Los Mayores Cuentan

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Iglesia de San Lorenzo. Texto de Basilides Manso

Iglesia de San Lorenzo. Texto de Basilides Manso

La iglesia, situada en pleno barrio de Lavapiés (Calle del Doctor Piga, 2), se consagró en 1670 y tuvo una vida azarosa: a mediados del siglo XIX tuvo un incendio desastroso pero los daños fueron reparados;  y en 1936 fue totalmente destruida, y más tarde reconstruida, inaugurándose en 1950.

Cuentan las habladurías que esa era la iglesia de las chinches, pero no creáis que era por la falta de higiene de épocas pasadas, no. En Lavapiés con alto grado de natalidad y la fama de la iglesia de castiza, todos los padres querían bautizar en ella a su Manuel o Manuela. Tal era el número de bautizos que la gente empezó a decir que había tantos niños como piojos. Y así con la costumbre madrileña de poner segundos nombres a todo se quedo como «la iglesia de las chinches».

Afortunadamente esto ya está olvidado y ahora luce espléndida su construcción neogótica, esperando las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma.

La Dehesa de la Villa II – Siglo XX. Artículo de Carmen Cendón

La Dehesa de la Villa II – Siglo XX. Artículo de Carmen Cendón

Entre 1918 y 1931, la Dehesa fue el escenario de la celebración popular del Día del Trabajador cada 1 de mayo, hasta que esta festividad se trasladó a la Casa de Campo.

Durante la Guerra Civil fue un enclave estratégico debido a su altura y su proximidad al frente noroeste de la Ciudad Universitaria. En la Dehesa, el Ejército Republicano instaló trincheras, nidos de ametralladoras, refugios y puestos de observación de los que, todavía hoy, se conservan algunas huellas.

Entre 1940 y 1960, era tradicional acudir a los merenderos allí instalados para cenar; los visitantes llevaban su propia comida y únicamente pedían la bebida.

Ambiente humano: Las personas que acuden a la Dehesa buscan un rato de ocio, deporte, conversación o, simplemente, estirar las piernas y entrar en contacto con la naturaleza. Allí encuentran el espacio ideal para pasear o realizar rutas de footing y bicicleta.

El Cerro de los Locos: Lugar emblemático donde han confluido colectivos diversos como gimnastas, boxeadores o pelotaris, al ser un espacio libre donde ejercitarse sin molestar a nadie. En 1959, se rodó aquí la película El Cerro de los Locos, dirigida por Agustín Navarro.

Destaca la labor de la Asociación de Vecinos San Nicolás – Dehesa de la Villa, cuya lucha culminó en 1995 con la constitución de la Coordinadora Salvemos la Dehesa de la Villa. Su objetivo fue frenar un proyecto de construcción de una autovía que atravesaba el parque; afortunadamente, el proyecto fue retirado en 1996.

Actualmente, en el Centro de Información y Educación Ambiental Dehesa de la Villa se realizan numerosas rutas, paseos guiados y exposiciones. Transporte:  Metro Francis Rodríguez (Línea 7); autobús 64 desde la Glorieta de Cuatro Caminos.

 

Cafés en Madrid.  Texto de Basilides Manso

Cafés en Madrid. Texto de Basilides Manso

En Madrid, desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX, triunfaron los cafés, y no había ninguno que no tuviera su tertulia, normalmente literaria, pero también los había de otros temas: filosóficos o taurinos, aunque no de fútbol, porque no había la afición de hoy.

La fama del café se medía por las figuras que iban a debatir a sus tertulias. La mayoría de estos cafés estaban situados en la Puerta del Sol y sus alrededores, como la Fontana de Oro, el Gato Negro o el Café de Fornos, entre otros, donde acudían los protagonistas de la vida literaria y la bohemia.

