Los Mayores Cuentan

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Coral del alba.  Relato de Soledad del Yerro

Coral del alba. Relato de Soledad del Yerro

Cuando nos daban las vacaciones de verano en el colegio, marchaba con mis abuelos a la casa de la sierra. Allí tenía una pandilla de amigos. Unos vivían siempre en el pueblo y los que vivíamos en Madrid íbamos llegando según iban cogiendo vacaciones nuestros familiares. Yo era de las primeras porque mis abuelos ya estaban jubilados y para mi tía, que era maestra, sus vacaciones eran escolares.

Fueron unos años que nunca olvidaré. Uno de mis recuerdos más bonitos fue el de despertar al amanecer por un canto que rompió el silencio con una nota tímida, como si dudara de su derecho de despertar al mundo. Era un ruiseñor, oculto entre las ramas de un viejo olmo, quién se atrevió alzar la voz antes que nadie. Luego, como si su atrevimiento hubiera dado permiso al valle entero, una sinfonía de trinos y silbidos comenzó a brotar desde cada rincón.

Me senté en la cama y me espabiló aquel murmullo creciente. No era la alarma del reloj, ni el ruido de los coches que solían marcar el inicio del día en la ciudad. Era algo más antiguo, más puro. Me levanté y, envuelta en las sombras suaves del amanecer, embelesada escuché.

Fuera los pájaros no cantaban para mí, pero sí para todo el que tuviera la suerte de escucharlos; no había traducción posible, pero yo entendía qué querían decirme: estás viva, el día comienza, todo sigue.

Salí descalza pisando la hierba húmeda. Cerré los ojos, la bruma flotaba baja sobre el suelo, como si el sueño de la noche rehusara a irse del todo.

Allí seguían ellos. Cientos de voces aladas, saludando al sol aún invisible.  Durante esos minutos, antes de que el cielo se tiñera por completo, no existía el ayer ni el después, solo ese instante suspendido entre sombra y luz, canto y silencio.

Entonces lo entendí, la coral del alba no era solo un concierto de pájaros. Era un acto de fe, una promesa hecha cada mañana por seres diminutos que, sin garantías de nada, cantaban para que el mundo valiera la pena.

Cuando me encontré con mi pandilla de amigos, les conté la magia que había vivido y resultó que todos sabían que la coral del alba existe, que en los amaneceres los pájaros afinan sus trinos y se escucha por todo el valle.  Cada uno lo disfruta y lo cuenta cómo lo ha sentido.

Jaime propuso que, si queríamos saber cosas interesantes sobre los cánticos de los pájaros, debíamos buscar a Elías, un señor que vivía a las afueras del pueblo, cerca de un bosque, donde las ramas de los árboles cuando las movía el viento susurraban secretos que los pájaros desde sus nidos les trasmitían.

A la mañana siguiente encontramos a Elías sentado bajo un frondoso árbol, en silencio, escuchando el canto de los pájaros. Sonrió al vernos, nos indicó que nos sentáramos y escucháramos sus cánticos.

Pasado un buen rato, nos dijo: “Ellos me cuentan su vida propia y mucho de vidas ajenas que descansan a la sombra de los árboles. De parejas que se juran amor para siempre, de niños que meriendan bajo sus ramas celebrando un día de asueto, de alguna mujer que lloró, borrando un nombre que había escrito en el tronco de un árbol cercano, porque el que lo escribió había dejado de quererla, de una madre que lloraba porque estaba enterrando las cenizas de su hijo debajo del árbol… Los pájaros tienen un lenguaje que, por ventura, tengo la suerte de entender y llenan mi vida por completo”.

Pasados unos años supimos que los pájaros habían dejado de anidar en el bosque. Fuimos de nuevo a visitar a Elías y, al rato de sentarnos a su lado, un pájaro dorado y azul, poco visto por estos parajes, llenó el bosque con un cántico precioso. El señor sonrió y, según nos enteramos a los pocos días, llenos de tristeza, aquella sonrisa fue la última de su vida.

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Monasterio de las Carmelitas Descalzas en Lerma.  Artículo de Soledad del Yerro.

Monasterio de las Carmelitas Descalzas en Lerma. Artículo de Soledad del Yerro.

