
En aquella casa de vecinos donde yo vivía, desde que empezaba el sorteo de la lotería de Navidad, el cántico de los niños se oía por todo el patio central rodeado de viviendas. Era una corrala, así se llamaba a este tipo de viviendas. Rafael y yo cuando nos casamos nos fuimos a vivir allí compartiendo el piso con un hermano suyo, su mujer y dos niños. Tuvimos suerte porque congeniamos bien y los vecinos eran atentos y muy divertidos.
Los años fueron pasando y primero tuve un niño, a los dos años dos mellizas y, a continuación, con dos años de distancia, dos niñas más. Ya éramos muchos para vivir juntos, pero no teníamos medios para buscar algo más caro y en aquella época los pisos escaseaban.
Las voces de aquellos niños me tenían pendiente por si cantaban alguno de los dos números que yo jugaba. Además de cambiar de piso, dentro de mí había otra ilusión, quizá fuera una tontería, pero soñaba con poderles dar a mis hijos y sobrinos un buen bocadillo de jamón para merendar. Todo era porque en el patio los niños jugaban con Consuelito, una niña a la que su mamá le daba uno enorme cada tarde, mientras los nuestros merendaban tan contentos un trozo de pan untado de aceite y azúcar.
Cuando acabó el sorteo comprobé mis números y me di cuenta de que el que llevaba del puesto de charcutería del mercado había salido premiado con un quinto premio.
En cuanto pude me acerqué al mercado. No estaba el Sr. Manolo, y el chico que le ayudaba me dijo que volviera otro día porque aún no había cobrado el premio:
—Bueno pues eso haré, pero a cuenta dame un jamón de estos que tienes aquí— le pedí.
El chico dudó, pero no se atrevió a negármelo.
Llegué tan contenta a casa como si llevara un tesoro. Les preparé la merienda a los niños que esa tarde comieron un bocadillo de jamón más grande que el de Consuelito. Isabel, mi cuñada, me dijo:
—¿A ti no te parece raro que el dueño no esté y que ya pasados dos días no tenga el dinero?
¡Qué razón tenía! El señor Manolo cerró el puesto y de él nada más se supo. Bueno, lo que sí supimos fue que había vendido más participaciones que décimos tenía.
Para un piso no me habría dado, pero para un pequeño desahogo seguro que sí. Por lo menos, una de mis ilusiones se cumplió: los niños probaron un buen jamón.
Muy bien primisima. Eso no me suena a ninguna realidad cercana. Enhorabuena por tu imaginación. De cualquier acontecimiento sacas un relato. Sigue… Que ya hace días que no nos sorprendes.
Muchas gracias por leer el relato, por apreciarlo y por tu comentario tan generoso.
El personaje de la narradora resulta muy cercano: habla con sencillez, sin victimismo, y transmite cariño por su familia y por los vecinos, como ocurría en muchas corralas, donde la vida se hacía en el patio, entre juegos de niños y conversaciones de adultos. El final, con el engaño del charcutero, aporta un toque amargo pero realista, aunque logra que prevalezca una sensación cálida: quizá no llegó el gran premio, pero sí ese pequeño sueño cumplido de ver a los niños comiendo su bocadillo de jamón.
En conjunto, es un relato costumbrista muy logrado, con mucha verdad emocional y un cierre agridulce que deja una sonrisa melancólica en el lector.
Muchas gracias por este comentario tan elogioso, que denota una lectura muy atenta, llena de sensibilidad y que sabe apreciar todos los detalles y matices del relato. Comentarios como este animan mucho a seguir escribiendo. ¡Gracias de verdad!