En uno de estos cafés, el Café Pombo, en la calle Carretas nº 4, acudía Ramón Gómez de la Serna como principal tertuliano los sábados por la noche, en la «Sagrada Cripta del Pombo». Este café, de aspecto poco elegante y destartalado, era conocido por muchos madrileños como el «café de los cagones». Una de las estrellas de este café era el sorbete de arroz. Unos acudían a tomar el famoso sorbete porque frenaba las diarreas (nada extraño debido a la mala conservación de los alimentos, sobre todo en verano). Pero había otros a los que, al tomarlo, se les aflojaba la tripa y tenían que acudir rápidamente al servicio. Como en Madrid siempre se nos ha dado bien poner sobrenombres o apodos, era más fácil y notorio conocerlo como el «café de los cagones» que por su nombre original. Con este apelativo, no es raro que cerrara en 1942.

Plaza de Santa Ana. Artículo de Basilides Manso

Plaza de Santa Ana. Artículo de Basilides Manso

Situada en la confluencia de las calles Príncipe, Prado, Núñez de Arce y la plaza del Ángel, la Plaza de Santa Ana ocupa el lugar de la manzana 215, que hasta 1810 (año de su demolición) albergaba la iglesia, el convento, el huerto y los jardines de las Carmelitas Descalzas de San José y Santa Ana, derribados por orden del rey José I.

Desde el siglo XVI se situaron en la zona algunos de los corrales de comedias más importantes: el de la Pacheca en 1568, el de la Cruz en 1579 y el del Príncipe en 1582 (convertido en teatro en 1745, que pasó a ser el Teatro Español en 1849).

Igualmente, se instalaron en la zona bares y locales de ocio. El cronista de Madrid Mesonero Romanos llamó a la zona «el cementerio de la gamba» por la gran cantidad de este crustáceo que se consumía. Allí está desde 1904 la Cervecería Alemana, la Cafetería La Suiza y el Colmado Villa Rosa, con su decoración de azulejos andaluces tanto en el exterior como en el interior.

En el siglo XX se edificó el hotel Reina Victoria, inaugurado en 1923; fue el lugar preferido por los toreros cuando venían a Madrid a torear en la plaza de Las Ventas, llegándose a conocer como el «hotel de los toreros». Manolete, por superstición, ocupaba siempre la habitación 220. También fue punto de encuentro de artistas y celebridades como Ernest Hemingway y Ava Gardner. Después de unos años gestionado por Meliá, fue adquirido por un fondo árabe que lo abrirá próximamente como un nuevo hotel tras una gran reforma.

¿La cabeza? Artículo de Basilides Manso

¿La cabeza? Artículo de Basilides Manso

En 1919 enterraron a un español ilustre bajo las pinturas que un día realizó en San Antonio de la Florida. El cuerpo allí enterrado era el de don Francisco de Goya y Lucientes. Vamos a analizar los hechos por los que se enterró un cuerpo sin cabeza.

En 1880, el cónsul español en Burdeos, Joaquín Pereyra, descubrió por casualidad la tumba de Goya, muerto en 1828 (siempre nos olvidamos de nuestros grandes personajes), y empezó el larguísimo trámite para la repatriación. Al exhumar el cadáver y encontrarlo sin cabeza, se amenazaba con ampliar aún más el ya larguísimo trámite; tanto que el gobierno de Madrid ordenó al cónsul que «con cabeza o sin cabeza» mandara el cuerpo.

El ilustre aragonés de Fuendetodos abandonó Francia en 1899. Aquí empieza otro pequeño peregrinaje: primero lo enterraron en la Sacramental de San Isidro, hasta 1919, cuando lo llevaron a la ermita de San Antonio de la Florida, donde descansa en su tumba definitiva.

Sobre la cabeza hay montones de teorías, todas sin probar científicamente. Una cuenta que Goya había pedido a su médico y amigo que, después de muerto, le cortara la cabeza para estudiarla frenológicamente según una pseudociencia que estaba de moda; otros sostienen que se profanó el cuerpo con el mismo fin; otra, no menos disparatada, afirma que el artista había pedido que le cortaran la cabeza para que fuera enterrada en el mausoleo de la duquesa de Alba. Estas y otras teorías surgieron y seguirán surgiendo hasta que no haya una probada científicamente.

Por mi parte, no nos hace falta su cabeza, pero sí su ingenio de gran pintor mundial.