Los Mayores Cuentan

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Una historia de lluvia. Relato de IBARHER

Una historia de lluvia. Relato de IBARHER

Jesús y Úrsula son campesinos y sufren los efectos de una sequía muy prolongada que está destruyendo las plantas que han sembrado.

Siempre se levantan a la misma hora, sobre las ocho de la mañana. Hoy el cielo está muy grisáceo cuando de repente se fue la luz en el pequeño pueblo.

La gente se apiñaba asustada en sus casas escuchando un ruido estremecedor de la lluvia sobre los tejados.

La lluvia caía cada vez más intensamente, parecía un diluvio universal más que un aguacero.

Jesús le pide a Úrsula no salir de casa para resguardarse y protegerse, mientras que él se acerca a la casa de sus vecinos, ya que viven solos, y los ayuda dándoles cobijo en su casa hasta que escampe y pase el peligro.

Úrsula, qué es una excelente cocinera, prepara un bizcocho y chocolate.

Todos juntos esperan que pase el peligro jugando al mus y tomando chocolate caliente con bizcocho.

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Olvidado.  Relato de Antonio Poison

Olvidado. Relato de Antonio Poison

La cita en el ambulatorio se retrasaba más de media hora. Había matado el tiempo contemplando algunas láminas de Kandinsky que colgaban de las paredes verdes y calculado la superficie de la sala, contando el número de baldosas verdes y azules de un metro de largo por otro de ancho que tenía. Ya no sabía qué hacer. Estaba a punto de perder la paciencia y marcharme, cuando alguien rozó suavemente mi hombro con su mano.

—Perdone que le moleste, ¿sabe Ud. qué número han llamado?

Se trataba de un anciano que aparentaba unos ochenta años; no muy alto, moreno, con un abundante cabello liso de color gris. Su rostro alargado, aunque estaba pulcramente afeitado, hacía intuir una cerrada barba de leves betas negras. Vestía una gabardina gris algo grande y un tanto raída por el uso que apenas dejaba ver los pantalones del mismo color. Un jersey liso de lana gris y una camisa de cuadros negros y rojos, tipo leñador. No sé bien cuál fue mi respuesta, pero, sin darme cuenta, me encontré inmerso en el monólogo de un desconocido que yo no había provocado y que en cierta forma me importunaba.

—Y es que a nadie le gusta esperar, pero, como dice mi mujer, a los hombres menos que a nadie; según ella, tenemos muy poca paciencia. Sin embargo, mi Josefina de joven llegaba, por costumbre, siempre tarde a las citas. Decía que las cosas importantes siempre se hacen esperar. Pero, perdone, seguro que le estoy molestando; con la edad me he convertido en un parlanchín.

Realmente, César, que así me dijo que se llamaba, hablaba mucho y, mientras lo hacía, buscaba en el fondo de tus ojos tratando de adivinar el efecto que tenían sus palabras. Desprendía vitalidad a través de sus pupilas que brillaban como los ojos de un niño que acabase de llorar.  Yo le escuchaba sorprendido, mostrando un moderado interés para no parecer descortés y, en cualquier caso, no me podía marchar. Así que me lo tomé con tranquilidad y le contesté que no me molestaba. Y siguió con su charla.

—Sí, el Alzheimer le ha dejado sin recuerdos. Desde luego, es una pena. No vivimos solos, estamos con nuestro hijo; casado y con dos niños. Estamos bien, pero quieras o no se incomoda; además, como en la casa de uno, en ningún sitio, aunque sea la de tus hijos.

Tuve la impresión de que una queja se solapaba con sus palabras, un pequeño desgarro que le producía dolor, pero no quise profundizar. Temía que cortara la conversación por la que yo cada vez me mostraba más interesado y se pusiera a la defensiva.

—Empezó con pequeños fallos de memoria hará unos tres años. Se olvidaba de dónde había dejado algunas cosas y poco más. Pero, poco a poco, su carácter fue cambiando; se hizo agresiva, ella que era puro candor, y al mismo tiempo sus olvidos se incrementaron, haciéndose más constantes. Cada vez andaba con mayor dificultad, pues se fatigaba mucho. Su estado de ánimo siguió empeorando e incluso empezó a fallarle la higiene personal.  El día que se dejó el fuego encendido, decidí contárselo a mi hijo.

Por la pantalla seguían anunciando el número de turno y a mí me parecía que el médico los despachaba cada vez con más rapidez. Pero en realidad, lo que ocurría era que me encontraba más interesado en lo que me contaba César, al que identificaba como prototipo de una generación de luchadores con una vida dura y difícil.

—Según mi hijo, ni yo estaba en condiciones de atenderla, pues bastante tenía con valerme por mí mismo, ni en el pueblo existían medios suficientes para hacerlo y tampoco nos quedaba familia allí que nos echara una mano. Lo mejor era que nos viniéramos a Madrid a vivir en su casa. Aunque ella va a una residencia con centro de día por la mañana y la devuelven por la noche a dormir.

