Los Mayores Cuentan

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Costa Rica, un paraíso en la Tierra. Relato de Morganti

Costa Rica, un paraíso en la Tierra. Relato de Morganti

Para mí, decir Costa Rica es pensar en uno de los últimos paraísos que quedan en la Tierra.  Esta preciosa tierra caribeña está repleta de volcanes; algunos en activo, como es el Poás.

Recuerdo en mi viaje a Costa Rica ir a un balneario cerca de este volcán. Ver durante la noche caer la lava con un ruido estruendoso y el fuego me parecía una cascada de rubíes. ¡Maravilloso! ¡Y qué decir de su selva! No hay mas que ver sus imágenes.

Se puede coger un barco y recorrer parajes naturales donde vemos unos pájaros exóticos preciosos y otros animales menos exóticos como enormes serpientes. Lo que más me llamó la atención fue ese animal tranquilo llamado “perezoso” que no se inmutaba con nuestra presencia, subido a los árboles, agarrado a las ramas y mirándonos con sus redondos ojos que parecen dos bolas de cristal.

Cuando bajamos del barco y pudimos adentrarnos en la selva, ¡qué emoción, qué paz!

Su capital, San José, es pequeña, limpia, tranquila, donde observé con asombro que no hay rascacielos.

Y como última maravilla, Tortuguero, con su preciosa playa tranquila y protegida, donde van las tortugas a desovar.  Allí las protegen de los depredadores y han convertido la zona en un Parque Nacional.

A las afueras de San José, en las laderas de sus montañas, podemos encontrar simples casitas de campesinos;  no más de tres o cuatro, pero allí hay una escuela.

Nos dijeron que desde el año 1948 no hay ejército y, por lo tanto, ese dinero va a Educación y Sanidad.

¿Es o no es un paraíso?

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Lucía. Relato de Rosario Badillo

Lucía. Relato de Rosario Badillo

Tiene 80 años, es viuda. Desde hace algún tiempo vive sola. Su nieta ha estado con ella durante 6 años, el tiempo que tardó en terminar la carrera, y se ha ido a otra ciudad donde ha encontrado un trabajo. Se marchó triste por dejarla, pero tiene que hacer su vida.

La salud le acompaña, pero hace algún tiempo se dio cuenta que la memoria le falla algunas veces. No recuerda nombres, citas, etc. Le dicen que es normal, pero tiene un miedo tremendo a padecer Alzheimer, la enfermedad del olvido.

La memoria, según los eruditos, es una función del cerebro que permite al organismo codificar, almacenar y recuperar la información del pasado, es decir, nos permite guardar en nuestro interior experiencias y vivencias tales como sentimientos, sucesos e ideas.

Muchas son las personas mayores a las que les falla la memoria, pero no tiene que ser esa enfermedad. Comentándolo con una vecina joven, esta le recomendó asistir a actividades, talleres, etc. que hay para personas mayores, sin ir más lejos, en un centro de la Cruz Roja que hay cerca de su casa. Ella se había dedicado desde muy joven a cuidar a su familia. No tiene amigas, solo conocidas. Por desgracia, muchas personas en su misma situación pueden padecer depresión.

Hizo caso y ahora disfruta de mejor calidad de vida, aprende, trabaja su memoria, interactúa y socializa.

Adiós a la soledad. Relato de Rocío Urraca

Adiós a la soledad. Relato de Rocío Urraca

Con este inspirador relato nuestra compañera Rocio Urraca ha participado en el Concurso de Relatos Breves convocado con motivo de Día del Libro para destacar la labor de la Cruz Cruz Roja en materia de Soledad no Deseada. Sin duda un relato ganador porque ¡nos ha llegado al corazón!

Isabel siempre quería ser el centro de atención en absolutamente todo. Necesitaba ser «el perejil de todas las salsas». Al principio, su trato inicial era sociable, pero enseguida asomaba una relación vampírica, así que se fue quedando sola. Lejos de hacer introspección, cayó en el victimismo echando la culpa a los demás con frases como: «Y cuando dejé de llamar, me di cuenta de que la verdadera amiga era yo». Seguía pensando que el mundo giraba en torno a ella. Hasta que un día ocurrió lo que no vio venir. Se fue quedando sola y la tristeza comenzó a hacer mella.

En una cuestación de Cruz Roja a pie de calle, Isa abrió su monedero para hacer un donativo y, mientras tanto, la voluntaria entabló conversación. Esta mujer supo ver lo mucho bueno que tenía dentro y le dijo una frase que nunca olvidaría: «Cuando das, recibes mucho más. Te invito a que vengas a conocernos. Vente, te será muy útil».

Volvió a casa sin dejar de pensar en ello. Reparó en lo importante que es socializar y compartir. Ahí estaba la clave. Fue a un centro a pedir información, y se dio cuenta tanto de la enorme cantidad de gente que ofrecía ayuda, como de la que la requería. La llamaron para una entrevista, y fue admitida.

Allí encontró a compañeros que también se sintieron solos alguna vez, pero que, ofreciendo desinteresada y humildemente alguno de sus talentos, conectaban con otras personas que tenían los mismos intereses.

De alguna forma, la necesidad de ser el centro de atención fue dejando paso a la necesidad de ofrecerse para diferentes actividades compatibles con ella y vio que el resultado era bueno para todos. Para ella, porque daba algo de lo que tenía en favor de otros, y, al mismo tiempo, porque recibía la estima y valoración por su trabajo. Dijo adiós a la soledad, dándole la vuelta a un comportamiento ególatra, sintiéndose viva, ganando respeto y paz interior.

Aventura en Tetuán. Relato de Francisco Pérez

Aventura en Tetuán. Relato de Francisco Pérez

Hace unos meses me fui a la Plaza de Castilla para dar un paseo y os voy a contar lo que me ocurrió: Esperaba cruzar un semáforo cuando de pronto alcé la vista y caía del cielo un cohete dorado con tres paracaídas de color naranja que se posó suavemente en el centro de la plaza. La gente siguió a sus cosas y yo me quedé anonadado: esto es el comienzo de una gran aventura, me dije.

Seguí por Bravo Murillo y entré en la concejalía de distrito donde anunciaban una exposición de una pintora residente en el barrio. Para mi sorpresa, pintaba óleos con paracaídas de color naranja y platillos volantes.

Avancé hacia la plaza de la Remonta, donde no cabía un alfiler: cientos de usuarios del Centro de Mayores cantaban a coro el Himno de la Alegría que repetían una y otra vez.

Al llegar a la iglesia de los Salesianos, unos cuantos escolares hacían juegos de magia para el asombro de los viandantes, que arrojaban monedas a esos artistas precoces.

Ya en Estrecho, los carriles centrales estaban cortados para los coches. Decenas de pequeños ciclistas rodaban con sus pequeñas bicicletas sin pedales acompañados de otros con sus pequeños patinetes haciendo sonar sus bocinas de forma estridente.

Me alejé de aquel estruendo y me sorprendí al contemplar la larga cola de vecinos que esperaban turno para entrar en la Casa de Baños de Alvarado con su toalla y jabón para bañar a sus perros.

Llegué frente al Mercado de Maravillas en el que algo inusual pasaba. Pregunté y me dijeron que hacía una hora que había terminado el reparto de dos mil kilos de manzanas que cada año se hacía por parte de los vendedores asturianos para recordar a su querida tierra.

Llegué entonces a la glorieta de Cuatro Caminos donde estaba instalada una fuente multicolor y cientos de personas escuchaban desde unos altavoces el Concierto de Año Nuevo mientras tocaban las palmas.

En ese momento, me desperté empapado en sudor.

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