Los Mayores Cuentan

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Oportunidad singular. Relato de Genoveva Esso

Oportunidad singular. Relato de Genoveva Esso

“Se busca ingeniero de la energía para proyecto especial”. Luca, recién licenciado dijo a su hermana:

—Martina, mira este anuncio, parece que ni pintado para mí.

—No sé, Luca, parece ambiguo, pide una entrevista.

—Eso haré.

Al poco rato:

—Buenos días, señorita, soy Luca y llamo por el anuncio.

—Muy bien, yo soy Ariel, la secretaria del Sr. Orduna. ¿Estaría disponible mañana a las diez para una entrevista?

—Si, allí estaré.

Luca llego puntual y de inmediato Ariel le pasó con su jefe.

—Buenos días, soy Luca y acabo de licenciarme en la ingeniería que usted solicita.

—Buenos días, ante todo, quiero saber si es usted arriesgado y tiene mucho valor.

—No entiendo para qué se necesita.

—Se lo explicaré. He reunido con usted a seis ingenieros de la energía, pero su profesión solo será necesaria si ustedes quieren.

—¡Qué extraño Sr. Orduna!

—Nada de eso, soy realizador de televisión y busco a seis ingenieros de la energía para un reality en una isla del Pacífico Sur. Allí viven cincuenta personas y ustedes tendrán que sobrevivir un mes en una zona aislada solo con sus propios medios.

—¿Está de broma, Sr. Orduna? Para eso no se precisan ingenieros de la energía.

—Se equivoca Luca, después del mes, en que pagaremos medio millón de euros a cada concursante, el gobierno de la isla, que es rica en recursos, ofrece trescientos mil euros más por cabeza si deciden quedarse e instalar las energías que sean factibles: solar, eólica, hidráulica, etc. para facilitar la vida de sus habitantes.

—¿Sabe lo que le digo, Sr. Orduna?: ¡Váyase usted a paseo!

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No era lo que parecía. Relato de Rocío Urraca

No era lo que parecía. Relato de Rocío Urraca

El local, a pie de calle, estaba abarrotado de gente. Familias enteras sentadas a la mesa y los niños gozando con algarabía lo que había en sus platos. Me sorprendió especialmente que algunos pasaran los dedos y se los chuparan dejando los platos impolutos. Fuera hacía calor, entré y conseguí y mesa. Pedí tomar un pastel de cabracho.

Cuando el camarero se acercó a mi mesa, presentó el plato servido en una bandeja con la porción rectangular del pastel anaranjado coronado con una guinda roja en su parte central sobre una cama verde de algún tipo de verdura, una servilleta y tan sólo una cucharilla.

Miré a mi alrededor y todos los demás servicios de las otras mesas tampoco tenían más elementos de cubertería que yo. Me pareció raro, pero no obstante, decidí cortar aquel pastel con el borde de la cuchara.

De pronto, al probarlo, una textura suave explotó en mi boca con un inesperado e intenso sabor a mandarina. Seguí probando la parte de la verdura y encontré un delicado sabor a hierbabuena. Inmediatamente, volví a reconocer los pequeños placeres de mi infancia y entendí el porqué del comportamiento de aquellos niños.

Sin saberlo, mi inconsciente me había llevado a una heladería.

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Gracias. Texto de Rosario Badillo

Gracias. Texto de Rosario Badillo

Es de bien nacidos ser agradecidos. El refrán lo dice todo, y solo se me ocurren tópicos. El haber nacido en un país en el cual pude estudiar, trabajar, tener lo suficiente para vivir dignamente, una familia que me quiere a pesar de mis defectos, la libertad para expresarme dentro de un orden y respetando a los demás, y recibir lo que quiero, ser respetada.

 

Doy gracias por todo lo que poseo, sobre todo la salud, la amistad. Haber visto el mar, que para mí es algo alucinante, saber apreciar las cosas insignificantes, las cuales muchas veces no se valoran, como los colores, los olores, los sabores. La soledad deseada y la compañía también deseada, las miradas de cariño que recibo y el poder darlas también. Los recuerdos buenos y menos buenos que te hacen ser humano en toda la extensión de la palabra.

 

En resumen, gracias.

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¡Qué ocurrencia! Relato de Rocío Urraca

¡Qué ocurrencia! Relato de Rocío Urraca

Recuerdo sonriendo aquella Nochebuena en casa.