Hemos ido, por iniciativa de mi nieta, a visitar el monasterio, y tengo que deciros que todos los componentes del grupo quedamos impresionados después de escuchar a Eduardo, el estupendo guía que nos relató con toda clase de detalles la vida de aquellas monjas dentro del monasterio.

Por todos es sabido que el duque de Lerma fue el valido de Felipe III después de que este enviudara de Margarita de Austria el 3 de octubre de 1611. El duque desarrolló un papel muy importante en el gobierno, con lo cual se hizo inmensamente rico. La especulación fue una de sus grandes fuentes de ingresos tras aconsejar al rey que trasladara la corte a Valladolid. Fue el hombre más poderoso del reinado de Felipe III. Se hizo inmensamente rico a costa de saber manejar la corrupción, el tráfico de influencias y la venta de cargos públicos.

El monasterio lo fundó en 1610 para que su consuegra, que era monja Carmelita, fuera la superiora.

Estas monjas vivían en la más absoluta austeridad: el silencio era una de sus normas principales, solo tenían una hora de recreo para hacer sus comentarios, y se llamaban por toque de campana o por unas tablas que sonaban parecido a las castañuelas. Tenían una demandadera que, al toque de una campanilla que instalaron en su casa, acudía cuando sonaba. No tenían agua corriente y se abastecían de unos pozos que les servían para regar la huerta que ellas cultivaban para alimentarse de sus productos. Siempre tenían una gran olla con agua calentándose para su aseo.

En el monasterio no entraba nadie más que el médico y el sacerdote. Este último no las veía la cara ni para confesarlas ni para darles la comunión. La misa la escuchaban separadas de la celosía, según sus reglas, ya que lo importante era oírla.  Las Sagradas Formas se las pasaba el sacerdote a través de una pequeña ventana a la monja que la tocara por consenso, y esta las recogía y se las impartía a la comunidad.

Al médico le obedecían siempre, sobre todo cuando las enviaba al hospital. Dicen que, así como a nosotros muchas veces nos cuesta desnudarnos en una consulta médica, a ellas para eso no les importaba nada quitarse el hábito.  Siempre que las monjas salían por un motivo de salud iban dos juntas, dejando dos velas encendidas para que el resto de las monjas supieran su ausencia, ya que el voto de silencio no les permitía hablar.

Dormían en unas colchonetas rellenas de heno, encima de unas tablas de madera con patas.  Las mantas eran su único abrigo, y en cuanto llegaba el frío enseguida se ponían de acuerdo para su uso.

No había servicios, y se arreglaban con orinales y unos barreños para el aseo; dormían vestidas, pues de once de la noche a cuatro de la madrugada eran las horas que lo hacían seguido; después, cada dos horas hasta las nueve de la mañana, se levantaban bajando a la iglesia para rezar, y las campanas se oían por la vecindad a todas horas.

Hicieron muy cerca unos pisos de suficiente altura, desde donde se podía ver el claustro que, como estaba acristalado, quisieron poner cristales opacos para que no pudieran verlas. A los obreros no podían recibirlos, estuvieron trabajando solos y se equivocaron. Las monjitas tuvieron que estar rodeando el claustro para no ser vistas durante muchos años.

Hay varios patios que les sirvieron para criar gallinas.  En uno de ellos se conserva una morera centenaria, que da moras durante todo el año; a primera vista parecen ciruelas de lo grandes que son.

Todo lo que allí entraba era a través del torno. La sala donde recibían a sus familiares constaba de unas rejas dobles puntiagudas hacía fuera, que da miedo acercarse.

Cuando se acostaban, en unas celdas pequeñas y casi vacías, la madre superiora las despedía una por una deseándoles buena noche o muerte.

A las monjas de clausura las entierran en el convento, y en Lerma se ven unas cuantas lápidas de piedra sin nombre ni fecha. Por las paredes hay varias frases pintadas recordándote que lo que se siembra se recoge y que todo lo que atesoremos en vida tendremos que dejarlo aquí.

En dos mil dieciséis quedaban ocho monjas mayores y enfermas, porque si llegaba alguna novicia, allí no aguantaba ni tres días.

Decidieron marcharse a Cuenca, a otro convento de Carmelitas Descalzas fundado por Santa Teresa; se llevaron todos los huesos del cementerio, puesto que no querían que fueran profanados por quien se hiciera cargo del edificio, que según nos explicaron lo han comprado varias familias de Lerma.

