Los Mayores Cuentan

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Amores de juventud. Relato de Soledad del Yerro

Amores de juventud. Relato de Soledad del Yerro

Salía de mi clase de taquimecanografía, cuando se acercó a mí un chico joven, alto y bien parecido.

—Señorita, perdone mi atrevimiento, me llamo Javier Mendoza, he venido a este pueblo por motivos de trabajo y vivo en un piso con varios compañeros. La he visto a usted varias veces acompañada de una amiga que, por las indagaciones que he hecho, se llama Teresa, ¿por favor podría presentármela?

—Primero me tendrá que decir los motivos que tiene —le contesté yo entre sorprendida y azorada.

—Pues aunque parezca raro, desde el día que la vi sentí un flechazo que no hago más que pensar en ella y cuando la veo siento una emoción que en mi vida había sentido por nadie.

—Se lo haré saber y si ella consiente, mañana que es domingo a la salida de misa de doce nos vemos.

Así se conocieron Teresa y Javier. Pasados dos años, él por motivos de trabajo se fue a vivir a Bilbao; ella no tenía teléfono en su casa y como era habitual en aquella época, su relación siguió a través de las cartas que a diario se escribían.

Entonces fue Teresa la que me pidió que le ayudara a contestar las cartas de Javier; ella tenía una letra preciosa, pero la redacción se le daba muy mal.

¿Cómo no iba yo ayudar a mi amiga? Cada carta que llegaba la leíamos las dos y yo le iba dictando lo que sentía que debía contestar. Como la distancia era grande se veían cuando Javier tenía vacaciones. Él ascendió en su trabajo y estaba seguro e ilusionado de poder volver a su antiguo destino, y Teresa soñaba con que aquello sucediera.

Un amigo común nos comentó que había estado en Bilbao, y que Javier se había portado con él de maravilla. Habían visitado todo lo importante de la ciudad y le había introducido en su círculo de amistades.

—Por eso, Teresa, no te hagas ilusiones, no es fácil que deje Bilbao tan pronto —dijo en tono de advertencia.

Yo le afeé el comentario.

—Después de que vienes tan contento de su acogida, le insinúas a Teresa que no crees que vuelva. ¿Tienes algún motivo para ello?

—Ay, chiquitas, que cándidas sois —y sin más se ausentó.

La pandilla al completo le pusimos verde, pero comprendimos su advertencia cuando le llegó a Teresa una carta en la que Javier le devolvía las fotos que ella le había enviado, le pedía perdón y le dijo qué nunca la olvidaría, pero la distancia le había hecho comprender que solo había sido un amor de juventud.

Fue la última carta, porque pensamos que el mejor desprecio era no hacerle aprecio, y llorando como dos tontas dimos fin a aquella relación.

Yo me prometí no enamorarme jamás de nadie con quien tuviera que mantener mi relación a través de las cartas, pues aunque no sintiera el dolor de Teresa, sí experimenté un gran desengaño.

La vida siguió. Teresa encontró un amor en la cercanía, se casaron y formaron una bonita familia. Su marido a base de trabajo llegó a ser un gran empresario, y siempre vivieron en la abundancia.

Nuestra amistad ha sido una de las cosas más bonitas que nos ha unido toda la vida.

De Javier supimos que se casó con una novia bilbaína que se llamaba Teresa.

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Exposición inmersiva de Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

Exposición inmersiva de Cleopatra. Relato de Soledad del Yerro

Llegar al edificio del Matadero, para visitar esta exposición, fue para mi un acto emotivo. En Legazpi, enfrente de este emblemático edificio, vivían mis abuelos maternos con dos de sus hijas y nietos. Yo pasaba muchas temporadas con ellos y recordé nuestras carreras y juegos por aquel recinto.

A principios del siglo XX, el arquitecto municipal Luis Bellido diseñó este complejo como matadero y mercado de ganado. Se levantó con una arquitectura neomudéjar, muy características del Madrid de esa época: ladrillo visto, arcos de herradura y decoraciones geométricas que evocan la tradición hispanoárabe, pero aplicadas a una construcción funcional e industrial.

