Los Mayores Cuentan

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La vida que no viví. Relato de Marisol García Alonso

La vida que no viví. Relato de Marisol García Alonso

Más de una vez he recordado aquella oportunidad de aquel viaje, y por qué no fui a coreografiar desfiles de moda a Nueva York, o por qué no me casé con mi primer novio y fui ama de casa. El caso es que, de haber cruzado el charco, en estos momentos hablaría de corrido el inglés y no a trompicones como llevo toda la vida haciéndolo. La opción del casorio seguramente hoy me pondría a disposición un estudio de grabación, que buena falta me hace ahora para grabar Costuras en el alma en audiolibro.

Pero opté por quedarme en mi país y ni siquiera con mi novio, ya que se rompió el amor por ser un joven vago, a pesar de quererme sin medida. A decir verdad, no he echado de menos comer hamburguesas porque me gustan más unas lentejas.

Otro oficio que dejé escapar de mis manos fue ser maquilladora de cine, y no me arrepiento porque no dejaban de decir que las películas se rodaban de madrugada, y a esa edad me gustaba dormir hasta hartarme. Ahora, con mi insomnio crónico, no le pondría ninguna pega al horario, pues resultaría hasta terapéutico.

Actualmente, maquillarse se hace por tutoría: sombra aquí y sombra allá para tapar esos defectos imposibles de eliminar. Aun así, decides comprar el producto de belleza. Antes de meterlo en la bolsa tienes que escuchar la homilía que te suelta la dependienta o el chico afeminado de turno, que ahora suelen estar más preparados para darte el consejo de cómo debes usarlo.

Yo fui asesora de moda durante treinta y cinco años en los 70. La vida se encargó, durante este largo periodo de tiempo, de situarme cerca del glamour. Actualmente, este mismo oficio se llama influencer y gana unas cantidades de dinero escandalosas.

Debo admitir que, a mis recién cumplidos setenta y seis abriles, escribo libros y lo que me echen… porque escribir es apasionante, pero que te lean lo es más. Pero, si de algo debo estar orgullosa y feliz en mi vida profesional, es que haya sido siempre mi propia jefa. Mi madre así lo quiso y se lo agradezco, porque no debe ser fácil trabajar con un jefe cabreado.

Y termino diciendo que no sé qué más he podido hacer y no hice. Otros han hecho bastante menos que yo, y están tan contentos.

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Efecto mariposa. Relato de Francisco Pérez

Efecto mariposa. Relato de Francisco Pérez

El crucero reunía todas las condiciones para cumplir con los mejores deseos de los cruceristas, que llevaban meses estudiando los itinerarios marítimos y las estancias en tierra.

El programa que habían recibido con antelación incluía las actividades deportivas en el gimnasio y en las piscinas, las proyecciones cinematográficas y las representaciones teatrales y musicales. Se daba atención especial a la gastronomía, y la variada lista de menús sorprendía por la combinación de cocinas del mundo, a cuál más apetitosa. Las rutas que recorrerían estaban perfectamente identificadas; la empresa naviera era veterana en el sector y disponía de varias opciones que iba publicando periódicamente para que la clientela pudiera elegir y, sobre todo, repetir año tras año. En general, los recorridos eran de sur a norte porque así podían mantener una velocidad relativamente uniforme con la ayuda de corrientes marinas y vientos favorables a una navegación plácida.

El capitán disfrutaba comentando a los viajeros los detalles de la travesía y se explayaba cuando enumeraba la colección de vientos y su repercusión en el mantenimiento de la velocidad del crucero. Algunos le discutían su seguridad cuando afirmaba que el control que tenían sus aparatos de medición y sus técnicos los hacía invencibles ante las tormentas.

La ruta proseguía y había cubierto más de un mes de navegación. Las fiestas se habían sucedido sin descanso, con sus correspondientes banquetes, y algunos viajeros comenzaban a mostrar señales de agotamiento de tanta fiesta y ansiaban llegar a casa, ponerse las zapatillas y ver la novela de la tele.

