Los Mayores Cuentan

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Visita al Museo Reina Sofía. Relato de Soledad del Yerro

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Le damos las gracias a Soledad del Yerro por compartir este relato lleno frescura, originalidad e ingenio.

En las clases de Historia del Arte que se impartían en el centro de mayores de Cruz Roja, al que asistía los jueves por la tarde, se acordó, que una vez al mes, la clase se daría visitando alguno de los interesantes museos de Madrid. El día de este relato tocó visitar el Museo Reina Sofía. Allí acudimos todos contentos acompañados por nuestra estupenda profesora Teresa Arévalo, que nos explicaba todo con paciencia, saber y amabilidad. Era una suerte que, a nuestra edad, gracias ella, se pudiera aprender y disfrutar tanto.

Uno de los cuadros más importantes del museo es el Guernica, obra famosa de Pablo Picasso. La estructura del cuadro es semejante a la de un tríptico cuyo panel central está ocupado por el caballo agonizante y la mujer portadora de la lámpara; en los laterales aparecen, a la derecha, la casa en llamas con la mujer gritando y, a la izquierda, el toro y la mujer con su hijo muerto. En el cuadro están representados nueve símbolos, seis seres humanos y tres animales: toro, caballo y paloma.

Nada más ver y escuchar lo que el cuadro representaba, Charito, la mayor de aquel grupo, aunque por su agilidad, físico y ganas de vivir nadie diría que cumpliría noventa años pocos días después, se me acercó para pedirme que la acompañara a buscar un servicio.

Las dos íbamos comentando con admiración lo impresionadas que estábamos por las explicaciones de la profesora sobre tan magnífica obra, cuando de pronto, vimos una puerta blanca corredera por la que entraban varias personas. Las seguimos y, nada más entrar en el recinto, nos dimos cuenta de que aquel lugar no eran los servicios, ni tampoco se encontraba nadie dentro y, ¿dónde estaban entonces las personas que habían entrado delante de nosotras?

Lo primero que nos llamó la atención fue una gran ventana que estaba situada haciendo escuadra con dos paredes de la habitación. Nos acercamos a mirar por ella y ¡Oh, qué maravilla! París con su Torre Eiffel rodeada de turistas y parisinos vestidos a la moda de los años cuarenta,  fue lo que atisbamos por un lado de la ventana. Por el otro,  la catedral de Notre Dame de estilo gótico situada en la pequeña isla de la Cité rodeada por las aguas del rio Sena. ¡Un prodigio arquitectónico!

Quedamos embobadas y más que sorprendidas. Por un momento pensamos que se trataba de un cuadro del museo. Sin saber por qué se produjo una corriente de aire, la ventana se abrió y nos encontramos en medio de un tumulto de gente que paseaba animadamente por el bosque de Bolonia. Ninguna de las dos entendíamos dónde estábamos ni cómo habíamos llegado hasta allí.

El parque tenía espacios de césped, estaba poblado de hojaranzos, hayas, cedros, castaños y plantas exóticas. Su fragancia nos hizo respirar a pleno pulmón.  Al fondo divisamos un parque de atracciones y una reserva de animales.

Ninguna de las dos sabíamos cómo, pero sin duda alguna, estábamos en París. Más perplejas que asustadas empezamos a preguntarnos la una a la otra como nos íbamos a entender con los franceses, si no hablábamos su idioma… Charito tenía otra preocupación añadida: necesitaba un servicio con urgencia.

Vimos una calle a la derecha del parque y hacia ella nos dirigimos, dándonos de frente con un letrero que en castellano decía: “Barbería de Eugenio Arias”. No lo dudamos ni un instante y entramos en el establecimiento.

Nos recibió un señor de mediana edad al que nos presentamos, hablando en español como no podía ser de otra manera, y al que pedimos ayuda para solucionar la «urgencia» que acuciaba a Charito. El amable barbero nos condujo por un pasillo hasta un cuarto de baño luminoso, limpio y decorado con mucho gusto.

De vuelta al salón de barbería la conversación con el dueño transcurrió por los lugares comunes entre compatriotas que se encuentran en el extranjero. Así supimos que estábamos hablando con Eugenio Arias, un exiliado procedente de Buitrago de Lozoya, un pueblo con encanto de la Comunidad de Madrid. Eugenio añoraba el castillo amurallado y el río Lozoya, en cuyo meandro se bañaba de niño durante los deliciosos veranos que proporciona el clima de la Sierra de Madrid.

La conversación tomó otro cariz cuando Eugenio nos comentó que era el barbero de Picasso con el que, a lo largo de los años, había forjado una entrañable amistad. No en vano en la barbería se reunían los pintores españoles, franceses y de otras nacionalidades, más importantes del momento.

Las dos “turistas accidentales” nos entusiasmamos cuando nuestro anfitrión nos pidió que le siguiéramos para mostrarnos un pequeño museo en el que atesoraba, con celo, una colección de cuadros y dibujos. Se trataba de obras que los diferentes artistas le habían ido regalando en agradecimiento a su leal amistad.

Estábamos tan encantadas viendo “La Vida” y “La Paloma de la Paz” de Picasso,  “Habitación de Hotel” de Hopper, “Desayuno en el jardín” de Monet, “Música en las Tullerías de Manet”, “Mujer empolvándose” de Berthe Morisot, “Las bailarinas” de Degas, “Paseo a orillas del mar” de Sorolla; cuando el aire que transmitía esta última pintura nos empujó y nos devolvió a una estancia del Museo Reina Sofía. Allí nos encontramos con el grupo al que habíamos seguido, a lo que creímos que era un servicio y resultó ser una sala que, mediante un moderno sistema de proyecciones, nos habían hecho vivir a todos una aventura apasionante sin movernos del sitio.

2 Comentarios

  1. Sencillamente genial , imaginativo y muy bueno.

    Responder
  2. Que orgullo de ser tu prima

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  1. Sencillamente genial , imaginativo y muy bueno.

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  2. Que orgullo de ser tu prima

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