Los Mayores Cuentan

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El amor que nació en el Mercado de Maravillas. Relato de Genoveva Esso

El amor que nació en el Mercado de Maravillas. Relato de Genoveva Esso

Le volvió a ver pasados sesenta años. Fue en casa de unos amigos, en una cena tranquila donde nadie esperaba sorpresas.

El anfitrión pidió silencio para presentar a dos de sus invitados y dijo:

—Él es Teodoro Rodrigo.

—Ella es Pilar Velázquez.

Los dos ancianos se miraron sorprendidos.

—Yo conocí a un chico muy joven en el madrileño mercado de Maravillas, con ese nombre —dijo ella—. Era dependiente en una charcutería a la que yo iba a comprar con mi abuela Pepita a mediados del siglo XX.

—Si, Pilar, soy yo y tú eres aquella preciosa jovencita de la que me enamoré perdidamente.

–Qué alegría, Teodoro, no sabes cuánto sentí que mis padres cortaran aquellas escasas salidas en las que nos encontrábamos sin su consentimiento; decían que eras muy poco para mí.

Y él le contestó:

—Más lo sentí yo, Pilar. Durante toda mi vida he añorado aquellos furtivos besos que te daba en tus sonrosadas mejillas y tu dulce arrebol.

A la sazón, en la primera década del siglo XXI, ambos eran viudos sin hijos y se sentían muy solos.

Desde entonces hasta el final de sus días Pilar y Teodoro jamás volvieron a sentirse así.

Unieron sus vidas y supieron que muchas veces los sentimientos no mueren, solo esperan que haya una segunda oportunidad.

Los vikingos. Relato de Soledad del Yerro

Los vikingos. Relato de Soledad del Yerro

Hace unos días leí un artículo en el periódico sobre los vikingos. Recordé varias películas que vi hace muchos años en las que se les representaban con unos cascos enormes, con algo parecido a unos cuernos, luchando y batallando. Al leer que entraron en España por el norte, en el año 844, vino a mi memoria lo siguiente:

Hace unos años hicimos un viaje a Oviedo, porque mis hijos tenían que realizar un trabajo en aquella preciosa ciudad. En las horas que ellos trabajaban, mi marido y yo nos acercamos al pueblo de Cudillero, un lugar digno de visitar.

Fuimos a la oficina de turismo para que nos dieran información sobre lo más interesante que podíamos ver; a mí me sorprendió que todos los empleados eran rubios y con los ojos azules y se lo comenté a mi marido.

La joven que nos estaba atendiendo me sonrió y me dijo: «Es que en este pueblo, aparte de su encanto, descendemos de unos vikingos que se asentaron aquí, hace cientos de años. Se mezclaron con la población y hubo muchos matrimonios. Sus barcos o drakkars surcaron el Atlántico, ríos y corrientes durante varios años. También hablamos su dialecto, llamado pixueto, que tiene mucho en común con las lenguas germánicas, y según la leyenda, los cuervos que aparecen el escudo de la localidad proceden de aquella época».

«Les recomiendo que se pasen por el bar Hidromiel. Allí pueden tomar lo que les apetezca, y verán que les servirán con agrado; el nombre se debe a que los vikingos hacían una bebida que se componía de agua, miel y levadura. Según su costumbre, debían beberla los recién casados un mes seguido después de su boda y esto les traería fertilidad en su matrimonio».

Le dimos las gracias por su amabilidad y nos fuimos muy contentos, dando a entender, por mi indiscreto y asombrado comentario, que nos habían encantado todas sus interesantes explicaciones.

Pudimos comprobar que es uno de los pueblos más icónicos de Asturias, situado a orillas del mar Cantábrico. Se caracteriza por ser un auténtico anfiteatro de casas de colores que se asoma al puerto y al mar, con una fuerte tradición pesquera. Cuenta con reconocidas playas; la más destacada, para mi gusto, la Playa del Silencio.

Visitamos la Iglesia parroquial de San Pedro, en el centro de Cudillero, situada en el casco histórico, cerca del Ayuntamiento. Además, destaca la iglesia de Jesús de Nazareno, construida a principios del siglo XX, conocida también por su función de panteón y por ser un punto de interés relevante en la zona del Ayuntamiento de Cudillero.

Nos tomamos un abundante y exquisito aperitivo en el bar Hidromiel. Al decirles que nos lo habían recomendado en la oficina de turismo, el camarero que nos atendió nos dijo: «Seguro que no les han dicho que en aquella época también vinieron mujeres vikingas a luchar como si fueran hombres, y un antepasado del dueño de este bar se enamoró de una de ellas. Un catorce de febrero se unieron en matrimonio. Por supuesto que tomarían durante un mes la bebida que les daría fertilidad, porque tuvieron diez hijos de ambos sexos».