Durante décadas, fue un espacio de trabajo, de tránsito y de vida cotidiana para la ciudad,

Con el cierre del matadero en los años 90, el recinto estuvo a punto de caer en el abandono. Sin embargo, el Ayuntamiento decidió darle un nuevo uso: transformarlo en un centro cultural. Lo cierto es que han respetado su arquitectura por completo. Contemplarlo es un gozo para los amantes del arte.  ¿Y qué mejor escenario para hablar de Cleopatra? Ella misma fue un puente entre culturas: egipcia por nacimiento, griega por ascendencia, aliada y enemiga de Roma. La amplitud de estas naves, sus muros de ladrillo y la luz que se filtra nos hace sentir en un espacio monumental, casi como si estuviéramos entrando en los vestíbulos de un templo antiguo.

En la primera sala de la exposición se puede leer la historia de Cleopatra, en varios y bonitos carteles representativos. A continuación, los empleados de la exposición te van pasando a la sala contigua, dónde te advierten que te sientes y después te pongas un casco con gafas y auriculares. Como en un teatro vas viendo salas y templos egipcios y monumentos de Roma. Por los auriculares te cuentan que antes de ser reina Cleopatra, su padre Ptolomeo XII perdió el trono de Egipto. El pueblo no lo quería porque estaba muy endeudado con Roma y vendía la independencia egipcia a cambio de apoyo político.

Cleopatra para ser reina se casó con su hermano menor Ptolomeo XIII, que entonces tenía 10 años.  Ambos gobernaron conjuntamente, pero pronto se enfrentaron y Cleopatra, con la ayuda de Julio César, logró la derrota y la muerte de su hermano. Después de la muerte de este, Cleopatra se casó con su hermano Ptolomeo XIV y llegaron a gobernar Egipto entre ambos, aunque el verdadero poder lo tenía ella sola. Mas tarde lo mandó ejecutar (probablemente con veneno) para asegurar el trono a Cesarión, el hijo que había tenido con Julio César. En aquella época el casarse entre hermanos era como un acto religioso para mantenerse en el reino. Y de ambición también pienso yo, llegaban a quitarse la vida por el trono.

A continuación, nos hicieron levantar y pasar a otra gran sala, recomendándonos que, si veíamos una figura azul es que era otra persona, que tuviéramos cuidado para no tropezar con ella, si veíamos puntos rojos era una pared que la evadiéramos, y lo más importantes era seguir a unos redondeles amarillos y blancos que nos guiarían por la vida y muerte de Cleopatra.

Así vimos los verdaderos amores de su vida —Julio César y Marco Antonio—, las batallas y los barcos. Nos sumergimos bajo el mar, sintiendo el sonido del agua y los peces de varios tamaños a nuestro alrededor; era impresionante. Nos metimos en el ataúd de Cleopatra que contenía el áspid que le dio la muerte. Yo pasé miedo por una parte de terreno que eran losas enormes de piedra sueltas a las que precedía un enorme hoyo; menos mal que según caminabas se pegaban a las losas fijas. Al final, cuando terminé estaba en un balcón al lado de Cleopatra seguramente viendo el Nilo. Escuché una voz de mujer que me dijo: “Señora, el recorrido ha terminado”.

La empleada me ayudó a quitarme los auriculares y las gafas, y le agradecí su ayuda y la amabilidad que ella y sus compañeros habían tenido con todos los componentes de nuestro grupo.  Y también di las gracias a las voluntarias de Cruz Roja, que todo el tiempo estuvieron pendientes de todo el grupo.

Es una exposición digna de ver, yo pasé una preciosa mañana, llena de historia y añoranzas.

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La Ciudad Ducal.  Relato de Soledad del Yerro

La Ciudad Ducal. Relato de Soledad del Yerro

La Ciudad Ducal es una gran urbanización que está a escasos dos kilómetros de distancia de Las Navas de Marqués, un importante pueblo de Ávila.

El terreno donde se construyó era de los marqueses de Medinaceli, los cuales habían pasado gran parte de sus veranos en un maravilloso chalet, que estuvo allí ubicado durante muchos años.

Ángela María Pérez de Barradas, esposa del marqués, que estaba enamorada del paisaje y el clima del lugar, diseñó unos jardines con gran variedad de vegetación y fauna, en cuyo cuidado y mantenimiento trabajaron muchas familias del pueblo, de forma tan esmerada, que hicieron de todo ello un vergel.

