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Luz en la niebla. Relato de Rocío Urraca

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Paseábamos por el club náutico cautivados por los vaivenes de las embarcaciones amarradas y el tintineo metálico en sus mástiles. Rafa quería navegar por la zona y regresar a puerto antes de la cena. Yo prefería dejarlo para la mañana siguiente, porque en invierno con la luz de la tarde se calculan mal las distancias y además vi a lo lejos nubes que presagiaban lluvia, pero insistió y consentí dar un paseo corto.

Cogió el timón, así que yo manejé las velas. Al pasar por la bocana del puerto saludamos con la mano al vigía de la garita que registró nuestra salida. Pusimos rumbo al Cerro de la Cabrica, que no estaba demasiado lejos, y fuimos avanzando con la brisa de cara. Una vez allí, viramos hacia Cabo Cope ganando velocidad con el viento a favor.

Durante la travesía las nubes que advertí en el puerto se acercaban hacia nosotros con un color cada vez más plomizo y la mar empezaba a rizarse debido a ráfagas de aire fuerza 6. Nervioso por la altura de las olas y cómo nos mecían, pedí a Rafa que sacara del bichero los salvavidas para ponérnoslos, deseando llegar a puerto cuanto antes.

Comenzaba a llover, la bruma espesó y oscureció rápidamente cuando sentimos un fuerte golpe bajo el casco que abrió una vía de agua. Sin baliza, ni linterna potente, no podíamos saber contra qué habíamos chocado. Tampoco había otros navegantes que pudieran avistarnos, pero calculábamos que deberíamos estar muy cerca de Calabardina.

Nos asimos fuertemente al velero resignándonos a pasar así algunas horas, hasta que alguna de cofradía de pescadores saliera a faenar de madrugada, pero la adrenalina nos mantuvo alerta y creyendo que alucinábamos por el frío, sentimos acercarse el ruido de un motor y un tibio foco de luz en la niebla. Era el práctico del puerto deportivo de Águilas que avisado por radio desde la garita, venía a socorrernos en una singladura irresponsable que jamás debí aceptar.

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