Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Viaje a El Cairo. Un relato de Carmen Jiménez

Compartir

Le damos la bienvenida a Carmen Jiménez a nuestra sección de Cuentos y Relatos y le agradecemos este cuento tan original y simpático. ¡Esperamos muchos cuentos más!

Manuel fue toda su vida un enamorado de los museos, del arte y de los viajes. Después de trabajar más de media vida le llegó finalmente la jubilación y decidió que era el momento de hacer un viaje que se había planteado muchas veces y que nunca hizo.

Lo único que necesitaba era un compañero de viaje, pero no tenía a nadie adecuado que le quisiera acompañar y entonces pensó en su amigo Curro.  Aunque Curro era un andaluz alegre y con muy buen carácter, no era precisamente el compañero de un viaje artístico ni mucho menos histórico, pero fue el único que se prestó a acompañarle a Egipto, después de hacerle la oferta de que le invitaba.

Lo cierto es que Curro se prestaba a todo y era buena gente, pero también era un desastre, aunque siempre le ponía la mejor voluntad a las cosas, siempre se le enredaban y tenía algún problema.

Manuel llegó junto con su amigo a El Cairo y estaba embargado de una alegría tan grande que ni prestó atención a la verborrea de su amigo Curro, que no había parado de hablar desde que habían salido de Madrid.

Contrató para esa misma tarde una visita guiada al Museo. Los grupos no eran muy grandes, unas 30 personas y además el guía hablaba español, eso unido al precio que le pareció más bien barato, le animó a la reserva.

Curro le decía, “pero bueno, mi arma ¿es necesario ir dentro de una hora a ese museum que dices?, ¿no podemos esperar a mañana?  Tengo los pies tan doloridos que zeguro que si me quito los calcetines parecerán dos pimientos morrones”.

Manuel ni lo miró, estaba tan contento, que no se enteró de lo que su amigo le decía, le metió en el ascensor y se dirigió a la habitación que les habían designado. Dejaron el equipaje, y le dijo a Curro: “apúrate, ve al baño que tenemos el tiempo justo. El guía nos recoge en el hall del hotel en un momento”.

Cuando llegaron al Museo con el grupo, se vieron envueltos en una multitud de gentes que hablaban en distintos idiomas y el guía les llevaba por entre el gentío a la entrada. Había colocado en una varita una bandera española y les daba instrucciones para que no la perdieran de vista y se adentraron en el maravilloso Museo del Cairo.

Manuel estaba encantado y se empapaba en todo lo que iban viendo, sacaba fotos y tomaba notas, pero Curro estaba muerto de sueño, de sed y de cansancio y solo le preocupaban los dichosos pimientos morrones de sus pies que cada vez le pinchaban más.  Se fue quedando rezagado del grupo casi sin darse cuenta.  Y decidió tomarse un respiro cuando llegaban a un pasillo entre las dos salas, muy próximas a la sala de las momias.

Se apoyó en la pared y de repente la pared cedió, se abrió lo que parecía una puerta, y se precipitó al vacío.  Prácticamente fue como si la pared se lo tragase,  pues la abertura se cerró de golpe tras de él.

“¡La madre que me parió! ¿pero que ha pazao“?  Exclamó con un susto tremendo y dando un traspiés se encontró en una especie de pasadizo mal iluminado y con olor a humedad.  Acostumbró los ojos a la penumbra y miró hacia delante.  Le pareció que el suelo descendía en rampa. Tocó por detrás la pared rugosa y empujó por todos lados a ver si se abría otra vez el hueco, pero qué va, aquello no se movió nada.

“Pero bueno, habló consigo mismo Curro, no entiendo que me ha pazao y me estoy hasta mareando, solo he puesto la mano en la pared y como que se ha hundido y ahora no zé adonde eztoy, pues el tipo de la banderita seguro que no ezta por aquí”.

“Mira, Curro, se dijo, tú no eres un cobarde ni nada que se le parezca tu eres del Sevilla y no del Betis , azíque tienes que encontrar una solución al problema”.