Lucía, mi sobrina de tres años, miraba pensativa el nacimiento del mueble bajo, antes de la cena.

Doce figuras de porcelana de una conocida marca valenciana quedaban expuestas a su altura. Decidida, se acercó al portal y cogió al Niño Jesús.

Mi madre sudaba al pensar que si se le cayera, perdería una pieza descatalogada; pero también temblaba pensando que, consecuentemente, la niña podría hacerse daño, cambiando risas por llantos.

Todos, expectantes, esperábamos ver qué hacía con el Niño.

Mi padre le preguntó: «¿Dónde vas con la figurita? Sujétala bien. Que no se te caiga».

Ella se volvió hacia él y respondió: «Voy a buscar algo al costurero de la abuela».

Nos descuadró. Nos miramos extrañados cuando Lucía dijo en voz alta: «Yo, hay una cosa que no entiendo. Todos los mayores llevan ropa… y al Niño, ¿lo tienen desnudo?»

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Navidad. Relato de Rosario Badillo

Navidad. Relato de Rosario Badillo

La cena de Navidad es una tradición preciosa. Desde que tengo uso de razón, recuerdo a mi madre preparándola un poco agobiada, a mi hermana mayor ayudándola, a mí queriendo tocarlo todo y comiéndome las típicas peladillas, me riñen y yo enfadada, a mi padre gruñendo, mi hermano de 18 años no ha llegado todavía.

 

Ha pasado el tiempo, ahora soy yo quien está preparando la cena para mi marido, mis dos hijas, un vecino muy mayor que vive solo y un matrimonio amigo con dos hijos de la edad de las mías que viven en Londres. Nos traen una caja de mantecados, champán sin alcohol para poder beber todos, mi marido poniendo en el equipo de música el Mesías de Handel, es una costumbre todos los años. Los niños están tocando las figuritas del belén, se pelean por coger cada uno un rey mago para decirles los juguetes de la carta que han escrito, pero solo son tres y los niños, cuatro. Por fin les han convencido para que se los roten. Cantamos villancicos y nos damos los regalos del amigo invisible, al que jugamos todos los años. Lo pasamos muy bien, somos felices.

 

Uy, me he dormido un poco; pero aquí no hay nadie, todo está vacío… Bueno, está la soledad.

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Clara, entre luces y sombras. Relato de Genoveva Esso

Clara, entre luces y sombras. Relato de Genoveva Esso

La familia Paradiz vive en Villanueva de la Cañada, municipio donde está enclavado el parque acuático Aquópolis.  Allí Araceli, que es probadora de toboganes, ejerce su oficio. El padre, Damián, es sexador de pollos.  En la familia son cuatro, los padres y dos hijos, Herminio de veinte años y Eulalia de diecisiete. Tres de los abuelos murieron jóvenes y la abuela Clara, hace escasos meses, falleció a los noventa.

El día de Navidad de 2024 a mediodía, Araceli se dispone a poner la mesa, pero al entrar en el comedor, ve que ya está puesta y pregunta:

—¿Has puesto la mesa, Herminio?

—Yo no, habrá sido papá.

—No, yo tampoco. Habrá sido Eulalia que está en la cocina.

No hablaron más del asunto, y una hora más tarde se sentaron a almorzar. Antes de empezar con los aperitivos, miraron la silla vacía de Clara. La extrañaban tanto, que hacían como si ella estuviera, y siempre le ponían un cubierto. Tomaron de primero marisco y antes de terminarlo, el vaso de la abuela Clara comenzó a temblar.

—¡Papá!, ¿no ves cómo se mueve el vaso de la abuela?

—Sí, hija, será mi madre, que quiere celebrar la Navidad con nosotros.

Araceli, muy escéptica, dijo:

—¡Qué decís, Damián y Eulalia!, ¿cómo va a venir la abuela de la ultratumba?

—A lo que Herminio contestó:

—Ríete, mamá, pero la abuela Clara dijo antes de morir que volvería.

Todos querían que la abuela Clara volviera, pero Araceli, sabía que no podía ser. En el dintel de la puerta entre luces y sombras surgió una figura oscura. ¿Era Clara?

La familia emocionada se fundió en un abrazo interminable.

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