Los Mayores Cuentan

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Romería de La Melonera. Artículo de Balilides Manso

Romería de La Melonera. Artículo de Balilides Manso

La advocación a la Virgen de Septiembre se celebra en numerosos pueblos, con una mezcla de alegría y solemnidad; es, en cierto modo, la evolución de antiguas fiestas paganas que conmemoraban el fin de las faenas agrícolas y el inicio de la vendimia.

En Madrid, en el siglo XVIII nació la romería del distrito de Arganzuela, celebrada el 8 de septiembre en honor de su patrona, la Virgen del Puerto. Era conocida, con cierta irreverencia, como la romería de la Melonera. La fiesta tenía lugar junto a la ermita de la Virgen y en las orillas del río Manzanares. La gran afluencia de público era aprovechada por hortelanos de toda la provincia, que acudían a vender sus melones y sandías, dispuestos en grandes montones junto al río. De ahí el nombre de la romería. La tradición consistía en comprar un melón o una sandía y pasar la tarde en grupo, comiéndolos entre música, baile y vino.

Las mozas acudían a pedir novio a la Virgen, igual que en junio lo hacían a San Antonio en la Florida. Si lograban su propósito, la pareja regresaba junta al año siguiente.

Esta costumbre se mantuvo hasta que las ferias se instalaron en Atocha, momento en que los madrileños sustituyeron las sandías y los melones por nueces y almendras.

Con el tiempo, la romería de la Melonera se transformó en verbena y ascendía por la calle Segovia y la cuesta de las Descalzas, en un recorrido cómodo entre las Vistillas y la plaza de la Cebada.

La tradición ha seguido evolucionando y, hoy en día, las Fiestas de la Melonera continúan celebrándose como uno de los acontecimientos más importantes del distrito de Arganzuela.

Romería de Santiago el Verde. Artículo de Basilides Manso

Romería de Santiago el Verde. Artículo de Basilides Manso

Cuando la romería de San Isidro era todavía una celebración esencialmente religiosa, la de Santiago el Verde gozaba del favor de los madrileños. Se celebraba el 1 de mayo, festividad de Santiago el Menor y San Felipe. Su nombre alude al verdor propio del comienzo de la primavera y tenía lugar en El Sotillo, una alameda situada en la margen derecha del Manzanares, entre la antigua Puerta de Toledo y el Portillo de Embajadores.

Los romeros se reunían junto a las ruinas de una ermita y a una isla del Manzanares que aparece representada en los planos de Texeira.

Durante la época de los Austrias, a la romería de Santiago el Verde acudía todo el mundo, incluidos los reyes y la nobleza, que cruzaban hasta la isla en sus carrozas.

La ostentación era frecuente: muchos aparentaban una posición social superior a la que realmente tenían, de modo que, después de la fiesta, en no pocos hogares apenas había qué echar a la olla. Se bailaba hasta caer rendido, se comía con abundancia y hasta los más abstemios terminaban bebiendo. Como se dice la zarzuela La Gran Vía: «Hasta el Manzanares bebía una gotita más».

Naturalmente, Cupido hacía de las suyas. La romería propiciaba los encuentros amorosos y ponía en riesgo la honestidad de las damas, así como el buen nombre de novios y maridos. Góngora dejó constancia de ello en esta letrilla:

No vayas, Gil, al Sotillo,
que yo sé
quien novio al Sotillo fue,
y volvió después novillo.

En el siglo XVIII, la romería fue perdiendo popularidad ante el auge de la de San Isidro.

Romería de San Antonio Abad. Artículo de Basilides Manso

Romería de San Antonio Abad. Artículo de Basilides Manso

La primera romería del año era la de San Antonio Abad, que marcaba el comienzo de las continuas fiestas que se sucedían a lo largo del calendario. El 17 de enero, festividad del santo, los dueños llevaban a sus animales, bien arregladitos, hasta la iglesia de de Antonio Abad (o San Antón), en la calle Hortaleza, 63, regentada por los Padres Escolapios, para que fueran bendecidos.

Después, la calle se convertía, con su ir y venir de los animales con sus orgullosos dueños, en un escaparate en el que todo el mundo quería estar. La jornada continuaba con la comida en alguno de los muchos ventorros que había en los alrededores del Portillo de Santa Bárbara.

