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Un encuentro casual. Relato de María Castaldi

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Has vuelto a Londres después de tres años. Entonces era verano y un verano muy caluroso. Los parques siempre húmedos y de un verde brillante, estaban completamente secos. Te causaron impresión. La gente, no acostumbrada a soportar las altas temperaturas, iba arrastrándose por las calles, agotadas por el insólito calor.

Ahora, en cambio, el clima es desapacible. Un viento frío del norte sacude las frondosas ramas de los árboles en todos los parques y una lluvia, a ratos fina y a ratos torrencial, cae casi a diario. El cielo encapotado, de un gris oscuro, parece presagiar el invierno en lugar del verano. Los edificios altos están envueltos en una neblina que a veces los convierte en fantasmagóricos. Con todo ello, la ciudad parece más auténtica que la de aquel verano. Londres con sol es otra ciudad, no tiene la misma fascinación que mojada por la lluvia y la niebla.

Estás sola. Recorres, como hace tres años, las mismas calles, visitas de nuevo los mismos lugares, las mismas tiendas, los grandes parques. Tienes una sensación extraña, una mezcla de añoranza y tristeza. Todos los rincones traen a tu memoria momentos agradables en los que el tiempo y el entorno se desvanecen a tu alrededor. Paseas rodeada de seres, cada uno con sus pensamientos, sus alegrías, tristezas o preocupaciones. Van y vienen, solos o acompañados, cada uno con sus vidas a cuesta. Mientras los observas, te sientes más sola y te invade una honda nostalgia de ese verano. Vas recordando situaciones, palabras, percepciones que surgen en tu memoria. Intentas distraerte, no pensar, ocupar tu mente en el presente, pero los recuerdos te golpean con mucha fuerza.

Mientras evocas ese tiempo pasado, sigue lloviendo y te refugias en un pub cerca de Chelsea. Al entrar y mirar de soslayo a las personas sentadas en las mesas, notas que tu estómago se encoge y que los latidos de tu corazón se aceleran. Todo sucede en un instante: tus piernas tiemblan sin poder avanzar porque allí, frente a ti, está él. Es tu amor de aquel verano. Te ha visto, se levanta, se acerca, extiende su mano buscando la tuya. Sin ser dueña de tus acciones se la tiendes y el contacto te produce una descarga que recorre todo tu cuerpo. Solo habla él invitándote a su mesa y tú lo sigues sin conseguir pronunciar una palabra. Te sonríe y dice que se alegra de este encuentro. Está en Londres por negocios y quiere saber qué haces tú allí y si estás sola. Poco a poco recobras tu estado natural y contestas a todas sus preguntas. Han transcurrido tres años, pero ahora de repente, a su vera, vuelves al pasado, a ese verano caluroso de tanta pasión. Al volver a Londres, dice que él también pensaba en ti y que echaba de menos tu presencia en este viaje. No quiere que te vayas, quiere que paséis estos días juntos hasta que tú te marches.

Tú dudas, recuerdas lo que sentiste al dejarle la otra vez, esa añoranza que te hizo sufrir. El insiste. Cree que no se trata de una casualidad el haberos encontrado en este país tan ajeno a los dos. Dice que es el destino que os brinda de nuevo estar unos días juntos y ser felices.

Al final aceptas. Piensas que todas las oportunidades que dejas, las pierdes y que hay que aprovechar el presente y mañana Dios dirá. Y así tu estancia se convierte otra vez en paseos por esta ciudad tan cosmopolita. Juntos entráis y salís por las tiendas de antigüedades o de ropa de segunda mano de Portobello con sus coloridos puestos callejeros. Os acercáis a Camden Town, ese mercado de ropa curiosa, baratijas y artesanía, envuelto en ese olor típico a especias. Como simples visitantes extranjeros disfrutáis del ambiente tan desenfadado de los locales con música en vivo o a la noche en los pubs para la última copa. Tu cara refleja la felicidad de ese reencuentro inesperado que ha convertido tu viaje de nostalgia en un sueño hecho realidad.

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