Los tertulianos del capitán le pidieron que acelerara la marcha para acortar la travesía. Se negó porque ya había explicado en distintas charlas que la velocidad uniforme era uno de sus secretos para conseguir el éxito de sus viajes.

Siguió la presión para acelerar y lo hizo de mala gana. Un treinta por ciento más veloz y, a las cinco horas, empezaron a llegar mensajes del puerto de arribada, a 1.800 km: las aguas esmeralda de las playas se han vuelto marrón y destilan pestilencias, y están subiendo a la superficie cientos de peces muertos. El capitán se metió debajo de la mesa y recordó que en la carrera le advirtieron que se cuidara del efecto mariposa.

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Primer día del mes de mayo. Relato de Soledad del Yerro

Primer día del mes de mayo. Relato de Soledad del Yerro

Cada una con un libro, mi hermana, mi madre y yo estábamos sentadas en el jardín, tranquilas. Las horas pasaban y ninguna de las tres lo notábamos, pues, aunque estábamos muy cerca, la lectura nos estaba transportando a lugares diferentes, viviendo distintas historias.

El canto de unos jilgueros, que tenían el nido en un árbol cercano, interrumpió nuestra lectura.

—Gracias a que los jilgueros machos cantan en tono agudo porque están buscando pareja, las tres habéis dejado la lectura, porque no me estabais haciendo ni caso.

Eso nos decía, sonriendo, Miguel, mi hermano, que siempre en estas fechas se encargaba de arreglar las macetas.

—¿Tú cómo sabes que están buscando pareja? —le preguntó mi madre.

—¡Ay, mamá! Desde niño siempre escuché decir a los mayores del lugar que es en primavera cuando suelen alternar sus gorjeos de repeticiones rítmicas por notas agudas y muy vivas, con las que marcan su territorio y atraen a una pareja.

—Pues deja las macetas y, ya que los jilgueros nos han interrumpido la lectura, vámonos al pueblo, que estará muy animado y lo mismo encuentras pareja —le dijo mi hermana Rosa con sorna.

Miguel se lo tomó en serio y, en media hora, estábamos los cuatro campo a través, dándonos una caminata por un verde y florecido entorno.

Buitrago de Lozoya tiene un encanto especial por su recinto amurallado, construido entre los siglos XI y XV, que rodea completamente el casco antiguo. Está protegido por el río Lozoya en casi todo su perímetro, incluyendo el castillo o alcázar de estilo gótico-mudéjar.

Mi madre dijo:

—¿Qué os parece si nos sentamos entre la muralla y el río?

Rosa me comentó bajito:

—Elvira, creo que debemos hacer caso a mamá.

—Esperemos que Miguel consienta —murmuré yo—; ya sabes que él prefiere el barullo del centro.

Para asombro nuestro, le encantó la idea y, sentados en aquel ambiente medieval, nos confesó que alguna noche de invierno, paseando por este lugar con sus amigos, entre la niebla que humedece, oscurece y da misterio al ambiente, habían oído, mezclados con el viento, los sollozos de una mujer.

Los nativos cuentan que en la Edad Media vivía en el castillo una bella joven noble que se enamoró de un soldado de origen humilde. Intentaron escaparse para vivir juntos lejos de aquel lugar pero fueron descubiertos. A él lo desterraron, y a ella la confinaron dentro del recinto amurallado. Desesperada, intentó escapar una noche atravesando un pasadizo secreto que, supuestamente, conectaba el castillo con el exterior, pero… nunca llegó a salir.

Estremece pensar que aún siga llorando por lo que pudo ser y no fue.

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Enlace fantasma. Relato de Rocío Urraca

Enlace fantasma. Relato de Rocío Urraca

Después de 18 años de noviazgo con rupturas y altibajos, finalmente decidimos casarnos. Ambos acordamos prescindir del símbolo de los anillos. Ninguno llevábamos nada en las manos, porque todo nos molestaba.