Han desacralizado la Iglesia, lo han pintado y tienen todo como en tiempo primitivo: la sala donde tejían con su rueca y las planchas de hierro que calentaban con las placas de cocinar; es muy curioso ver cazuelas de barro, ollas, sartenes… una cocina antigua ordenada como debieron de tenerla las monjas, en fin, un auténtico museo. La parte amurallada, que es donde tenían la huerta, se utiliza ahora para celebraciones de bodas y eventos, y es un sitio maravilloso.

Los vecinos, que varias veces se quejaban del tañer de las campanas, ahora las echan de menos.

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Contra pereza, diligencia. Relato de Soledad del Yerro

Contra pereza, diligencia. Relato de Soledad del Yerro

José, el único hijo varón, vivía con sus padres y sus tres hermanas rodeado de mimos y cariño, ya que era el primer niño que podría perpetuar el apellido de aquella familia tan conocida, por su buena posición y abolengo en el pueblo en que vivían. Con el paso del tiempo se dieron cuenta de que se habían pasado de rosca.

Si cogía un catarro, podía estar mes y medio sin ir al colegio; hacer los deberes le costaba un triunfo, y jamás era capaz de ayudar a nadie que a él le supusiera el menor esfuerzo.

Como era varón, estaba exento de hacer ninguna labor de la casa; según su madre, eso era cosa de mujeres.

Ramón, que tenía su misma edad, era hijo de una hermana de su madre, primo suyo y a la vez su mejor amigo; tenía un carácter inquieto e hiperactivo, le incitaba a echar carreras, montar a caballo, y hasta le regaló una bicicleta para ir practicando el ciclismo por los pueblos cercanos.

A José, moverse del sofá le costaba un gran esfuerzo; hasta darse una vuelta tumbado en él le producía cansancio.

Susana, que era la hermana más pequeña de José, decidió hablar con Ramón, para tramar algo que le obligara a este a levantarse del maldito sofá. Le llamó al móvil y quedaron en verse en el bar del pueblo. Después de saludarse cordialmente, se sentaron en la mesa más apartada para que nadie escuchase su conversación.

—Ramón, sé que estás preocupado como yo por la actitud de José.  ¿Qué podríamos hacer?

—Susana, tengo una idea, y ya que cuento con tu ayuda, la podremos poner en práctica. Hablaré con nuestro amigo Ismael y entre los tres haremos que tu hermano espabile.

Ismael era apicultor, tenía una extensa finca llena de colmenas, vivía de la venta de la miel, y gozaba de pocas vacaciones, pues el trabajo no le daba tregua. No entendía la indolencia de José, así que enseguida se pusieron de acuerdo los tres.

Un anochecer, Susana, quejándose del calor que hacía, levantó la persiana abriendo la ventana que daba encima del sofá donde José, tumbado, pasaba las horas. De un coche que estaba aparcado cerca, salieron Ramón e Ismael, con una colmena tapada con arpillera de saco húmeda, y sigilosamente se acercaron a la ventana abierta, destapando la colmena; las abejas con un zumbido intenso se colaron en la habitación.

José pegó un salto y, espantando a las abejas con las manos, salió corriendo de la casa, se montó en la bicicleta con los pantalones mojados —pues se había meado del susto— y con escozor en la cara, ya que alguna picadura le dieron, enfiló la carretera hacia el pueblo más cercano.

Sintió que un coche le seguía, y cuando lo alcanzó oyó la voz de Ramón que con la ventanilla abierta le decía:

—Muy bien, pedalea, pedalea, cuantos más kilómetros hagas mejor. ¡Ah, y recuerda siempre, que contra pereza, diligencia!

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En busca del silencio. Artículo de Basilides Manso

En busca del silencio. Artículo de Basilides Manso

El Madrid del siglo XIX era muy ruidoso; las calles estaban llenas de transeúntes y vendedores ambulantes, lo que obligaba a subir el tono de las conversaciones; y otra cosa era el paso de los carruajes tirados por caballos, unos de las familias pudientes y otros de alquiler.  Si os encontráis viendo un desfile con caballos y carruajes, y lo trasladáis a una calle mal adoquinada, podéis figuraros lo que tenían que sufrir los vecinos de Madrid de aquella época. Todo vecino que tenía posibles usaba carruaje, para no ser menos que los demás. Esta cantidad de vehículos originaba gran porquería en el suelo y atascos enormes, no menos que ahora. Figuraos, calles estrechas y sin ninguna ordenanza de tráfico; la única ley era ceder el paso al pasajero de mayor alcurnia y si ninguno tenía, surgía el problema. Esto obligó a tomar la siguiente medida: “solo podían ir en carroza o vehículo las personas a partir de cierta alcurnia”.  El pueblo siempre sale ganando.

