Los Mayores Cuentan

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El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

El asesino del lago. Relato de Soledad del Yerro

Fotografía de portada: Lago de Sanabria. Javier Díaz Barrera

Siempre me gustaron las novelas policiacas y de intrigas, me parecía apasionante cómo se resolvían tantos y tantos casos de robos, crímenes y atrocidades que el género humano suele cometer.

Terminé tres años de licenciatura, los que me sirvieron para prepararme unas oposiciones como inspector de policía, que con bastante esfuerzo aprobé. Hace dos años que estoy destinado en la Comisaría Provincial de Zamora, como el comisario Juan Zabaleta.

A los pocos días de ocupar mi puesto, tuve que marchar con Ana, mi ayudante,  una policía guapa, muy inteligente y, dicho sea de paso, que conduce mejor que yo, a la comarca de Sanabria, de donde nos llegaron denuncias de varios casos de robos, en viviendas y casas rurales.

Pronto averiguamos que se estaba pasando mucho contrabando de droga desde Portugal y que, en los jóvenes de los pueblos de esta zona, estaba haciendo estragos la maldita heroína.

Después de varios días de intenso trabajo, logramos averiguar quiénes eran los camellos y entre los consumidores encontramos al ladrón de los robos que, con tal de sacar dinero para esta sustancia, fue capaz de robar hasta a su propia familia. Raúl se llamaba. Todos fueron a la cárcel con más o menos condena.

Ana, que era de Puebla de Sanabria, aprovechando los pocos ratos que tuvimos libres me enseñó orgullosa la grandiosidad de aquellos lugares. El lago de Sanabria, al que le da su nombre la comarca, es el único en España de origen glacial y uno de los mejores conservados de Europa, de aguas cristalinas y exuberante vegetación. Lo recorrimos a bordo de un moderno barco, quedando maravillado de la fauna, flora y geología de esta singular reserva natural.

 Era el mes de junio y la temperatura de lo más agradable. Cuando nos disponíamos a subir al barco, un pasajero dio la voz de alarma: con su cámara había captado lo que parecía un cadáver de animal o persona en la otra orilla del lago.

Ana y yo nos dirigimos en una lancha motora al lugar indicado donde, efectivamente, hallamos el cuerpo de una mujer de unos cuarenta años, rubia, de uno sesenta de estatura, que yacía flotando en aquel rincón del lago, sin duda alguna, muerta.

—Ana, llama a la Guardia Civil y que avisen al juez y al forense; nosotros, sin tocar el cadáver, vamos a rastrear la zona.

Hicimos un examen de varios metros de diámetro y no encontramos pista alguna. El juez ordenó el levantamiento del cadáver y la doctora forense, Pilar de la Vega, ordenó trasladar el cuerpo al Anatómico Forense donde le practicaría la autopsia.

El resultado de esta nos aclaró que no había muerto ahogada. Tenía un tiro en la nuca, llevaba muerta cuarenta y ocho horas y todo indicaba que la habían matado en otro lugar y seguramente la habían arrojado al lago desde una lancha.

A la mañana siguiente, me dirigía al despacho que el juzgado municipal me había habilitado, cuando Ana, que estaba desayunando en una cafetería cercana, salió a mi encuentro .

—Comisario, ya sabemos la identidad de la fallecida, Marisa Ruiz. Es vecina de Trefacio, tiene dos hijos gemelos de veinte años y lleva diez meses separada de su esposo.

—¿De éste que se sabe? —pregunté.

—Según los hijos, siempre ha trabajado en Eiriceira, un pueblo de Portugal. Parece ser que la distancia (su madre y ellos siempre vivieron en Trefacio) fue la causa de que la relación entre el matrimonio se fuera enfriando, pero que el divorcio había sido amistoso. Los chavales están descompuestos y asustados. No saben quién le ha podido hacer esto a su madre.

—Buen trabajo, Ana. Cuando llegue el marido iremos a interrogarle.

La mañana fue intensa de trabajo: los jueces habían decidido enviar a Raúl, el chaval que había sido acusado de varios robos por su adicción a la heroína, a un centro de rehabilitación. Los padres pagaron los daños y perjuicios que había causado su hijo.

Cuando nos disponíamos a salir para comer algo y acercarnos a interrogar a marido y familiares de la víctima, sonó el teléfono. Contesté contrariado por la inoportunidad de la llamada:

 —Comisario Zabaleta al habla.

Una voz temblorosa me comunicó que otro cadáver de mujer estaba flotando en el lago. El denunciante era Jaime, un joven que alquila Patines y Canoas en la playa de «El Folgoso». Le di las gracias y rápidamente Ana y yo salimos hacia el lugar de los hechos.

