
Acordamos reconducir nuestra pareja en los Dolomitas. Encontrarnos en tierra de nadie. Ella vino en un coche alquilado desde Padua. Yo, viajé en autobús desde Bovec (Eslovenia) donde vivía desde nuestra separación.
Pensé que finales de octubre sería una buena época para evitar las hordas de veraneantes, contemplar bosques dorados y rojizos, disfrutar del crujido de pisar la hojarasca y gozar de una temperatura todavía soportable. Tampoco ignoraba que, debido al riesgo de nevadas tempranas, el alojamiento turístico bajaba considerablemente. Aún quedaban en las zonas bajas de algunos valles refugios aislados —tipo cabaña básica para emergencias— y alquilé uno a mi nombre durante dos semanas. Supuse que nos vendría bien si había propósito de entendimiento. Nadie alrededor. Sólo nosotros en aquella inmensidad.
No fue buena idea. Volví a ceder, siempre terminaba cediendo. Acatar su voluntad por no discutir, significaba admitir que cuando uno arroja las armas al suelo, el otro avanza sobrepasando un límite sin retroceso. Discusiones y reproches volvieron hasta un punto de no retorno. Una noche salió a la desesperada del refugio y yo intenté retenerla. Con la humedad del suelo se escurrió, golpeándose la cabeza contra una piedra. Murió en el acto.
Debía reaccionar rápido. Subí ladera arriba su cuerpo desnudo en una carretilla para leña. Cavé una fosa pequeña, pero profunda, donde la enterré camuflándola con piedras y hojarasca sabiendo que en breve llegaría la nieve. Quemé su ropa y documentación. Limpié la cabaña y devolví el coche en el aeropuerto de Venecia de madrugada metiendo las llaves en un buzón. Volví a Bovec lamentando profundamente el accidente, pero seguí mi vida. De haber quedado algún indicio, la lluvia y la nieve los borrarían durante el invierno. Y si alguien me preguntara sobre el reencuentro, mi contestación sería: «Lo intenté, pero nunca se presentó».
0 comentarios