César se contestaba a veces sin que yo le preguntara, como si tratara de racionalizar los hechos y sus propias dudas. Iba a preguntarle por su opinión al respecto, pero no me dejó hablar; siguió con su monólogo desaforado como si necesitara desahogarse o llevara mucho tiempo sin poder hacerlo.

—No, a ellos ya no les reconoce; a mí sí, yo tengo un truco: unas castañuelas. Se las fabriqué cuando nos hicimos novios; son talladas en madera y no de fibra como las de ahora; yo tenía quince años y trece, Josefina; le encantaba tocarlas. Si estoy con ella, se las enseño. Al principio duda, pero, al rato, con su mano se golpea suavemente el pecho, como diciendo: son mías. Luego, me mira a los ojos, sonríe y me las pide para tocarlas. Sabe Vd., la música es de los últimos recuerdos que se pierden. No sé qué haré el día que ni siquiera así sea capaz de reconocerme.

Después de aquel encuentro casual en el ambulatorio, tuve ocasión de volver a verlo por el barrio sentado en uno de los bancos de la plaza. Aquel anciano había entrado en mi vida por una pequeña rendija y, sin saber muy bien por qué, no quería que saliera. Básicamente estaba solo. Su hijo y su nuera trabajaban y sus nietos iban al colegio, así que más de una vez le acompañé en sus paseos. Sin embargo, en estos meses, su afabilidad se fue tornando tristeza por el empeoramiento en la enfermedad de su mujer.

Llovía en aquel cementerio al sur de la ciudad y el invierno se volvió triste de repente. Las paredes de ladrillo rojo que escondían los nichos rezumaban agua y dolor, y una niebla densa de lamentos y olores de muerte coronaba el lugar. Desde la distancia vi alejarse al pequeño cortejo de apenas unas almas y, cuando salieron, me acerqué para dar a César mi último adiós. Contemplando su tumba, mientras me empapaba la lluvia y a mi alrededor se cerraba la noche, no pude dejar de pensar en ese anciano, que sobrevivió al desastre y a la miseria de la postguerra y el olvido de todos; pero fue incapaz de soportar el olvido de su mujer.

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Conversaciones sobre la lluvia. Relato de Francisco Pérez

Conversaciones sobre la lluvia. Relato de Francisco Pérez

—Nos hemos reunido hoy en este centro para hablar sobre lo que nos sugieren las lluvias que han caído recientemente.

—Yo soy Julia, yo lo que prefiero son las lluvias de estrellas, me hacen más feliz que ir por la calle con paraguas.

—Pero Julia —dijo María—, ya sabes el dicho, nunca llueve a gusto de todos. A mí sí me alegra ver caer tanta agua y si son chaparrones, mejor todavía, mucha agua en poco tiempo.

—Me toca, soy Manuel, creo que hay gente que exagera; cuando caen cuatro gotas ya comienzan a inquietarse, no quiero ni pensar cuando caigan chuzos de punta.

—Sí, Manuel —dijo Belén—, pero has de reconocer que hay veces que descargan rayos y truenos y además ten en cuenta que hay gente que se organiza tormentas en un vaso de agua.

—Yo he venido a pasar un rato agradable —dijo Alfonsa— y no pienso meterme en ningún charco, así que si seguís renegando de la lluvia, yo no voy a subir la apuesta, no quiero que llueva sobre mojado.

—Estoy de acuerdo contigo, Alfonsa —dijo Carlos—. Mejor que seguir con la lluvia sería ver una película de las que echa Carmen, yo propongo que la próxima semana veamos Cumbres Borrascosas.

—Buena idea, Carlos, la del cine. Soy Beatriz y nunca podré olvidar aquel año en el que no pude salir de casa en toda la mañana porque se encharcó el portal y estuvo inundado hasta que llegaron los bomberos.

—Yo no he hablado hasta ahora, soy Concha y yo siempre recibo las lluvias como agua de mayo, creo que nos beneficia a los humanos, a los animales y a las plantas y por no seguir hablando de la limpieza del aire y de las aguas.

—Pues vamos concluyendo ahora que ha escampado, ha dejado de chispear y les deseo a todos que, pase lo que pase, salga el sol por Antequera. Y recuerden que en abril, aguas mil.

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Amor diferente. Dos microrrelatos de Genoveva Esso

Amor diferente. Dos microrrelatos de Genoveva Esso

Amor materno

—Mamá, he echado lejía en el caldo gallego.

—Lo noté, tomé dos cucharadas.

—No puedo evitarlo, madre, perdóname.

—No importa, hija, me estás dejando el estómago como una patena.

Amor masoquista

—No aguanto más, tía Cándida, me sacas de quicio

—Te quiero, sobrina

—He echado aceite en el suelo para que te resbales y te mates.

—Si eso es lo que quieres, Ana, moriré con gusto.

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