Esta vez fue una pareja de recién casados, que se habían acercado a pasar el día en esta pequeña playa del lago cuando, al llegar al embarcadero a dejar la canoa que habían alquilado, vieron el cuerpo de la mujer flotando en el agua.

—Comisario —dijo Ana—, la mujer vista desde aquí se parece a la de ayer, solo cambia el color del pelo

—Tienes razón, Ana.

Cuando el juez y la doctora de la Vega examinaron el cadáver llegaron a la conclusión de que el crimen era muy parecido al de Marisa Ruiz. Como el día anterior, no había ningún detalle que nos pudiera conducir al asesino.

La autopsia, de nuevo,  les dio la razón. Las dos víctima tenían una edad parecida y en ambos casos la causa de la muerte fue un tiro en la nuca con balas del mismo calibre.

La mujer resultó ser vecina de otro pueblo cercano, divorciada, pero sin hijos.

—Ana, hay que avisar a la Guardia Civil para que pongan vigilancia día y noche en el lago. Me parece se trata de un asesino en serie.

Las únicas pistas que teníamos eran las balas y que, entre las uñas de la segunda víctima, la forense encontró piel de su agresor, lo que indicaba que intentó defenderse.

Llevábamos una semana vigilando el lago, interrogando a familiares y amigos, esperando los resultados de balística y los análisis de la piel del asesino.  En ese momento de relax mis ojos tropezaron con la mirada de Ana que un poco azarada fijó su mirada en el ordenador, aunque un leve rubor subió a sus mejillas. Cosa que a mí me resultó grato observar.

De mis dulces pensamientos me sacó la voz de Raúl que, gritando, pedía hablar conmigo. Abrí la puerta del despacho y el chico entró en tromba.

Había venido a pasar el fin de semana a su casa con permiso del centro donde estaba recluido. Dando un paseo se había acercado al lago y en un recodo del camino, había visto como un hombre no muy alto pero ancho de espaldas y de fuerte complexión, estaba arrojando al lago un gran bulto desde una canoa. La escena le resultó muy sospechosa así que, escondido entre los árboles, observó que el individuo iba vestido con ropa de camuflaje como la que llevan los militares en maniobras y se cubría la cabeza con una capucha que le impidió ver su cara. Tras deshacerse del bulto, el misterioso personaje giró la canoa hacia la parte del norte del lago y allí Raúl le perdió de vista.

Inmediatamente me puse en contacto con el jefe de la Guardia Civil destacado en la zona, quien me confirmó el hallazgo en el lago de una tercera mujer asesinada.

Las sospechas de la Guardia Civil recayeron directamente sobre Raúl. Dado el férreo dispositivo de vigilancia establecido sobre el lago era imposible que él hubiera visto algo que pasara desapercibido a los vigilantes. La denuncia era una mera maniobra de despiste para los agentes.

Las características del crimen eran las mismas: una mujer de parecida edad y divorciada. Esta última tenía una hija estudiando en Zamora.

Llamé a la residencia donde Raúl estaba interno y por desgracia me comunicaron que todos los días tenían varias horas de asueto, las qué podría haber aprovechado para cometer los crímenes. Él había usado muchas veces una pistola, para intimidar a la gente cuando entraba en sus casas, para cometer los hurtos.

Raúl juraba y perjuraba que él era inocente. A solas en el despacho, Ana me dijo:

—Comisario, yo estoy segura que este chaval no es el asesino

—Pienso igual que tú —dije yo—, pero de momento no hay otra solución que mandarle a la prisión de Zamora hasta el esclarecimiento de los hechos.

Los resultados de balística nos aclararon que las balas eran calibre 45 ACP, usadas frecuentemente por los cuerpos de vigilancia del Estado.

Dispuse que mi ayudante y yo fuéramos al lago para hablar con los agentes implicados en el dispositivo de vigilancia. Entre ellos había varios solteros y algún casado.

—¿Divorciado no hay ninguno? —preguntó Ana.

—Sí —contestó uno de los más jóvenes—. Hay dos, uno que es de Sanabria y otro que ha venido destinado de Madrid.

En ese momento salía uno de los mencionados de uno de los servicios allí instalados.

Al saludarnos observé que tenía varios arañazos en la cara.

—¿Cómo te has hechos esos arañazos? —pregunté.

—Rastreando el terreno me raspé con un rosal —contestó un tanto esquivo.

—Pues te vas a venir con nosotros para que te vea el médico en el cuartel —ordené. Hablaré con el cabo para que te releven.

