Los Mayores Cuentan

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Instrucciones para vivir felizmente muchos años. Texto de Francisco Pérez

Instrucciones para vivir felizmente muchos años. Texto de Francisco Pérez

Se presentan estas instrucciones como sugerencias, no como obligaciones para personas mayores. La lista la completa cada persona con sus propias indicaciones.

  • Salir de casa y caminar todos los días al menos una hora a buen paso.
  • Hacer cinco comidas diarias en las que se mezclen frutas y verduras con proteínas, incluidas las vegetales. Los hidratos de carbono, mejor al mediodía. Los que coman fuera de casa, menús del día equilibrados y económicos, y los burgers para los jóvenes.
  • Montar un programa de visitas mensuales dentro del barrio, en la ciudad o en transporte de cercanías, a ser posible con compañía, pero también en solitario o con visitas guiadas.
  • Leer prensa o literatura a diario sin agotarse porque el final del libro no aparece nunca. Se puede añadir la escritura de un folio diario.
  • Ver la televisión en pequeñas dosis, descansando cada hora y olvidarse de la fea costumbre de serie o peli y mantita. Probar a pasar un día al mes sin encender el televisor. Disfrutar con lo que llega por la tele y evitar maldecir a ese político al que odia (escriba aquí el nombre del elegido).  Lo mismo se sugiere con el móvil. Las llamadas a hijos y nietos al gusto y sin pasarse, y un día sin móvil puede ser un gran día.
  • Seguir las indicaciones de los clínicos en los pasos a dar para llevar una vida feliz. No desesperarse cuando la primera cita disponible para la revisión del colesterol y otras sustancias internas supere los seis meses.
  • Dejar la mente en blanco de vez en cuando y pensar en la vida tan corta que ya ha pasado y en la larga que queda. El ejercicio es reversible.

Muchas otras instrucciones caben más abajo porque aquí hemos llegado a las trescientas palabras.

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La influencer. Relato de Lola Fonta

La influencer. Relato de Lola Fonta

Clara no dudaba en reprocharle a su madre que la conociesen por el alias de Caperucita Roja. Algunas de sus compañeras eran influencers, y ella vestida con esa ridícula capa sentía vergüenza de que la vieran de esa guisa, pero su madre hacia caso omiso pensando que era la natural rebeldía de la adolescencia.

—Hija, ya tienes la comida de tu abuela en la cesta, llévala que se hace tarde.

—Cestita ¡eh! llévala tú. Se acabó, no iré más a llevarle la comida y menos vestirme con esa birria de capa.

—Hija, sabes que no puedo llevarle la comida a tu abuela, me la tiene jurada desde que aborté su boda con Bonifacio.

Clara se lo recriminó en su día; no le pareció bien que su madre se opusiera a la boda de su abuela con Bonifacio.

—Pues ya es hora de que hagáis las paces. Hace unos días siento que alguien me sigue, y tengo miedo, así que no iré más.

—¿Y quién llevará la comida a tu abuela?

—Que se la lleve un «dron».

—Déjate de discusiones, te pones muy subidita para tener solo trece años.

—Hoy será el último día, luego he quedado con una amiga; queremos ser influencers.

Al oír lo que decía Clara, se la quedó mirando con gesto sarcástico y luego salió dando un portazo.

La niña cogió la cesta, según ella, por última vez, y fue a casa de la abuela.

—¡Abuela! ¡Hola! ¿dónde estás?

—¡Pasa al dormitorio!

—iAbuela! ¡Qué hace ese hombre en tu cama!

—Clarita, te presento a Bonifacio…

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«Gypsy» musical en el Teatro Apolo.  Relato de Soledad del Yerro

«Gypsy» musical en el Teatro Apolo. Relato de Soledad del Yerro

Fui a ver “GYPSY”, un musical clásico que narra la historia de Mama Rose, una madre que recorre Estados Unidos con sus hijas, en busca de la fama en el mundo del vodevil.

Estaba atenta disfrutando de la obra, pues destaca por la buena dirección de la orquesta y de los músicos que la componen, así como por las actuaciones de su elenco, el vestuario y el sencillo y luminoso decorado.

Había una silla vacía a mi lado, la única en la esquina de la fila. Cuando de pronto la ocupó un caballero, lo miré y me di cuenta de que era Antonio Banderas; me sonrió, y yo le correspondí, y seguimos viendo la obra hasta que terminó la primera parte. Al encenderse la sala y empezar el descanso, él se puso unas gafas de sol y una gorra visera.

—¿Perdone, señora, me he dado cuenta de que sabe quién soy, ¿no es cierto?

—Naturalmente, he visto muchas de sus películas, y sé que es el director de este musical.

—Pues no se extrañe de que me camufle durante el descanso, porque si no, armo un revuelo impresionante en la sala.

—El ser famoso es lo que tiene, seguro que le halaga, pero le abruma.

—Está usted en lo cierto, me encanta ver el cariño que me dispensa el público, pero hay veces que tanta foto y tanto abrazo te acaba agotando, aunque la verdad es que soy muy feliz con esta maravillosa profesión.

—Yo le doy la enhorabuena por sus éxitos, y por el trabajo que sé que le gusta dar a músicos y actores. Estoy emocionada de haber tenido la ocasión de mantener esta pequeña charla con usted, y le deseo de corazón que siga acumulando muchos triunfos.

 —El placer ha sido mío, muchas gracias por sus deseos y su comprensión.

Desapareció por una puerta, camuflada por el artesonado de madera de la pared que estaba cerca de la butaca donde estuvo sentado.

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Odisea.  Relato de Carlos F.

Odisea. Relato de Carlos F.

Había conducido toda la noche en mi viejo escarabajo. La lluvia había cesado y permitía ver la carretera más despejada, sin el muro de oscuridad y agua que había incordiado el último tramo del trayecto.

Me atreví a bajar la ventanilla y un olor a petricor lo invadió todo. Llene mis pulmones con ansia como si fuera un tísico en pleno apogeo.

Apagué el cigarrillo en el cenicero antes de que empezara a toser y calculé mentalmente el tiempo que debía transcurrir hasta llegar a mi destino. La aguja de la gasolina indicaba que aún quedaba un tercio de depósito.

El bostezo inundó de oxígeno mi cerebro y ayudó a despejarme un poco más. El destino estaba cerca muy cerca.

Apagué el motor del coche y las luces. Con la inercia lo dejé estacionado enfrente de la puerta del bar del pueblo, con sus luces de neón que señalaban: ITACA.

Bajé del coche despacio como el que no tiene prisa por llegar y que le da igual un sitio que otro.

Empujé la puerta, un silencio extraño cubría el local, no había nadie, ni siquiera detrás de la barra.

Con la misma desgana di media vuelta y volví a salir del bar, me dirigí al coche cuando unas gotas de lluvia empezaban de nuevo a caer. Sentado en el asiento trasero y cubierto por la manta todo uso que cubría ese espacio, esperé pacientemente con ojos de sueño a que el barman, volviese de mi casa después de acostarse con Penélope mi mujer.

Los dos tiros con la escopeta de postas no fue el final imaginado de la Odisea.

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