Los Mayores Cuentan

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Paris. Un relato de Mª Luisa Illobre

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Muchas gracias a Mª Luisa Illobre por este relato, sin duda con elementos biográficos, que tanto nos ha gustado.

Ocurrió hace años.

Una de mis hijas había viajado a Paris con intención de estudiar y practicar francés, y aparte de sus estudios encontraba trabajillos como dependienta en algún comercio de lencería. Lo peor era la vivienda. Pudo alquilar un mini apartamento ridículo en un buen edificio, que constaba de dos o tres magníficos pisos en las primeras plantas y en la parte alta pequeños estudios a los que se accedía por una estrecha escalera. Eran, calculo, escasos veinte metros en los que se hallaba una mini cocina, de donde salía una ducha, igualmente enana y en el centro un enorme sillón-cama. Le dijeron que en tiempos allí vivían los sirvientes de las primeras plantas. El aseo se encontraba en la escalera unos pisos más abajo.

Quise ir a visitarla tres o cuatro días, pues, aunque ya conocía París, me ilusionaba volver, abrazar a mi hija, llegar al pie de la torre Eiffel, como todos hacemos, y poco más.

Pero me salió mal el capricho. Mi marido se quedaba en casa, no podía permitirse el viaje, tenía trabajo. Por lo tanto, se quedaron a cargo de vigilar a su padre mis otras hijas, que aparte de sus estudios, podían llamarle, echarle una manita…

Cuando llegué al aeropuerto de Orly estaba esperándome mi hija y todo me parecía una maravilla. Estar unos días en aquella ciudad acompañada de mi hija. Menudos días pasaríamos las dos. Visitaríamos todo lo que los días nos dieran de sí.

Al llegar del aeropuerto, el mini estudio me pareció ridículo, pero estaba en un sitio estupendo. Recuerdo que en el otro lado de la calle existía una gendarmería.

No había pasado un gran rato cuando sonó el móvil. “Mamá, estamos viendo a papá y se encuentra mal.” Eran mis hijas desde Madrid. “No para de vomitar y está muy pálido”.

Nos quedamos espantadas de momento y sin saber qué hacer. Inmediatamente tomé la resolución. Llamamos a un taxi y rápidamente nos presentamos en el aeropuerto, donde después de exponer el caso, me facilitaron otro billete en un avión con destino a Madrid.

Yo no podía quedarme en París pensando en lo que pasaría si yo no llegaba. Por lo que mi ansiado viaje fue prácticamente de “ida y vuelta” después de haberlo madurado tantos días antes.

La enfermedad del jefe resultó ser un corte de digestión y se resolvió en pocos días.