
Aquel verano supe que algunos amores no vienen para quedarse. El encuentro llegó sin hacer ruido. Coincidimos una mañana en la playa de Riazor. A ella y a mí nos gustaba darnos un baño temprano.
Después de una semana le dije:
—Buenos días, señorita, madruga usted mucho. Me llamo Andrés y vivo aquí en La Coruña.
—Soy Clara, y estoy veraneando en su ciudad.
Seguimos viéndonos diariamente. Paseábamos juntos, hablábamos de cosas triviales al principio, luego llegaron las confidencias. Ambos rondábamos los cuarenta, pero Clara, a pesar de haberme confesado su edad, lucía muy joven. Tenía una espléndida figura y una sonrisa y unos ojos garzos que me cautivaron.
Entre nosotros desde el principio no hubo secretos; ambos estábamos casados y éramos relativamente felices. Pero necesitábamos algo más, la chispa de amor que se había perdido, como un soplo de viento. Nos enamoramos como dos colegiales, pero nuestro amor fue tan puro, que lo más que hubo entre nosotros fue algún furtivo beso. Éramos felices, muy felices; no queríamos pensar en el después.
Un día Clara no volvió a Riazor. La esperé mirando impaciente el reloj, pero al tercer día, sabiendo que su amor no volvería más, mi vista se perdió en el horizonte.
Una gran tristeza invadió todo mi ser, pensando que ese retazo de ilusión, de locura de amor, de aire fresco, de felicidad infinita y de mucho, mucho más, que sentía en mis paseos junto a Clara, nunca más los volvería a gozar.
Para Clara y Andrés aquel verano continuó, y su amor también, pero éste, ya solo vivirá en el corazón y recuerdo de los dos enamorados.
Preciosa aventura
Muy bonito, pero debería continuar. ¿ Cual es la razón por la que todo termino de repente? Quiero saber
Intrepidante historia