
Clara no dudaba en reprocharle a su madre que la conociesen por el alias de Caperucita Roja. Algunas de sus compañeras eran influencers, y ella vestida con esa ridícula capa sentía vergüenza de que la vieran de esa guisa, pero su madre hacia caso omiso pensando que era la natural rebeldía de la adolescencia.
—Hija, ya tienes la comida de tu abuela en la cesta, llévala que se hace tarde.
—Cestita ¡eh! llévala tú. Se acabó, no iré más a llevarle la comida y menos vestirme con esa birria de capa.
—Hija, sabes que no puedo llevarle la comida a tu abuela, me la tiene jurada desde que aborté su boda con Bonifacio.
Clara se lo recriminó en su día; no le pareció bien que su madre se opusiera a la boda de su abuela con Bonifacio.
—Pues ya es hora de que hagáis las paces. Hace unos días siento que alguien me sigue, y tengo miedo, así que no iré más.
—¿Y quién llevará la comida a tu abuela?
—Que se la lleve un «dron».
—Déjate de discusiones, te pones muy subidita para tener solo trece años.
—Hoy será el último día, luego he quedado con una amiga; queremos ser influencers.
Al oír lo que decía Clara, se la quedó mirando con gesto sarcástico y luego salió dando un portazo.
La niña cogió la cesta, según ella, por última vez, y fue a casa de la abuela.
—¡Abuela! ¡Hola! ¿dónde estás?
—¡Pasa al dormitorio!
—iAbuela! ¡Qué hace ese hombre en tu cama!
—Clarita, te presento a Bonifacio…
Me ha encantado. Una combinación deliciosa del cuento de Caperucita, las modas actuales y los conflictos familares. ¡Qué ingenioso y qué gracioso!
Está claro que frenar el frenesí del amor, termina como taponar un río, la presa revienta.
Muy simpático y bien escrito. Me gusta