—No hace falta, comisario, si esto no es nada —y mientras lo decía echaba mano a su pistola.

Ana sacó rápidamente la suya y, con gran rapidez, le redujo colocándole las esposas.

Una vez en comisaría, confesó que le había abandonado su mujer y nunca pudo encontrarla. En su desesperación cada vez que trataba con alguna divorciada, le hacía pagar lo que le hubiera gustado hacerle pagar a ella.

Raúl quedó rápidamente en libertad, pues además de que el caso estaba resuelto, la pistola que usaba en sus atracos era de fogueo, solo servía para intimidar.

Rateros.  Relato de Mª Luisa Illobre

Rateros. Relato de Mª Luisa Illobre

En un garaje medio derruido tenían reunión varios maleantes cuyo objetivo era atracar a cualquier persona por la calle. Aquella mañana planearon hacer un negocio sonado. Se dirigieron a una parte de la ciudad compuesta por grandes chalets donde pensaban que harían negocio. Dos de ellos llamaron a la primera puerta. Una voz de mujer les contestó.

—Por favor, abra que nos hemos quedado en su puerta. Mi compañero se encuentra mal. No puede respirar bien y se asfixia.

Se oyeron varios pasos e inmediatamente apareció una señora uniformada de mediana edad portando un vaso de agua. La respuesta de los hombres fue un enorme empujón que la hizo caer al suelo.

Penetraron en la mansión y trataron de arramblar con todo los que entraba en dos enormes bolsas, sin darse cuenta de que una discretísima alarma estaba sonando.  Al salir, dos enormes policías los estaban esperando. Como los rateros eran más que conocidos, los dejaron escapar después de vaciar las bolsas, y con una seria recomendación de que a la próxima iban al calabozo.

En cuanto a la otra pareja, cuando intentaron entrar en la urbanización, fueron rechazados

por los de seguridad, que estaban esperando a sus compañeros en la puerta.

Vaya día que se había presentado. No quedaba otra que desvalijar a alguien menos importante. Era ya media tarde. ¡Habría algún anciano para abordar!

Pasaron por unos portales donde varias personas de mediana edad tomaban el fresco. Se acercaron y a fuerza de empujones quería quitarles su dinero —que no tenían— pero sí portaban la mayoría unos terribles bastones con los que les amenazaron con fuerza. Y tuvieron que salir rápidamente ante los golpes que les atizaban.

Siguieron camino. Seguramente en el centro podrían robar a alguien. En un callejón había un enorme tenderete de mantas y cartones al que se dirigieron . Seguramente allí se cobijaría un indigente importante con buen dinero recaudado. De un tirón arrancaron la manta y apareció un enorme perrazo con dientes afilados que se abalanzó sobre ellos, y prácticamente no tuvieron tiempo de salir volando perseguidos por el animal, que ladraba sin parar y les lanzaba grandes derrotes.

En la siguiente calle, recostado en un colchón se encontraron a un viejo que, al pedirle su recaudación, les contó entre hipos que si no tenían algún euro para poderse comprar un cartón de vino. Llevaba todo el día sin dar un trago. Le dieron los pocos euros que llevaban.

El siguiente episodio fue en una tienda que tenía de todo, pero el dueño, al verlos cerca, cerró la puerta en sus narices dejándoles fuera. A voces le dijeron que no querían robarle, pero al menos que les sacara unas trenzas de chocolate, a lo que él accedió dándoles las dichosas trenzas que se le habían quedado rancias del día anterior.

De vuelta a su escondrijo tuvieron una reunión general. Después de estar pateando todo el día, volvían sin un euro y no habían cometido ningún atraco. Como no podían seguir en estas condiciones, acordaron que lo mejor era dar por cancelado el negocio y volverse BUENAS PERSONAS .

Al cabo de varios años siempre recordarían la época de su vida que se les ocurrió dedicarse al robo, con un resultado nefasto.

El Hada de la Luz.  Cuento de Soledad del Yerro

El Hada de la Luz. Cuento de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este precioso cuento infantil que nos gusta a los mayores también.

En un chalet de Las Navas del Marqués, pasaban el verano cuatro generaciones de una misma familia. Se trataba de María, madre de Isabel, abuela de Carmen y bisabuela de Rocío.

La casa era enorme y antigua, estaba rodeada de un jardín muy mal cuidado; tenía la puerta principal y otra pequeña de troncos de madera por la parte de atrás, que daba a una calle solitaria por donde podía entrar cualquiera con mucha facilidad.