Comunicamos nuestro enlace en una comida en casa de Luis. Su madre aplaudió y enseguida se autoerigió en nuestra guía.

En otra comida, esta vez en mi casa, mi madre propuso fundir las alianzas de los abuelos para hacernos unas a nosotros. Agradecimos el gesto, pero explicamos que habíamos convenido no llevarlas. Aunque nuestra decisión no le gustó, la respetó.

Llegó el día de la boda. Asomada a la ventanilla del coche vi a lo lejos a Luis esperándome junto a su madre. Cuando bajé, ésta se acercó llevando una cajita que, enseguida, reconocí como de joyería. Seguro que se me notó en la cara lo que hubiera querido gritarle allí, delante de todos, pero ella aprovechó para susurrarme sibilinamente:

—Cógela y no montes ahora un escándalo.

Queriendo contener la rabia respiré profundamente y me agarré al marco de la portezuela mirándola enfadadísima.

Busqué a mi madre que abrió los ojos como diciendo: “¡Vaya encerrona!”. Luis se acercó ofreciéndome su brazo, pero le detuve y pregunté:

—Sabes que me he enfrentado a mi madre por este motivo. ¿Tú sabías esto?

Avergonzado, asintió con la cabeza. Su madre insistió de nuevo en que cogiéramos la cajita porque eso de casarse sin anillos era una tontería.

Yo no daba crédito. Así que allí, a pie de calle, expuse que si íbamos a comenzar un matrimonio lo ideal sería saber desde el principio cuántos íbamos a ser.

Ninguno respondió.

El coche seguía detrás de mí con la puerta aún abierta. Le miré a los ojos y le dije:

—No me esperes.

Volví a subir y arrancamos.

Hoy todavía me pregunto si su madre me hubiera considerado una buena esposa. Preguntar a Luis, sería una soberana bobada.

El hombre de la linterna. Relato de Francisco Pérez

El hombre de la linterna. Relato de Francisco Pérez

Había ido al cine desde niño y su preferencia eran los programas dobles y las matinées. En los dobles pasaba las tardes viendo películas del oeste donde todos los niños querían ser jinetes de mayores y cabalgar por aquellos espacios infinitos. Las llegadas al poblado terminaban en el salón donde las diferencias se resolvían a puñetazos. Los actores y actrices eran todos norteamericanos y los amigos se hacían apuestas para ver quién recordaba más nombres como John Wayne, Kirk Douglas, Gregory Peck o Rita Hayworth, Bette Davis o Barbara Stanwyck. En las matinées, dedicadas con preferencia al público infantil, se permitían los aplausos cuando llegaba el séptimo de caballería o cuando cantaban Joselito y Marisol.

Ya de mayor se ocupó en varios empleos que le permitieran ganarse la vida, pero su interés por el cine no había desaparecido y por eso aprovechó la oportunidad que le dio un vecino cuando le informó de la existencia de una vacante de acomodador en el cine de su barrio. Allá que se fue y consiguió el contrato para trabajar de cuatro de la tarde a doce de la noche. Se buscó una linterna con pila de petaca y acudía puntual sin un vestuario especial. Acompañaba a los espectadores desde el vestíbulo del local hasta el asiento numerado que se había estudiado de antemano y esperaba con discreción que cayera esa propina que complementaba su modesto sueldo.

Mantenía su afición infantil a ver películas, aunque ahora comenzaban aparecer nuevos héroes de la pantalla como James Bond o Clint Eastwood y los españoles López Vázquez, Landa o Sara Montiel y Carmen Sevilla.

Tras unos años en el barrio, fichó por un cine del centro en el que vestía con chaqué rojo y botones dorados y la misma linterna con pila de petaca. Las grandes salas de cine comenzaron a trocearse en pequeños locales donde los acomodadores fueron desapareciendo.

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