Aprovechó las aguas del arroyo Retuerto, junto con las que el deshielo bajaba de las montañas, para de represarlas y formar así un considerable lago, al cual añadió un embarcadero para disfrutar de sus paseos en barca. Su capillita para rezar y escuchar misa, fue otra de las edificaciones que esta señora instaló en su finca y, como última ocurrencia, encargó a los talleres de Eiffel en París, una torre mirador con dos escaleras desde donde se divisa toda la grandiosidad del paisaje.

 Los chalets que en aquel lugar se construyeron en el año mil novecientos cuarenta y tres, eran de lujo.

Mis padres trabajaban como guardeses y empleados de mantenimiento, lo que les dio derecho a una vivienda sencilla pero agradable y acogedora. Verdaderamente, fue una suerte poder disfrutar de aquel entorno maravilloso.

Un autobús nos recogía a los niños de la Ciudad Ducal, para llevarnos a la escuela del pueblo. En aquel lugar, entre los niños no hubo diferencia de clases. Fuimos compañeros de juegos y colegio los hijos de los trabajadores y los de las familias adineradas que podían permitirse comprar allí una vivienda.

Hoy es quince de julio y ha sido la última mañana de clase. Hemos tenido fiesta de reparto de premios a los que hemos obtenido buenas notas. Estoy deseando llegar a casa, pues he pasado de curso y me han dado un libro de cuentos de Andersen, como premio.

 Qué alegría les voy a dar a mis padres, se lo merecen, sé que la mejor forma que tengo de pagarles el esfuerzo que hacen porque no me falte de nada es estudiar.

Después de comer y ayudar a recoger la mesa, me echo en mi cama. Quiero leer, pero no me puedo concentrar. ¡Qué nerviosa estoy! Ha sido una mañana llena de emociones.

Suenan las campanadas de las cinco de la tarde del reloj del comedor y de un salto, me levanto de la cama. Al mirarme en el espejo del cuarto de baño me parece que no tengo buena cara, estoy un poco pálida.

Le doy un beso a mi madre y salgo en busca de Ana, que vive muy cerca de mi casa y es una de mis mejores amigas.

De mutuo acuerdo nos dirigimos al mirador Eiffel, desde donde se distingue todo el recinto, y corre un airecillo que a mí me viene bien para tranquilizarme.

En un rincón entre los árboles divisamos “la casita de Versalles», que era llamada así por su estilo parecido a las que en París hizo edificar María Antonieta.

—Vamos dando un paseo y nos acercamos para ver la casita por dentro —propone Ana—, seguro que tú nunca has entrado en ella.

La sigo un poco dudosa, pues no sé si a mis padres les parecería bien la idea.

La fachada de la casa se refleja en el lago, los árboles y las flores la adornan por doquier. Hay una puerta trasera que, solo con levantar un pestillo, nos permite la entrada. El mobiliario es escaso, lo que más abundan son cuadros y fotografías de otras épocas.

Sentimos ruido en el piso de arriba y nos escondimos bajo el hueco de la escalera, desde donde escuchamos jadeos, suspiros y algún grito raro. Nos miramos asustadas.

Para qué habré entrado en la casita, seguro que es verdad la historia que siempre escuché de que en ella moraban los espíritus de personas muy importantes que la habían habitado y por ser malos con sus semejantes no habían podido pasar la frontera al otro mundo.

—Ana, vámonos de aquí —susurro, pero escuchamos que una puerta se abría y alguien baja por la escalera.

Desde nuestro escondite reconocemos a Rosa, una trabajadora de hogar que vive en uno de los chalets, que rápidamente sale al exterior. Nosotras pensamos hacer lo mismo, pero vuelven a sonar pasos y esta vez es Javier, el chico que cuidaba las barcas en verano, quien tranquilamente abre un armario, saca un artefacto (que resulta ser un proyector), deja la habitación a oscuras y sobre el papel blanco que cubre la pared, podemos leer: “JOAQUINA MARÍA DE BENAVIDES – MARQUESA DE MEDINACELI.  Año mil setecientos ochenta y cinco”.

A continuación, aparece la figura esbelta de una señora morena con unos preciosos ojos verdes, vestida con un traje que le hace cintura de avispa y un gran polisón largo hasta los pies, por donde asomaban unos zapatos de fina puntera y que brillaban como el charol. Desde la improvisada pantalla,  ella cuenta que había vivido en París, pues su esposo, el marqués de Medinaceli, tenía posesiones en dicha ciudad. Por su alta alcurnia había tenido la oportunidad de ser una de las pocas amigas que tuvo la reina María Antonieta, a la que solo admiró por su refinado y exquisito gusto.

