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Stradivarius. Un relato musical

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¡Cuánto había anhelado este momento! Cuántas veces había visto los Stradivarius en sus vitrinas de cristal y había soñado con tocar uno de estos violines ante un público amante de la música, en alguno de los solemnes salones del Palacio Real.  Y esta noche era la noche.  No se lo podía creer, en el cuarteto, junto a tres compañeros, estaba ella con un maravilloso Stradivarius en sus manos, a punto de comenzar a tocar una preciosa obra de Arriaga, el Mozart español.  No podía sentirse más emocionada y feliz.

En el Salón de las Columnas, repleto de obras de arte y de historia, el público ocupaba ya las elegantes sillas estilo imperio, no quedaba ninguna libre.   En la bóveda del salón, el dios del sol Apolo, conduciendo el carro solar tirado por caballos blancos, iluminaba con su mirada el pequeño escenario donde el cuarteto ya ocupaba sus asientos.

Julia había dedicado su vida a la música y a su familia a partes iguales. Como profesora del Conservatorio había trasmitido su pasión por la música a tantos y tantos alumnos.  Y en su familia había sido inspiración para todos: su alegría de vivir, su entusiasmo, su trabajo incansable para conseguir todo cuanto se proponía, su inagotable afán por ayudar a todos a superarse y crecer… había servido como ejemplo y acicate a todos cuantos la rodeaban.

Se hizo el silencio y se escucharon los primeros acordes.  El nerviosismo inicial desapareció tan pronto como la música de Arriaga llenó el salón con su envolvente armonía.  Cuatro movimientos impecablemente interpretados y seguidos de calurosos aplausos. Después vino un hermosísimo cuarteto de Brahms, también seguido de entusiasmados aplausos y “bravos”, que no cesaron hasta conseguir una propina de los músicos.  Más aplausos, más reverencias, más semblantes y sonrisas de agradecimiento… El concierto había sido todo un éxito.

Antes de que se retiraran los músicos, una señora menuda, con el pelo gris y los ojos empañados, se acercó a la violinista: “Julita, has tocado como los ángeles, se me han saltado las lágrimas de lo precioso que ha sido el concierto. Sabes que éste era mi sueño, tocar aquí con un Stradivarius, y tú lo has hecho realidad.  No puedo estar más agradecida”.  “Abuela, soy yo la que te tengo que dar las gracias, por haberme enseñado a soñar y por haberme traído hasta aquí”. Y se fundieron en un apretado abrazo bajo los cálidos rayos del dios del sol.

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