Los Mayores Cuentan

Blog participativo hecho por mayores para mayores

Pensamientos de un Cardenal. Relato de Carmen Jiménez

Compartir
Le damos las gracias a Carmen Jiménez por este magnífico relato histórico.

En este amanecer lloroso y frío no puedo por menos de recordar, sin pretenderlo, sin premeditarlo y sin quererlo, cómo estoy inmerso en un mar huracanado, lleno de problemas externos e internos, en este Reino, del que me he convertido en Regente.

No encuentro sosiego en mis rezos, no hallo tranquilidad como antes, al acariciar y pasar las cuentas de mi rosario, dedicando esos momentos a la Virgen, Madre de todos nosotros, y no concilio el sueño desde que el rey Don Fernando se sumió en un eterno descanso y nos dejó a sus vasallos en estas áridas tierras castellanas en las que solo se respira el polvo de los caminos, levantado por los cascos de los caballos de los guardias reales.

Ay, querida Isabel, el día que te aconsejaron que yo fuera tu confesor, el día que decidiste que fuera tu consejero, el día que quisiste tenerme a tu lado, no te detuviste a meditar en ningún momento, que este humilde siervo de Dios, lo único que pretendía y deseaba era seguir con la labor de la orden conventual a la que pertenecía.

Ay, mi Señora, qué tremenda carga dejásteis después de vuestra muerte, sobre los hombros de este pobre franciscano. Nunca pensé, en ningún momento me imaginé, que la avaricia de poder y de riquezas estaría por encima del honor que se le otorga a alguien por la cuna en la que nace.

Las pretensiones de tu yerno Felipe llevaron a tu querido Fernando a refugiarse en su Reino de Aragón, pero las malas acciones se pagan y murió tan joven, que no le dio tiempo a degustar sus triunfos de malas artes y traiciones.

Pobre tu hija Juana, ¿enferma? Sí, muy enferma, pero no como pretenden hacer creer los que la rodeaban en Flandes. ¿Que su cabeza no funciona bien desde el día de su nacimiento? No, no es así, enferma sí, pero de Amor. Obsesionada por el marido que le buscasteis y del que se enamoró de tal forma, que en su cabeza lo único que existió, desde el mismo momento que le vio, fue Felipe, las caricias de Felipe y el entregarse de una forma tan brutal a los deseos de la carne, por complacer a su esposo, que todo lo ha magnificado hasta extremos insospechados.

Nunca reaccionará ya, nunca volverá a ser una mujer alegre y no se preocupará por nada. Solamente le interesó procrear para satisfacer a su marido, siguiéndole como un perro faldero a todas partes y acechándole en las esquinas del castillo, sorbiendo las babas que él le dejaba, después de someter a todas las doncellas de las que se rodeaba en la Corte de Flandes. Vos lo sabías muy bien y lo ocultabais a todo el mundo por vergüenza. Lamento que yo no la he podido ayudar, ya que nunca ha sido amiga ni de la Iglesia, ni de los eclesiásticos.

Me llamo Francisco Jiménez de Cisneros, y aunque mis padres me bautizaron con el nombre de Gonzalo, yo lo cambié cuando entré en la Orden Franciscana. Desde mi niñez me gustaron los libros y me dediqué al estudio. Desde mi estancia en Roma mi dedicación al Señor nuestro Dios, he tratado de llevarla desde la humildad y pobreza propia de la orden a la que pertenezco, pero me vi envuelto en las circunstancias que rodeaban mi vida.

He tratado de hacer las cosas lo mejor posible, pero dudo que, en muchas ocasiones, haya sido así y dudo también que lo consiga en lo sucesivo.

Desde mi puesto de Inquisidor, he pretendido ser justo y evangelizar en las tierras de más allá del Océano y también aquí en España, a cuanto infiel se ha puesto en el camino de la Iglesia.

Quizás por este nombramiento y también por el de ser ascendido en el seno de la Iglesia a Cardenal, por la recomendación del Rey Fernando, y ahora ser, a la muerte del Rey, el Regente del Reino, no gozo de lo que pudiera ser, precisamente una buena popularidad, ni en la Corte ni en el pueblo, e incluso me atrevería a decir que tampoco en el seno de la Iglesia.

Dios nuestro Señor sabe que estoy agotado, que he pretendido solamente servirle a Él y a nuestros Reyes y acatar las órdenes de nuestro Papa, que he tratado de ser justo, en la medida de lo posible, sin que haya pronunciado queja alguna, por lo que me ha tocado vivir sin quererlo y sin buscarlo.

Ya está el sol en lo alto, ha nacido otro día, pero es un sol tímido que no calienta, en este frío día, ni las paredes de este castillo, ni tampoco los pobres huesos de este fraile envejecido por la edad y los acontecimientos.

Me encuentro solo y no quiero pensar que hasta odiado, pero no estoy arrepentido. Isabel, Fernando, nadie sabrá muchas de las cosas que siempre callaré, y los que ahora me juzgan mal, quizás se equivocan. Yo sé que la Historia me absolverá y me pondrá en justo lugar.

Moriré siendo “el Cardenal“.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.