Este pueblo de la provincia de Ávila es muy frío, pero en aquel verano de 1988 el mes de junio era totalmente invernal. Rocío era un bebé de tres meses, a la que su madre cuidaba con esmero, teniendo que enchufar una estufa día y noche para tener el cuarto habitable.

Durante el día, si hacía sol, salían al jardín algunos ratos, pero las noches eran miedosas, se levantaba un aire huracanado que al mover las ramas de los árboles hacían un ruido infernal, los relámpagos iluminaban la casa, y los ruidos de los truenos hacían temblar de miedo a sus habitantes.

Eran las diez de la noche y María y la niña estaban dormidas.  De pronto empezó una de esas grandes tormentas y se cortó la luz eléctrica.

—Mamá —dijo Carmen—, a ver si puedo encender una cerilla y busco unas velas en la cocina.

Casi a oscuras fue avanzando por un largo pasillo donde el viejo suelo de madera crujía bajo sus pies, y de pronto sintió que algo peludo le rozaba el pie, era un ratoncito de campo, lo cogió suavemente y lo puso en la palma de su mano. Al sentirse acariciado empezó a dar saltitos y poco a poco se convirtió en una lámpara de luz tenue.

—No te asustes, soy el Hada de la Luz, tengo mi palacio en la Ciudad Ducal, donde también vive la bruja de las sombras, que me envidia mucho porque ella es fea y malvada, y por eso nadie la soporta. Hace unos años, aprovechando una noche como esta, mandó unos rayos de magia negra sobre mi palacio, y parte de él quedó incendiado y sus habitantes convertidos en animales de distintas especies. A mí me convirtió en ratón, pero no pudo quitarme todos mis poderes, y por eso cuando alguien me acaricia puedo ayudarle en sus necesidades.

Carmen se quedó atónita oyendo hablar a una lámpara, que minutos antes era un ratón.

—No te asustes, por favor, y no le digas nada a nadie; cuantas más obras buenas pueda hacer, antes se romperá el hechizo. La bruja de las tinieblas no debe enterarse, por eso ninguno de mis protegidos puede contarlo.

Carmen, con la lámpara en su mano volvió al salón.

—Mira, mamá, lo que he encontrado en la cocina.

—¡Qué suerte, hija! Es una antigua lámpara de gas, aunque es flojita, su luz es mejor que la velas.

La lluvia arreciaba, aquella tormenta parecía no tener fin.

—Carmen, hija, ¿tienes miedo?

—Yo no ¿y tú?

—Tampoco.

Como apenas se veían las caras ni sus expresiones, preguntaban para conocer cómo se sentían.

El timbre de la puerta principal sonó con machacona insistencia. ¡Dios mío! ¿quién será a estas horas? Mirando desde la ventana a través de los árboles vieron dos potentes focos de un camión que iluminaban la calle.

—No abriremos la puerta.

—Sí, mamá, es mejor que vean que no tenemos miedo ni que estamos solas, ya que pueden meterse en el jardín y entrar por la puerta de atrás.

—Me pongo un impermeable, subo la capucha y salimos de dudas.

Carmen cogió la lámpara y acercándose a la entrada comprobó que eran unos repartidores de muebles que venían desde Madrid y se habían equivocado de chalet, ya que había varios de la misma construcción.

Las dos mujeres respiraron tranquilas ¡vaya nochecita! Sintieron pasos por el pasillo, era María, que con los timbrazos se había despertado, ¡lo que faltaba! De pronto el salón se iluminó, volvió la luz eléctrica, y Carmen enseguida se dio cuenta de que había un ratoncito debajo de su silla, y la lámpara de gas había desaparecido.

—Mamá, lleva a la abuela a la cama que yo voy a ver a la niña.

Momento en el que aprovechó para meter el ratoncito en una caja con pajas y pasarlo a su habitación, pues temía que su madre o su abuela se liaran a escobazos nada menos que con el Hada de la Luz.

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El oficio de tipógrafo. Relato de Soledad del Yerro

El oficio de tipógrafo. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por este original relato que rememora un oficio ya desaparecido, pero que tanta importancia tuvo en la revolucionaria difusión de la palabra impresa.

En 1808 Álvaro Guzmán trabajaba como aprendiz de cajista en la imprenta del Diario de Madrid, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empezó su aprendizaje ya componía con bastante destreza. Le pagaban tres reales por cientos de líneas formadas con precisión y agilidad: manipulando veinticinco letras, hacía que se escaparan por entre sus dedos, pasando de la caja al molde.