Una vez expuesta la situación del ruido excesivo, había que arreglarlo, pero no se podía parar a los carros que en gran cantidad abastecían diariamente a Madrid. Empezaron por la calle del Arenal cubriendo la calle de corcho, con lo que llegó una gran disminución del ruido. Pero un día llegó la lluvia y el corcho empapado se expandió, se levantó, y hubo que quitarlo.

Lo que dio mediano resultado fue sustituir, en los portales con paso de carruajes, los adoquines de piedra por madera, que aminoraba mucho el ruido. Se puso en muchos portales y en entradas y salidas de palacios. Aún quedan portales como el de la calle de San Marcos, 41 y Miguel Servet, 13, con suelo de madera. Algo consiguieron.

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Instante de paz.  Relato de Soledad del Yerro

Instante de paz. Relato de Soledad del Yerro

“Instante de paz”

Soledad del Yerro

Las Cabezas— Villavieja de Lozoya.  

Me siento en paz, envuelta en un microclima de pinos, laureles y ciruelos que respiran conmigo. La montaña está cerca, no solo en la vista, sino en el aire mismo, en el perfume fresco que se cuela entre las ramas.

Los pájaros cantan como si celebraran este cielo azul limpio, esta tregua del mundo. Aquí, entre el trino y el verde, siento que el tiempo se disuelve y solo queda el gozo sencillo de estar, de ser.

Esto trae a mi recuerdo cuando de adolescentes mi abuelo nos preguntaba a mi hermana y a mí:

— ¿Qué os gustaría ser, montaña o llano?

Rosana, que era la mayor, decía:

—A mí, montaña de la sierra norte del sistema central, que vertebra el centro de la Península Ibérica, abrazándola, trayéndole aire fresco y, sin cortar el camino de sus visitantes, les hace disfrutar de unos maravillosos paisajes, sentirse cerca del cielo. Cuando se sientan a descansar, en uno de sus peñascos, el vuelo de aves rapaces, con sus ruidosos graznidos, lo contemplan tan cercano que se sienten protegidos. Mi pandilla de amigos vamos siempre con un monitor, aunque solo sea para hacer senderismo, pues él sabe de refugios donde poder cobijarnos si nos sorprende una tormenta que, bien guarecidos, resulta espectacular.

Yo no tuve otra opción que pedir ser llano; lo cierto es que entonces no sabía muy bien cuál era el sentido de la pregunta, pero conocía el Valle de Lozoya, ya que, por vivir en Madrid, sabía que el agua que bebíamos venía de su río, represado por pantanos; así que para salir del paso dije:

—La llanura del Valle de Lozoya es una herida luminosa entre montañas; todo en él desciende con calma: el río, la niebla, la mirada.  Aquí el paisaje no se impone, sino que acompaña.  Los pinares murmuran antiguas historias, las piedras de los pueblos guardan el calor de las manos que los construyeron, y el agua, siempre el agua, corre limpia entre sauces y helechos. El valle respira como si tuviera memoria, es un refugio sin muros donde la belleza consuela al que lo admira. Aunque también hay que asegurarse en verano escoger para bañarse siempre sitios seguros y sin peligro.

Mi abuelo dijo sentirse muy orgulloso de las dos, pues nuestro amor a la naturaleza nos haría ser sensibles y conservar siempre su entorno. Además, nuestras respuestas habían sabido igualar el poderío de la alta montaña con la sencillez del bajo y llano valle.

Esto, según él, se aplicaba al género humano: nunca debíamos olvidar que la fortaleza, la humildad y la belleza interior son las cualidades más valiosas que nos igualan a la naturaleza para que el mundo en que vivimos sea infinitamente mejor.

Hoy, como digo al principio, estoy disfrutando de la cercanía majestuosa de la montaña y de la paz que la llanura del valle me transmite.

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