Esta romería se desarrollaba con una especie tregua no escrita entre los vecinos de Lavapiés, los majos y los chisperos, quienes tenían un pacto de no agresión, porque muchas veces cualquier tontería, venganzas pendientes o malas miradas eran motivo de discusión que a veces terminaban de forma sangrienta.

No hay que olvidar los panecillos de San Antón, elaborados por las monjas del convento situado al otro lado de la calle. Estos panecillos eran muy dulces, por la miel que tenían, una tradición heredada de la cocina musulmana.

El origen de esta romería se remonta a tiempos muy antiguos. Cuando los caminos de Fuencarral y Hortaleza estaban prácticamente deshabitados, una grave epidemia de peste asoló Madrid, y el Concejo levantó en aquellos terrenos un hospital gestionado por los Hermanos Hospitalarios de San Antonio (Padres Antonianos) para evitar el posible contagio.

Terminada la epidemia, el lugar fue bendecido, junto con las personas, los animales y los frutos del campo. Más tarde, tras la supresión de la Orden de los Antonianos por el Papa a finales del siglo XVIII, las instalaciones pasaron a la Orden de las Escuelas Pías, cuyos religiosos Escolapios establecieron allí su residencia, reformaron la iglesia y fundaron un colegio. La bendición de los animales continuó celebrándose año tras año hasta hoy en día, dando así origen a la romería.

El rey de los cochinos.  Texto de Basilides Manso

El rey de los cochinos. Texto de Basilides Manso

Hasta 1697, desde tiempos medievales, cada año se celebraba en Madrid la fiesta del Rey de los Cochinos, con algún intervalo de prohibición impuesto por corregidores severos debido a su parecido con las impúdicas saturnales.

El 17 de enero se elegía al cochino rey entre los verracos del concejo. La elección tenía lugar ante la ermita de San Blas, en Canillas (C. de Montalbos, 41). Se celebraba una carrera entre los cochinos y el vencedor era proclamado rey. Después se elegía al porquerizo mayor, por sorteo entre los compañeros. Para conferirle su dignidad, se le colocaba una barba como a San Antón, un báculo en una mano y una campanilla en la otra; se le montaba en un burro y se le llevaba a la procesión.

Tras la procesión, guiados por el rey y su porquerizo, se dirigían a la ermita, donde se colocaba al porquerizo un mantón de estera y una corona de laurel, con el rey cochino a su lado. Los frailes bendecían a los hombres y a los animales.

Para finalizar, comida, bebida, desenfreno y, muchas veces, sangre.

Tras su prohibición, la fiesta del Rey de los Cochinos fue sustituida por la celebración de la festividad de San Antón, que permanece hasta nuestros días, con la tradicional bendición de los animales, celebrada cada 17 de enero en la Iglesia de San Antón (C. Hortaleza, 63).

Antes del Canal de Isabel II. Artículo de Basilides Manso

Antes del Canal de Isabel II. Artículo de Basilides Manso

En 1617 se creó en Madrid la Junta de Fuentes, a la que correspondía fijar precios, la cuantía de aguadores, los caños destinados a estos y cuántos al público, qué fuentes eran de aguas finas “potables“ y cuáles de aguas gordas, más pesadas y baratas. Esto se sabía pesando el agua. Había casas que consumían agua fina para beber y gorda para el resto de las necesidades.

A mediados del siglo XIX había un total de 77 fuentes. Las más solicitadas eran la de Puerta Cerrada con 142 aguadores, la de la Puerta del Sol con 88, la de la Plaza de la Villa con 55, la de la Puerta de Moros con 53, la de San Juan con 36 y la de Cibeles con 34, entre otras.

Los más de mil aguadores que llegó a tener Madrid en el siglo XIX repartían unos 2300 litros diarios cada uno. El consumo de agua en el reinado de Carlos III era de tres litros por habitante; ahora, el consumo de cada madrileño se calcula entre 250 y 300 litros por habitante y día, contando agua de mesa, ducha, lavadoras, etc.

Como había problemas para obtener agua gratuita, los caños públicos estaban adosados a la pared con caños de bronce. En el año 1600, la fuente de Leganitos, a pesar de ser de agua gorda y ser la más cara, era la más solicitada. El Palacio Real tenía varias fuentes de aguas finas y gordas, dependiendo del gusto del rey. En algunos de sus viajes, se llevaba su agua favorita en toneles.