Memorias de un espejo. Relato de Carlos F.

Memorias de un espejo. Relato de Carlos F.

Domingo se encontraba en la misma sala que la última vez que nos vimos, junto a la ventana desde la que se veía la puerta de entrada al caserón, enfrente del espejo grande que utilizaba para acicalarse por última vez antes de salir a la calle. Tenía el marco desconchado y manchas de azogue que asomaban por las esquinas, mostrándose como un viejo sin afeites, en toda su crudeza.

Sus ojos se enfrentaban a sí mismos contemplando su cuerpo vestido y el alma desnuda, tal y como decía siempre que se veía reflejado.

Estaba esperando al notario que debía dar lectura al testamento de su padre. En la habitación contigua sus primos Ernesto y Alicia bromeaban acerca de la herencia y de lo que les correspondería a ellos.

Habían llegado cada uno por su lado, se habían saludado de oficio y, como habían llegado los últimos, hicieron limpiar a Domingo el polvo de las sillas donde iban a escuchar la lectura del testamento. Siempre estaban bromeando; cuando coincidían en cualquier celebración se juntaban para contarse secretos y beber, sin importarles dónde se encontraban.

El caserón era, en realidad, una casa antigua a las afueras de la ciudad; aún mantenía su estructura intacta, pero los años habían dejado su tarjeta de visita en el jardín, los muros y las paredes.

Volvió a contemplar el espejo y, como antaño, le devolvía las imágenes de su niñez, cuando, con su padre y su madre cogidos de la mano los tres, se contemplaban antes de abandonar la casa y salir a la calle.

El timbrazo prolongado indicaba que el notario había llegado y que la lectura del testamento era inmediata. Los tres sentados en las sillas del viejo salón escucharon el reparto que Pedro y Aurora, el padre y la madre, habían efectuado. Domingo, después de salir el notario, junto con Ernesto y Alicia de la casa, se quedó solo ante el espejo, y lo que comenzó con una sonrisa acabó en una estruendosa carcajada.

El espejo le fue enseñando, una por una, todas las imágenes reflejadas durante años, en las que aparecía con Pedro y Aurora, con Pedro solo, con Aurora solo. Las pocas veces que aparecía Inés…, Inés y él.

Al día siguiente volvieron Ernesto y Alicia y lo encontraron reflejado en el espejo como si estuviera preparándose para salir; pero ya no estaba allí ni en ningún otro sitio.

Luz en la niebla. Relato de Rocío Urraca

Luz en la niebla. Relato de Rocío Urraca

Paseábamos por el club náutico cautivados por los vaivenes de las embarcaciones amarradas y el tintineo metálico en sus mástiles. Rafa quería navegar por la zona y regresar a puerto antes de la cena. Yo prefería dejarlo para la mañana siguiente, porque en invierno con la luz de la tarde se calculan mal las distancias y además vi a lo lejos nubes que presagiaban lluvia, pero insistió y consentí dar un paseo corto.

Cogió el timón, así que yo manejé las velas. Al pasar por la bocana del puerto saludamos con la mano al vigía de la garita que registró nuestra salida. Pusimos rumbo al Cerro de la Cabrica, que no estaba demasiado lejos, y fuimos avanzando con la brisa de cara. Una vez allí, viramos hacia Cabo Cope ganando velocidad con el viento a favor.

Durante la travesía las nubes que advertí en el puerto se acercaban hacia nosotros con un color cada vez más plomizo y la mar empezaba a rizarse debido a ráfagas de aire fuerza 6. Nervioso por la altura de las olas y cómo nos mecían, pedí a Rafa que sacara del bichero los salvavidas para ponérnoslos, deseando llegar a puerto cuanto antes.

Comenzaba a llover, la bruma espesó y oscureció rápidamente cuando sentimos un fuerte golpe bajo el casco que abrió una vía de agua. Sin baliza, ni linterna potente, no podíamos saber contra qué habíamos chocado. Tampoco había otros navegantes que pudieran avistarnos, pero calculábamos que deberíamos estar muy cerca de Calabardina.

Nos asimos fuertemente al velero resignándonos a pasar así algunas horas, hasta que alguna de cofradía de pescadores saliera a faenar de madrugada, pero la adrenalina nos mantuvo alerta y creyendo que alucinábamos por el frío, sentimos acercarse el ruido de un motor y un tibio foco de luz en la niebla. Era el práctico del puerto deportivo de Águilas que avisado por radio desde la garita, venía a socorrernos en una singladura irresponsable que jamás debí aceptar.

