
Nunca le interesó. Compraba dos décimos en Navidad para no significarse entre sus compañeros. Soltero, trabajador y sin cargas, adquirió patrimonio suficiente para disfrutar de una vida holgada. La familia restante vivía relativamente cerca y mantenía relación con él, pero distante y escasa.
Ni siquiera el día del sorteo se preocupó de comprobar los décimos. Fue en la panadería, donde supo que el número de su empresa era «el del Gordo». La noticia corrió como la pólvora y mientras volvía a casa, recibía de sus vecinos la enhorabuena entre abrazos y palmetadas en la espalda. Casualmente, familiares emocionados iban apareciendo dejando un mensaje revelador común con verbos como: «Invitar, Compartir, Regalar, Donar…».
Meditó durante un tiempo qué hacer.
Solicitó entrevistarse a puerta cerrada con la directora de su banco para custodiar los décimos. Días después, para gestiones complementarias, se citó con un notario y la Agencia Tributaria.
Contrató una empresa especializada en vaciar casas y vender sus contenidos, y comenzó a hacer balance total de sus bienes. Fue tanta la presión y confusión generada durante aquellos repentinos ataques de cariño impostado de familiares —súbita y extrañamente cercanos—, que decidió agasajarles citándoles en un buen restaurante. A los postres, repartió a todos un sobre cerrado en el que, a condición de que lo abrieran una vez estuvieran en sus casas, encontrarían una cantidad respetable de dinero y un mensaje.
La emoción estaba servida.
Pagó la cuenta, y despidiéndose en la calle de todos, paró un taxi.
— Buenas tardes. ¿Dónde le llevo?
—Al aeropuerto, por favor.
—¿Y puedo preguntarle a dónde va?
—A un paraíso.
—¿Fiscal? —dijo bromeando el conductor.
… Y sonrió mientras marcaba el móvil de su asesora para ordenarle transferencia inmediata de su pequeña fortuna a su nuevo destino en las Islas Caimán.
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