumó y paseó por toda la ciudad y finalmente fue desterrada.

Se trasladó a Madrid, y como no podía vivir dentro de los límites de la ciudad, se instaló en las afueras para seguir con sus prácticas adivinatorias. Fue creciendo en fama, tanto que un fraile franciscano, llevado por un lego, la visitó para pedirle consejo. La Agorera le dijo que en la primera misa del día siguiente se le aparecería un ángel o un demonio, solo dependía del estado de su alma, en gracia o en pecado. El fraile estaba diciendo misa al día siguiente, muy pronto de madrugada, era invierno y estaba la iglesia en penumbra. Cuando se volvió hacia la iglesia, vio una sombra oscura volar hasta la lámpara y subir por la cadena, esto antes de desmayarse. Se armó un gran revuelo y una investigación posterior concluyó que lo que había visto el fraile no era el demonio sino una lechuza que había soltado la agorera en el momento oportuno y fue a la lámpara a por el aceite.

La Agorera fue detenida, juzgada por bruja y ahorcada, y su casa fue destruida para que no quedara ni rastro de ella. Más tarde, cuando el ayuntamiento dio nombre a una calle cerca del lugar, le puso calle de La Gorguera, que era como todo el mundo conocía la zona. El 31 d enero de 1804 se cambió el nombre por el de calle Núñez de Arce.

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Acabar como el Rosario de la Aurora. Texto de basilides Manso

Acabar como el Rosario de la Aurora. Texto de basilides Manso

En calle del Rosario, una pequeña vía al lado de San Francisco el Grande, ocurrió el hecho que luego daría pie a la expresión “acabar como el Rosario de la Aurora».

El Rosario de la Aurora era una costumbre religiosa medieval que consistía en que al amanecer una procesión recorría las calles de la localidad rezando el rosario. En Madrid la procesión salía de San Francisco el Grande por la puerta que daba a la calleja del Rosario, llevando 36 grandes faroles, aparte de otros faroles más pequeños y los de los acompañantes.

Se cuenta que una mañana a finales del siglo XVIII, la procesión, a la vuelta de la calle de los Remedios, hoy desaparecida, se encontró de frente otra procesión, y no cabían en la calle las dos procesiones. En aquella época tenía preferencia de paso la comitiva de mayor alcurnia, poder, cargo, etc.  Los dos mayordomos gritaron «¡Paso!», para que la otra procesión se apartara, porque cada uno consideraba su procesión más importante que la otra.

Ninguno cedió, y después de las palabras vinieron los hechos; como los primeros de cada procesión eran los portadores de las farolas, al tener ocupadas las manos quisieron abrirse paso a farolazos; después se lió la gorda, todos los de una procesión peleándose contra los de la otra, con lo que tenían a mano y, si no, con ellas.  Fue una pelea tremenda que los madrileños recordaron durante siglos y que dio lugar al dicho “acabar como el Rosario de la Aurora». Menos mal que iban rezando, y por este motivo la calle sigue llamándose Calle del Rosario.