
Domingo se encontraba en la misma sala que la última vez que nos vimos, junto a la ventana desde la que se veía la puerta de entrada al caserón, enfrente del espejo grande que utilizaba para acicalarse por última vez antes de salir a la calle. Tenía el marco desconchado y manchas de azogue que asomaban por las esquinas, mostrándose como un viejo sin afeites, en toda su crudeza.
Sus ojos se enfrentaban a sí mismos contemplando su cuerpo vestido y el alma desnuda, tal y como decía siempre que se veía reflejado.
Estaba esperando al notario que debía dar lectura al testamento de su padre. En la habitación contigua sus primos Ernesto y Alicia bromeaban acerca de la herencia y de lo que les correspondería a ellos.
Habían llegado cada uno por su lado, se habían saludado de oficio y, como habían llegado los últimos, hicieron limpiar a Domingo el polvo de las sillas donde iban a escuchar la lectura del testamento. Siempre estaban bromeando; cuando coincidían en cualquier celebración se juntaban para contarse secretos y beber, sin importarles dónde se encontraban.
El caserón era, en realidad, una casa antigua a las afueras de la ciudad; aún mantenía su estructura intacta, pero los años habían dejado su tarjeta de visita en el jardín, los muros y las paredes.
Volvió a contemplar el espejo y, como antaño, le devolvía las imágenes de su niñez, cuando, con su padre y su madre cogidos de la mano los tres, se contemplaban antes de abandonar la casa y salir a la calle.
El timbrazo prolongado indicaba que el notario había llegado y que la lectura del testamento era inmediata. Los tres sentados en las sillas del viejo salón escucharon el reparto que Pedro y Aurora, el padre y la madre, habían efectuado. Domingo, después de salir el notario, junto con Ernesto y Alicia de la casa, se quedó solo ante el espejo, y lo que comenzó con una sonrisa acabó en una estruendosa carcajada.
El espejo le fue enseñando, una por una, todas las imágenes reflejadas durante años, en las que aparecía con Pedro y Aurora, con Pedro solo, con Aurora solo. Las pocas veces que aparecía Inés…, Inés y él.
Al día siguiente volvieron Ernesto y Alicia y lo encontraron reflejado en el espejo como si estuviera preparándose para salir; pero ya no estaba allí ni en ningún otro sitio.
Charli un buen relato, con pinceladas surrealista. Me ha parecido muy interesante.