Según los comentarios de la marquesa, la fama que se ganó la Reina de Francia era merecida, ejerció gran influencia política sobre su marido Luis XVI, que era un poco bobo y al que nunca quiso.

—Se olvidó de las necesidades de sus súbditos, voluble y despilfarradora, también era, aunque entre los hombres tenía grandes admiradores —explicaba la marquesa—. Su dramático final me dejó sobrecogida: fue apresada cuando con el rey y otros nobles intentaban huir de París. La juzgó el Tribunal Revolucionario y fue condenada a la guillotina”.

—Ruego a mis sucesoras en el título de marquesas de Medinaceli que convenzan y ayuden a sus maridos a construir en España una Ciudad Ducal, en alguno de los muchos terrenos que tenemos en propiedad, con los gustos refinados del París de María Antonieta —se oye decir a la marquesa desde la pantalla.

El polvo de la habitación me produce un repentino ataque de alergia y me hace estornudar sin parar.  Javier apaga el proyector y descubre nuestro escondite detrás del sillón, desde el que contemplábamos atónitas la inesperada película desde su comienzo.

—¡Madre mía! ¿Desde cuándo estáis aquí vosotras?

A mí no me salen las palabras, pero Ana contesta con decisión:

—Antes de que bajara por la escalera, la chica que trabaja en casa de unos de los vecinos.

Javier, preocupado, nos dice:

 —Vosotras no contaréis nada de esto en casa y yo no diré a vuestros padres que os he encontrado aquí.

Aceptamos el trato y nos fuimos. Ana me dice, que lo hace por mí. Está segura de a que ella sus padres no la van a regañar, porque el que no estaba cumpliendo con su trabajo de mantenimiento era Javier.

Por la noche me cuesta conciliar el sueño. ¿Debo contar a mi madre lo sucedido? De momento creo que no. Vi a Javier muy apurado. Lo mismo pierde este trabajo de verano que tan bien le viene para pagarse los estudios

Aquel fue un día decisivo en mi vida. La película sobre la marquesa de Medinaceli despertó mi curiosidad por la historia. Fui buena estudiante y terminé en la universidad con el título de licenciada en Geografía e Historia.

 

 

 

 

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No hay amor sin riesgo. Microrrelato de Genoveva Esso

No hay amor sin riesgo. Microrrelato de Genoveva Esso

Virginia, una mujer divorciada de 30 años, y Sergio, de 19, se enamoraron. Durante unos meses fueron felices, hasta que un día, el ex-marido de Virginia escribió al muchacho.

–¿Sabe usted que sale con una mujer casada? ¿Lo sabía? Pues sepa usted que si sigue en su empeño se va a encontrar con una puñalada en el corazón.

No hay amor sin riesgo —pensó Sergio— y despreocupado abrazó a su pareja.

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El afilador.  Artículo de Basilides Manso

El afilador. Artículo de Basilides Manso

Es uno de los oficios antiguos que lucha por no desaparecer, pero tiene una existencia difícil. En tiempos el afilador alegraba las calles con la música característica de su silbato que hacía sonar continuamente; siempre había alguna ama de casa que tenía algún cuchillo o tijeras que no cortaban bien, y él se encargaba de dejarlas en perfecto estado.

Primero iban a pie con su pesada rueda, que giraban con un pedal. Era un trabajo penoso, que hacían hombres fuertes y animosos, la mayoría de “terra da chispa“ (Orense), que poco a poco se iban quedando sin clientes por la mejoría en las herramientas de corte de los hogares. Como el territorio a recorrer era cada vez mayor, recurrieron a la bicicleta y después a las motocicletas que les facilitaban mucho el trabajo.

Ahora su área de trabajo se ha reducido a las zonas donde abundan carnicerías, charcuterías o bares que sirvan tapas de jamón, porque a todos nos gustan las tapas bien cortadas y se necesitan cuchillos bien afilados.

Todo esto ayuda a su mantenimiento, pero como otros muchos oficios, no tienen continuación en la descendencia. Cada día quedan menos afiladores y más mayores, que poco a poco se van jubilando. Pero de la alegría que, por lo menos a mí, da oír su musiquilla característica, ya nos queda muy poco.

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