Su vida le resultaba triste, pues aquel oficio tan rudimentario le esclavizaba la inteligencia sin entretenerla. Entonces empezaba a soñar con otros horizontes de espacios más abiertos y lejanos, donde su espíritu se sentía libre, saliendo de aquella oscura y sofocante imprenta.

Sus sueños le llevaban a reencontrarse espiritualmente con su amiga Inés, que era una pobre huérfana que vivía en Aranjuez con su tío, el padre D. Celestino Santos del Malvar, una de las personas más versadas en latín que había por aquella época.

-Mi amiga Inés tiene dieciséis años, dos menos que yo -contaba Álvaro a sus amigos-. Y aunque yo no tenga fortuna, será mi mujer con la ayuda de Dios, que hace grande a los pequeños. Es tan linda que avergüenza con su carita a las rosas del “Real Sitio”.

Cuando se ocupaba de estas alabanzas, departía mentalmente con ella. En tanto las letras pasaban por sus manos, trocándose de brutal y burda materia en elocuente lenguaje escrito. ¡Cuánta animación en aquella masa caótica! En la caja, cada signo parecía representar los elementos de la creación, arrojados de aquí a allí, antes de empezar la gran obra.

Álvaro comprendió que la fuerza e ilusión que su alma sentía le venían dadas por el amor que Inés le inspiraba, que hacía que en su aprendizaje de Tipógrafo, que a él le parecía tan anodino, ¡solamente con recordarla! ponían en movimiento aquellos pedazos de plomo, surgían sílabas, voces, ideas, juicios, frases, oraciones, periodos, párrafos, discursos, capítulos, la palabra humana en toda su majestad.                 

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La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

La Princesa Prisionera. Relato de Soledad del Yerro

Le damos las gracias a Soledad del Yerro por compartir este cuento tan encantador y tan bien escrito.

Cada tarde subo a la torre más alta del castillo donde ella está encerrada, la escalera es empinada y parece que está tapizada de recuerdos, de aquel tiempo cada vez más lejano. Cuando llego a la sala redonda donde ella me espera, mi respiración es fatigosa. Aquella juventud que parecía eterna empieza a abandonarme. Ella sigue igual, solo en sus ojos se advierte el paso del tiempo, por la soledad y la esperanza perdida.

Aunque hermanas también éramos amigas. El mundo parecía creado para nosotras, multitud de aromas impregnaban el aire debido a los árboles frutales y a la multitud de plantas que se cultivaban en nuestros jardines que, añadido al cántico de los pájaros, hacían que nuestro entorno resultara idílico.

Las dos cabalgábamos juntas, ella disfrutaba del paisaje, a mí, que desde pequeña mi padre me había adiestrado en el manejo de las armas, me gustaba más ojear, buscando donde se podrían encontrar más animales, para la temporada de caza.

Tuvimos varios amoríos, pero ninguno resultó ser lo que ambas buscábamos.

Pero un día llegó él, fue una mañana fría de invierno, pero luminosa y alegre, como aquél ser maravilloso que nos llegaba como llovido del cielo. Era alto, rubio, con unos ojos azules como el mar, dulces y acariciantes, pero a veces se asomaba a ellos un fuego, que calcinaba todo lo que ponía a su alcance.  Iba de paso, había una reina que en un país grande y lejano le esperaba para hacerle rey, entregándole riqueza y poder en un anillo de oro. No tenía prisa, era como un niño que encuentra un juguete, adueñándose de nuestro pequeño reino y de nosotras. Nos escribía poesías, tocaba el laúd, componía bellas canciones y nuestra pequeña corte vivió unos meses en un sueño dorado.

Nos cortejó a mi hermana y a mí, hasta que a las dos nos enamoró. No nos importó compartir nuestro lecho con él, con lo cual se llevó la virginidad de ambas.

Llegada la primavera, partió una mañana igual que había llegado. Nunca más volvimos a saber de él.  Mi hermana desde ese día se subió a la torre y hace varios años que vive allí encerrada. Yo lo sentí, pero también pensé que nuestro reino necesitaba de mí, que en la vida había muchas cosas que hacer, que vivimos una aventura preciosa, pero nada más. Mi visita de esta tarde es para hacerle saber que voy a contraer matrimonio con un príncipe bueno y generoso, al que pienso querer y respetar.

“Nuestro reino necesita descendencia, ¿lo entiendes?” le pregunté.  Contestó que sí, que sabía que las dos éramos muy diferentes, que me deseaba toda la felicidad del mundo, que ella lo era viviendo de sus recuerdos.  Así que tendré que seguir subiendo siempre que quiera verla, a la torre más alta del castillo.

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