“Lo mejor ez bajar ezta cuesta y a ver a donde voy”, y silbando la melodía de La Muerte Tenía un Precio, para darse ánimos,  comenzó a bajar por el camino de tierra y piedras que tenía ante él, con un paso ligero y diciéndose “vamos quillo que peor tenías los pies la Semana Santa que sacaste al Cautivo en andas, azi que dale palante que Jezuz ayudara”…

Al cabo de un rato caminando, que le pareció a Curro una eternidad, el pasadizo desembocó en una sala grande con columnas y en la que había a un lado y a otro muchas cajas grandes de madera, clavadas y con unos carteles escritos en no se sabía qué idioma. La luz tenue y blanquecina de las pocas bombillas, proyectaban sombras fantasmagóricas en las paredes y a lo lejos Curro vio unos arcos, otras salas, y cajas y más cajas. El olor a humedad se hizo más penetrante y Curro comenzó a ponerse nervioso.

Mientras, el grupo que iba detrás de la banderita de España con Manuel a la cabeza se detuvo en medio de una de las salas de las momias y el guía comenzó a hablar de la III dinastía y Manuel entonces se dio cuenta de que Curro no estaba en el grupo.

Miró por todos lados, pero no le vio y se dispuso a informar al guía de que faltaba su amigo.  “¡Oiga, oiga, que nos falta una persona del grupo!” – le dijo nervioso.

“¿Qué falta uno? ¿Pero es que no hay forma de que la gente entienda que hay permanecer unidos?”  gritó el guía furioso. “Mire, vamos a terminar esta sala y después veremos a donde se ha metido su amigo”, y siguió con sus explicaciones con cara de malas pulgas.

Curro tenía la boca seca y empezó a notar que un sudor frío le iba embargando. Suspiró y se sentó en una de las cajas y cuando su trasero se acomodó en la caja, la tapa de la caja, que en realidad eran dos maderas mal clavadas, cedió y Curro se cayó adentro.

“¡Ay! Virgen de los siete puñales, ¡Ay!” gimió, “que de zeguro me he roto el brazo, el codo y no se qué más, qué dolor, ay, ay” y mientras se quejaba sintió algo debajo de él que le parecieron palos envueltos o algo así.

Curro tiró de uno de los trapos y pensó que se podría hacer un cabestrillo, siguió tirando, pero aquel trapo parecía que no se acababa nunca. Después de mucho tirar halló un extremo deshilachado. Como pudo comenzó a vendarse el brazo, pero como el trapo era tan largo terminó casi vendándose entero. En estos menesteres estaba, cuando oyó a varias personas hablar en un idioma  que le pareció árabe y entonces se dio cuenta de que estaban clavando las maderas en la caja,  cerrándola.

“¡¡Joer!! ¡¡Oigan!! ¡¡que estoy aquí!!” gritó “¡por el amor de Dios! No me dejen dentro. Uy Curro, ya la cagaste hay que decir Alá”.

“¡Por Alá!” gritó, pero qué va, los del martillo ni caso. Lo peor es que se había hecho tal lío con los trapos que ya ni se podía mover y tenía un olor a podrido metido en la nariz que le estaba dando nauseas. Notó como levantaban la caja y los hombres corrían con ella. “Por la Virgen de la Esperanza, sacadme de aquí”, gritó otra vez, “¡Ay que me he equivocao otra vez, por la Madre de Mahoma ayuda!”, volvió a gritar.

En la sala de las momias Manuel estaba muy preocupado por la desaparición de Curro. “¿Dónde se habrá metido éste? Y es que solo se me ocurre a mi traer al Curro al Museo del Cairo, es que no escarmiento, si el día que le llevé al Museo del Prado, casi nos echan por decir a voces que era un robo que cobrasen por enseñar muñecones pintados. ¡Ay, señor que no se pierda!”.

El guía en ese momento y con gran énfasis anunció que iban a poder admirar la momia recién encontrada y antes de que fuera expuesta, del príncipe Sabu. La dirección del museo deseaba que un grupo viera en estado natural la misma, según la habían traído al museo desde Luxor.

Cuatro hombres fornidos se acercaron a la sala transportando una enorme caja de madera y la depositaron en el suelo. El guía hizo un poco de historia sobre el príncipe Sabu y quitaron los clavos a la tapa de la caja.

La gente del grupo se agolpó a mirar y las risas se hicieron cada vez más sonoras. Manuel se acercó también a mirar y se quedó de una pieza cuando vio adentro a Curro vendado o mejor dicho, envuelto en trapos amarillentos, malolientes, sudando y gimiendo, con una tibia y un cráneo a su lado.

Cuando Curro vio a Manuel asomar la cara por la caja le gritó “Compadre, ven, acércate más, que te voy a decir cual va a zer el próximo museo al que me vas llevar”.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *