Los Mayores Cuentan

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Olvidado. Relato de Antonio Poison

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La cita en el ambulatorio se retrasaba más de media hora. Había matado el tiempo contemplando algunas láminas de Kandinsky que colgaban de las paredes verdes y calculado la superficie de la sala, contando el número de baldosas verdes y azules de un metro de largo por otro de ancho que tenía. Ya no sabía qué hacer. Estaba a punto de perder la paciencia y marcharme, cuando alguien rozó suavemente mi hombro con su mano.

—Perdone que le moleste, ¿sabe Ud. qué número han llamado?

Se trataba de un anciano que aparentaba unos ochenta años; no muy alto, moreno, con un abundante cabello liso de color gris. Su rostro alargado, aunque estaba pulcramente afeitado, hacía intuir una cerrada barba de leves betas negras. Vestía una gabardina gris algo grande y un tanto raída por el uso que apenas dejaba ver los pantalones del mismo color. Un jersey liso de lana gris y una camisa de cuadros negros y rojos, tipo leñador. No sé bien cuál fue mi respuesta, pero, sin darme cuenta, me encontré inmerso en el monólogo de un desconocido que yo no había provocado y que en cierta forma me importunaba.

—Y es que a nadie le gusta esperar, pero, como dice mi mujer, a los hombres menos que a nadie; según ella, tenemos muy poca paciencia. Sin embargo, mi Josefina de joven llegaba, por costumbre, siempre tarde a las citas. Decía que las cosas importantes siempre se hacen esperar. Pero, perdone, seguro que le estoy molestando; con la edad me he convertido en un parlanchín.

Realmente, César, que así me dijo que se llamaba, hablaba mucho y, mientras lo hacía, buscaba en el fondo de tus ojos tratando de adivinar el efecto que tenían sus palabras. Desprendía vitalidad a través de sus pupilas que brillaban como los ojos de un niño que acabase de llorar.  Yo le escuchaba sorprendido, mostrando un moderado interés para no parecer descortés y, en cualquier caso, no me podía marchar. Así que me lo tomé con tranquilidad y le contesté que no me molestaba. Y siguió con su charla.

—Sí, el Alzheimer le ha dejado sin recuerdos. Desde luego, es una pena. No vivimos solos, estamos con nuestro hijo; casado y con dos niños. Estamos bien, pero quieras o no se incomoda; además, como en la casa de uno, en ningún sitio, aunque sea la de tus hijos.

Tuve la impresión de que una queja se solapaba con sus palabras, un pequeño desgarro que le producía dolor, pero no quise profundizar. Temía que cortara la conversación por la que yo cada vez me mostraba más interesado y se pusiera a la defensiva.

—Empezó con pequeños fallos de memoria hará unos tres años. Se olvidaba de dónde había dejado algunas cosas y poco más. Pero, poco a poco, su carácter fue cambiando; se hizo agresiva, ella que era puro candor, y al mismo tiempo sus olvidos se incrementaron, haciéndose más constantes. Cada vez andaba con mayor dificultad, pues se fatigaba mucho. Su estado de ánimo siguió empeorando e incluso empezó a fallarle la higiene personal.  El día que se dejó el fuego encendido, decidí contárselo a mi hijo.

Por la pantalla seguían anunciando el número de turno y a mí me parecía que el médico los despachaba cada vez con más rapidez. Pero en realidad, lo que ocurría era que me encontraba más interesado en lo que me contaba César, al que identificaba como prototipo de una generación de luchadores con una vida dura y difícil.

—Según mi hijo, ni yo estaba en condiciones de atenderla, pues bastante tenía con valerme por mí mismo, ni en el pueblo existían medios suficientes para hacerlo y tampoco nos quedaba familia allí que nos echara una mano. Lo mejor era que nos viniéramos a Madrid a vivir en su casa. Aunque ella va a una residencia con centro de día por la mañana y la devuelven por la noche a dormir.

César se contestaba a veces sin que yo le preguntara, como si tratara de racionalizar los hechos y sus propias dudas. Iba a preguntarle por su opinión al respecto, pero no me dejó hablar; siguió con su monólogo desaforado como si necesitara desahogarse o llevara mucho tiempo sin poder hacerlo.

—No, a ellos ya no les reconoce; a mí sí, yo tengo un truco: unas castañuelas. Se las fabriqué cuando nos hicimos novios; son talladas en madera y no de fibra como las de ahora; yo tenía quince años y trece, Josefina; le encantaba tocarlas. Si estoy con ella, se las enseño. Al principio duda, pero, al rato, con su mano se golpea suavemente el pecho, como diciendo: son mías. Luego, me mira a los ojos, sonríe y me las pide para tocarlas. Sabe Vd., la música es de los últimos recuerdos que se pierden. No sé qué haré el día que ni siquiera así sea capaz de reconocerme.

Después de aquel encuentro casual en el ambulatorio, tuve ocasión de volver a verlo por el barrio sentado en uno de los bancos de la plaza. Aquel anciano había entrado en mi vida por una pequeña rendija y, sin saber muy bien por qué, no quería que saliera. Básicamente estaba solo. Su hijo y su nuera trabajaban y sus nietos iban al colegio, así que más de una vez le acompañé en sus paseos. Sin embargo, en estos meses, su afabilidad se fue tornando tristeza por el empeoramiento en la enfermedad de su mujer.

Llovía en aquel cementerio al sur de la ciudad y el invierno se volvió triste de repente. Las paredes de ladrillo rojo que escondían los nichos rezumaban agua y dolor, y una niebla densa de lamentos y olores de muerte coronaba el lugar. Desde la distancia vi alejarse al pequeño cortejo de apenas unas almas y, cuando salieron, me acerqué para dar a César mi último adiós. Contemplando su tumba, mientras me empapaba la lluvia y a mi alrededor se cerraba la noche, no pude dejar de pensar en ese anciano, que sobrevivió al desastre y a la miseria de la postguerra y el olvido de todos; pero fue incapaz de soportar el olvido de su mujer.

11 Comentarios

  1. Me ha gustado mucho. Es real como la vida misma.
    Y aflora la empatia tan necesaria en estos casos.

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    • Gracias, Lola por leerme y por tus comentarios

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    • Me ha gustado mucho este relato, engancha, transmite sentimientos sin sentimentalismo, muy bueno

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  2. Precioso relato de una realidad más habitual de lo deseado. Y, por cierto, muy bien relatada.

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    • Gracias, Maria Dolores por leerme y por tus comentarios

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  3. Me ha encantado este cuento, maravillosamente escrito, con mucha ternura, sensibilidad y realismo. ¡Muchas gracias por compartirlo, escritor!

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    • Gracias, por leerme y por tus comentarios

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    • Estupendo relato. Refleja la cotidianidad de un día cualquiera y lo transforma en la emoción del desenlace. Se lee bien y un cierto suspense acompaña al lector hasta el final. Gracias Antonio.

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      • Gracias, Concha por leerme y por tus comentarios

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  4. ¡Qué relato más bonito! Una situacion muy real contada magistralmente.

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    • Gracias, por leerme y por tus comentarios

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