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Procesión. Relato de Mª Luisa Illobre

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Gracias a Mª Luisa Illobre por un nuevo cuento, perfecto para estas fechas previas a la Semana Santa.

En Calatrava de Abajo se anunciaba ya la proximidad de Semana Santa. En el Ayuntamiento se había puesto en marcha la subasta para los vecinos que quisieran portar las andas en su procesión. Se efectuó una pequeña puja en la que quien más ofreció fue Romualda Ríos, “la señora Romi”, así llamada por sus paisanos. Acababa de vender a su hermano una plantación de pimientos que le había reportado buenos euros. Solo había un inconveniente, tenía setenta años. 

El edil entró en el almacén con objeto de revisar la plataforma donde debía instalarse la imagen de la Virgen, pues no se usaba desde antes de la pandemia. No estaba mal, aparte de mucha suciedad, pero con una buena limpieza estaría lista. Solo la pata inferior izquierda tenía una profunda rotura que él repararía con un fuerte pegamento.

Llegó el Miércoles Santo. En la puerta de la iglesia se había instalado un indigente con su carga de mochilas y estaba avisado que por allí saldría la Virgen, pero él seguía con su borrachera sin inmutarse. 

A Romualda le fue adjudicada la parte posterior de la carroza (como no, era mujer). Se puso en marcha la procesión con gran recogimiento y multitud de beatas con una vela en la mano. Después de un rato, aparte del peso de la carroza, Romualda notó un ruido como un chasquido e inmediatamente se rompió la pata izquierda de la carroza. El susto fue general. La imagen comenzó a ladearse y gracias al gentío que acompañaba la procesión y la cantidad de flores que abarrotaban la carroza ésta no llegó al suelo. Se suspendió inmediatamente y la Virgen de los Remedios fue llevada a su lugar en el altar de la iglesia. 

Pasaron varios días, Romualda volvió a su casa, pero en silencio soportaba unos fuertes dolores en el lado izquierdo de su cuerpo. Pensó que sería debido a que hacía poco había soportado un peso con el que su constitución no contaba. 

Se armó de valor y apoyándose en un bastón acudió a su médico de cabecera. Prácticamente éste no la dejó ni explicarse. “Romualda, no le voy a decir que me alegro, pero se lo tiene más que merecido, usted hace tiempo que está avisada que su cadera estaba en mínimos y que había que restaurarla, pero su orgullo ante los convecinos le ha jugado una mala pasada. Pida inmediatamente cita en el hospital para que le instalen una prótesis en la cadera”. 

Tres meses después y cantidad de días en el hospital, Romualda caminaba hacia la iglesia. IBA A DARLE GRACIAS A LA VIRGEN DE LOS REMEDIOS. 

BENDITA PROCESIÓN.

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