Amor de verano. Relato de Genoveva Esso

Amor de verano. Relato de Genoveva Esso

Aquel verano supe que algunos amores no vienen para quedarse. El encuentro llegó sin hacer ruido. Coincidimos una mañana en la playa de Riazor. A ella y a mí nos gustaba darnos un baño temprano.

Después de una semana le dije:

—Buenos días, señorita, madruga usted mucho. Me llamo Andrés y vivo aquí en La Coruña.

—Soy Clara, y estoy veraneando en su ciudad.

Seguimos viéndonos diariamente. Paseábamos juntos, hablábamos de cosas triviales al principio, luego llegaron las confidencias. Ambos rondábamos los cuarenta, pero Clara, a pesar de haberme confesado su edad, lucía muy joven. Tenía una espléndida figura y una sonrisa y unos ojos garzos que me cautivaron.

Entre nosotros desde el principio no hubo secretos; ambos estábamos casados y éramos relativamente felices. Pero necesitábamos algo más, la chispa de amor que se había perdido, como un soplo de viento. Nos enamoramos como dos colegiales, pero nuestro amor fue tan puro, que lo más que hubo entre nosotros fue algún furtivo beso. Éramos felices, muy felices; no queríamos pensar en el después.

Un día Clara no volvió a Riazor. La esperé mirando impaciente el reloj, pero al tercer día, sabiendo que su amor no volvería más, mi vista se perdió en el horizonte.

Una gran tristeza invadió todo mi ser, pensando que ese retazo de ilusión, de locura de amor, de aire fresco, de felicidad infinita y de mucho, mucho más, que sentía en mis paseos junto a Clara, nunca más los volvería a gozar.

Para Clara y Andrés aquel verano continuó, y su amor también, pero éste, ya solo vivirá en el corazón y recuerdo de los dos enamorados.

De ilusión también se vive. Relato de Soledad del Yerro

De ilusión también se vive. Relato de Soledad del Yerro

En aquella casa de vecinos donde yo vivía, desde que empezaba el sorteo de la lotería de Navidad, el cántico de los niños se oía por todo el patio central rodeado de viviendas. Era una corrala, así se llamaba a este tipo de viviendas. Rafael y yo cuando nos casamos nos fuimos a vivir allí compartiendo el piso con un hermano suyo, su mujer y dos niños. Tuvimos suerte porque congeniamos bien y los vecinos eran atentos y muy divertidos. 

Los años fueron pasando y primero tuve un niño, a los dos años dos mellizas y, a continuación, con dos años de distancia, dos niñas más. Ya éramos muchos para vivir juntos, pero no teníamos medios para buscar algo más caro y en aquella época los pisos escaseaban.

Las voces de aquellos niños me tenían pendiente por si cantaban alguno de los dos números que yo jugaba.  Además de cambiar de piso, dentro de mí había otra ilusión, quizá fuera una tontería, pero soñaba con poderles dar a mis hijos y sobrinos un buen bocadillo de jamón para merendar. Todo era porque en el patio los niños jugaban con Consuelito, una niña a la que su mamá le daba uno enorme cada tarde, mientras los nuestros merendaban tan contentos un trozo de pan untado de aceite y azúcar.

Cuando acabó el sorteo comprobé mis números y me di cuenta de que el que llevaba del puesto de charcutería del mercado había salido premiado con un quinto premio.

En cuanto pude me acerqué al mercado. No estaba el Sr. Manolo, y el chico que le ayudaba me dijo que volviera otro día porque aún no había cobrado el premio:

—Bueno pues eso haré, pero a cuenta dame un jamón de estos que tienes aquí— le pedí.

El chico dudó, pero no se atrevió a negármelo.

Llegué tan contenta a casa como si llevara un tesoro. Les preparé la merienda a los niños que esa tarde comieron un bocadillo de jamón más grande que el de Consuelito. Isabel, mi cuñada, me dijo:

—¿A ti no te parece raro que el dueño no esté y que ya pasados dos días no tenga el dinero?

¡Qué razón tenía! El señor Manolo cerró el puesto y de él nada más se supo. Bueno, lo que sí supimos fue que había vendido más participaciones que décimos tenía.

Para un piso no me habría dado, pero para un pequeño desahogo seguro que sí. Por lo menos, una de mis ilusiones se cumplió: los niños probaron un buen jamón.